Nos dimos la vuelta y nos fuimos haciendo cada vez más pequeñ@s…

29 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

Como si quisiera facilitarnos las cosas, el Brancaleón parecía manejarse solo.

Normalmente los sueños o se deshacen o te despiertas dejándolos a medio terminar, pero… ¿Cómo acaban los que se han hecho realidad?. Buscando una respuesta desnudamos el Brancaleón, como si la llevara escondida entre las velas. La ceremonia duró una semana, el mismo tiempo en que dios creó el mundo según el Génesis, qué casualidad.

La respuesta comenzó a perfilarse en Grado. Aunque había amanecido con el cielo despejado, lo satélites (que todo lo ven) aseguraban que en 24 horas se desencadenaría una tormenta, de modo que pusimos rumbo a Venecia. Sabíamos cuál sería el escenario de nuestra despedida. Un amigo de Giacomo había ofrecido su amarre en el canal de Treparti, al norte de la laguna de Venecia, para que el Brancaleón pudiera descansar durante un tiempo. Así fue cómo quedó marcado en el calendario el final de nuestra navegación, no por un acto de libre albedrío. Quizá los sueños de carne y hueso terminen por razones ajenas a la propia voluntad…

Aquel hermoso canal no sería el último amarre del Brancaleón

Deshicimos con largos silencios las más de 50 millas que nos separaban de aquello que parecía un inapelable destino. Begoña contemplaba nuestro frenético ir y venir por el velero con una complicidad apabullante. Había tanto que cerrar…  Imagino que parecíamos hormigas horas antes de la lluvia. Sin apenas viento, las corrientes de agua que se forman en la boca del Lido, por donde entramos, fueron las únicas protagonistas de las que pensábamos que serían nuestras últimas diez horas de viaje. Pero en nuestro destino nos aguardaba una sorpresa: aquel amarre tan plácido era poco profundo para el Brancaleón. Cada vez que maniobrábamos para tirar el cabo a tierra, tocábamos fondo. Para colmo, la marea estaba bajando y la luz caía rápidamente.

Encontraríamos un improvisado refugio en una marina destartalada situada apenas a una milla de allí llamada Lio Grando. !El nombre le sentaba como un guante a nuestra situación!. Nos ofrecían un hueco en un renqueante pantalán de madera y aceptamos sin dudar. Si aquella hubiera sido la escena de alguna película, de fondo hubiera sonado un tango.

Ya era de noche cuando estrujábamos con un abrazo a María y Nuño. El embarcadero crujió, como si a él también le emocionara. Nuestros amigos nos habían traído la furgoneta desde Mallorca  y ahí estaban, dándonos la bienvenida al final de la aventura. Sí, quizá así acaben los sueños cumplidos: por donde empezaron…

Nuño empezaría llevando el timón, pero sería María la última en hacerlo

La lluvia llegaría con 12 horas de retraso, el tiempo suficiente como para doblar y guardar las velas, llenar el maletero del coche con los objetos más pesados (empezando por el compresor y las botellas de buceo) y dejar a Nuño y María junto a la plaza de San Marcos. Conocíamos el rincón donde podrían saltar a tierra. Dos años antes habíamos amarrado en la marina de Santa Elena, cercana al centro histórico de Venecia. Ya sabíamos algunos de los secretos de la laguna.

Bego se fue haciendo cada vez más pequeña…

La primera en practicar el acto de la separación fue Bego. Se había preservado unos días más en Trieste, ciudad a la que volvería por tierra. Se dio la vuelta y fue alejándose hasta perderse entre los mástiles del muelle de Santa Elena, donde nos habíamos trasladado mientras buscábamos un nuevo destino para el Brancaleón. Aunque los adioses siempre me parecieron insoportablemente simples, observé con detenimiento cómo se hacía cada vez más pequeña. Concluí que para acabar con un sueño real hay que separar la vista y tras ella llevarse el resto de los sentidos, aunque, paradójicamente, sean ellos los que creen los puentes de la memoria…

Siguiendo sus pasos, media hora después sería yo la que me separaría del velero, aunque sólo por unas horas. Como si el azar quisiera hacerme un regalo de cumpleaños, estábamos fondead@s a cinco minutos andando de los Gardini de la Bienale de Venecia. Después de cuatro meses perdida en la naturaleza y con los pies en el agua, pasar un día buceando entre las propuestas arquitectónicas de este evento cultural me produjo una especie de borrachera cuya resaca aún dura. Mezclé emociones: el chirrido que me produjo el premio a Urban Think Tank, la fascinación por el bosque hecho con hilos de luz que se mueven cuando captan la presencia del público (en el pabellón de Canadá), la reflexión que me provocó el método con el que el japonés Toyo Ito buscó una solución para l@s afectad@s por el tsunami de 2011…

El mal de tierra en la Bienale da mucho juego. (propuesta de el japonés Toyo Ito)

Cuando regresé a bordo Toni ya había encontrado un destiino para el Brancaleón. Se llamaba “Marina di Sole”, sí, como aquella que nos recibió en Cagliari, tras nuestra travesía a Cerdeña. El final es el principio, lo de arriba es lo de abajo… la coincidencia dio para más de un comentario. El caso es que estaba a unas 20 millas del corazón de Venecia, pero no podíamos llegar allí hasta un par de días más tarde porque en el camino teníamos que desmontar los mástiles.

Aquellas 48 horas de espera se convirtieron en un sabroso idilio en el que rebañábamos cada detalle como si fuera un regalo. Tampoco resultó muy difícil. Para empezar, el fondeo que conseguimos añadir a nuestro recorrido era frente a Burano, una pequeña isla de la laguna de Venecia. Lo impactante es su colorido: las paredes de sus casas humildes están pintadas de rosa, malva, verde, azul, naranja… versiones más lúdicas del tradicional “rojo veneciano”. Aquellos atrevidos tonos estaban combinados hasta en sus más mínimos detalles:  las ventanas hacían juego con las cortinas de las puertas, que armonizaban perfectamente con las persianas… !Y con las de la casa del vecino, que ya es tener buen gusto!.

Dicen que antiguamente los pescadores pintaban sus casas de diferente color para poder ubicar sus hogares en la distancia…

Lentamente, rebañando el interior de la laguna, fuimos acercándonos a Chioggia, el lugar en el que el Brancaleón se desprendería de sus mástiles. Como sucedió con Bego, esta vez fueron Nuño y María quienes tomaron el timón y llevaron a nuestro barco (cada vez menos velero) al siguiente puerto. En el interior, Toni y yo seguíamos descarnando nuestro sueño como si fuera la pulpa de un fruto maduro.

El Brancaleón en su descarnado striptease

Aquellas 48 horas de regalo acabarían de forma acelerada. Nuño y María continuarían su viaje después de que el Brancaleón se desprendiera de sus mástiles. Sin palos, nuestro velero pareció menguar. Desmochado, nos parecía abrumaduramente frágil. Sansón sin su melena. Un león sin dientes. Un ave desplumada… Toni le condujo lentamente al último puerto, como quien acompaña a un anciano a tomar asiento.

Una tormenta y muchas horas después, nos dimos la vuelta y nos fuimos haciendo cada vez más pequeñ@s.

Así se quedó el Brancaleón, recibiendo al invierno

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6 comentarios to “Nos dimos la vuelta y nos fuimos haciendo cada vez más pequeñ@s…”

  1. Joan Mayol said

    Acabar a Venècia no es acabar, sino culminar en la bellesa una bella aventura.Gràcies per compartir-la, enhorabona per vivir-la.

  2. a m said

    Collonudes cròniques Martha i una enveja saníssima

    a

  3. Miquel Frontera said

    Reservau-me lloc per partir de Venècia l’estiu que ve…

  4. Carlota said

    No es The End,,, no os dejéis llevar por el final, es el principio de una nueva vida, con todo lo que habéis vivido este largo verano!

  5. OOOOh! -:(————————– (los guiones los ha puesto una pequeña gatita que os manda un saludo de la mejor forma que sabe) MUUUAK Os queremos guapos!

    ES una gatita literalmente xD

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