De Trieste a Grado hay más de una frontera

26 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

El secuestro de nuestra democracia vista desde el mar (Rapto de Europa, óleo de Fernándo Botero)

Bego llegó con noticias frescas bajo el brazo. Estaba en Barcelona cuando se llevó a cabo la manifestación por la independencia. Nunca había participado en una convocatoria con una respuesta tan apabullante. Las avenidas y calles de Barcelona estaban abarrotadas de banderas esteladas. El otoño se presenta caliente en el país que dejamos atrás hace cuatro meses, aunque no tengamos ni para pagar la calefacción. El secuestro de la Democracia se vuelve real paulatinamente mientras el Brancaleón acorta distancias. Apenas nos quedan unas millas para volver a Europa. Intento memorizar qué he aprendido en estos meses, me lo apunto en el cuaderno de viajes, en los márgenes de los libros, en la palma de la mano. He aprendido, por ejemplo, a manejar lo innegociable. ¿Cómo lo hemos hecho?. No consiste sólo en tener la información, aprender a utilizarla para adelantarse a los acontecimientos…

Adiós a Rovinj

Se trata de hacer que el otro entre en nuestro juego. Me refiero al acto de jugar en su sentido más lúdico y vital. Jugar con absoluta entrega es bueno para vencer lo oscuro. Lo sé desde que fui a la escuela de payasos Mallorclown. Andreu, nuestro maestro, nos hacía calentar el músculo de hacer reír con un largo rato de juegos. Uno de ellos era el preferido de mi infancia. Es fácil: un@ se pone contra la pared y cuenta hasta diez. Mientras dice los números en alto, el resto del grupo, situado a su espalda a cierta distancia, debe avanzar hacia su lado antes de que termine la cuenta y se de la vuelta. Cuando esto ocurre, l@s participantes deben quedar quietos, congelad@s, sin mover ni una ceja, de lo contrario quedarán eliminad@s. Para lograr que se muevan, quien “la pocha” puede provocarles con comentarios, muecas, sustos… pero no tocarles.

Estuvimos varios días haciendo que el voluble Bora hiciera lo que más le gusta, jugar, pero esta vez no se trataría del “yo soplo y tú pegas saltos”… Digamos que iniciamos el juego de “tú la pochas y nosotr@s nos moveremos a tu espalda” y que él pareció darse la vuelta y contar hasta diez. Durante varios días, después de calibrar las posibilidades, usamos los pequeños intervalos de tiempo en el que el Bora no nos miraba para abandonar el refugio en el que estábamos amarrados, sabiendo que una vez que se girara y nos mirara de frente debíamos quedar petrificad@s, de lo contrario, con nuestras velas se haría tirabuzones.

El Brancaleón en la frontera de Umag

Así pues, zarpamos de Rovinj mirando al cielo y contando para nuestros adentros,  1, 2, 3… El Bora pareció hacer lo mismo: fuerza uno, dos, tres… fue aumentando su potencia lentamente. Nuestra estrategia era asomarnos al golfo y, en función de la dirección del viento y el estado del mar, elegiríamos entre costear Eslovenia o ir directamente a Trieste. Incluso estábamos dispuest@s a volver sobre nuestros pasos si la situación lo requería.

Lentamente y mirando al cielo nos acercamos al borde de Croacia. Dejar atrás Istria tenía un valor especial: regresábamos a aguas europeas. Pero ¿a qué Europa? ¿Esa diversa y sin fronteras, solidaria y dispuesta al diálogo de culturas, o la Europa de los mercados? Irónicamente, nuestro primer pie en tierra europea será Trieste, una ciudad cuya reciente historia demuestra las contradicciones de las fronteras. Mi pasión por los payasos me llevó a leer “Microcosmos” del triestino Claudio Magrís, aunque parezca increíble. Todo por  una cita que me enviaron en la que el escritor, en una conferencia realizada en Argentina, había hecho referencia al circo y los payasos. Dijo así: “Tolerancia significa también esa libertad de expresión en las cosas aparentemente pequeñas o mínimas, ese sentido del mundo como un teatro de marionetas en el cual todos gesticulan como pueden, cómicos y torpes como lo es cada uno de nosotros en su difícil existencia mortal de albatros prisionero. La vida es también un circo en el cual todos somos clowns y tolerancia significa también recitar improvisadamente, respetar las improvisaciones propias y de los demás“. Pues bien, Magris me enseñó que hay ciudades que tienen las fronteras dentro, ciudades como heridas desgarradas por la historia… Magris se refería a Trieste y yo, que entonces no imaginaba que llegaría por mar a ella, me entretuve en recordar la ciudad en la que nació mi abuelo paterno, alemán, que desapareció cuando nació Polonia… en las heridas que siempre dejan las fronteras. 

El caso es que Trieste, aquella ciudad-estado inventada por los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, se nos ofrecía como el primer puerto de nuestro regreso a Europa. Estaba tan sólo a 18 millas, pero el viento llegaba a fuerza 5 en el puerto fronterizo de Umag (Croacia)…

Así es Bego, llevando el timón

Cuando doblamos el cabo de Savudrija y vimos que en sus cuentas el Bora aún andaba por el 6, desplegamos todas las velas rumbo al NE. Hacía muchos días que la mayor, el génova y la mesana no se hinchaban juntas, pero a bordo tod@s sonreíamos de medio lado. Hasta que no tuviéramos al Brancaleón amarradito en puerto no cantaríamos victoria. Poco antes del atardecer encontrábamos un sitio en el molo San Giusto, muy cerca de la Piazza della Unitá, haciendo evidente que, por esta vez, éramos l@s ganador@s.

A modo de premio (con los debidos respetos al Bora) nos regalamos una estancia en la ciudad. Bego traía información sobre los elegantes edificios que dan al lungomare (paseo marítimo), de modo que, mientras nos acercábamos a Trieste pudo ir reconociendo el nombre de cada palacio. El desplegable que había traído de Menorca hacía que Trieste pareciera el decorado de unos grandes estudios de cine hecho para que nos envuelva la nostalgia ajena. No me importaría si supiera a quién pertenece esa melancolía y qué añoran ¿La Piazza Unità con las motocicletas nazis de la Wehrmacht en la Piazza Unità? ¿Los jeeps de EEUU transitando por lo que irónicamente se denominó “territorio libero” cuando en realidad era “territorio administrado por las fuerzas estadounidenses y británicas”?

Sin embargo, una vez en tierra, nos pudo el espectáculo. Al fin y al cabo, estam@s acostumbrad@s a entrar en los lugares de la ficción y hacía muchos meses que no me entretenía en uno. Absolutamente entregada al juego, en los descansos me dediqué a marcar en el mapa los edificios con los que nos habíamos topado mientras deambulábamos por plazas y callejones.

No hay nada que más me guste que dejarme llevar por el azar en ciudades que no conozco. Ésta, además, está llena de referentes literarios. No he leído a Italo Svevo pero tengo la suerte de haberme topado con uno de sus personajes, Zeno Cosini, un ser mediocre que se deja vivir y que dedicó toda su vida a dejar de fumar en una época en que Trieste era uno de los puertos comerciales más importantes de Europa. Aquella tarde buscaba referentes sobre el acto de fumar para incluirlos dentro de un documental y allí estaba él, esperándome en el océano que es Internet. Me prometí leer La conciencia de Zeno, pero nunca lo hice. Me gustan este tipo de encuentros, dejar que el azar intervenga y me cambie el rumbo…

Un pitillito con Italo Svevo

Cuatro meses en el Brancaleón han hecho que me habitúe a las “casualidades”, las saludo como si me dieran la razón en algo, como si las estuviera esperando. Por eso, cuando encontré el cigarrillo de Svevo en una de las fachadas que dan al jardín del Museo de Ciencia Natural, sonreí y acepté dar una caladita. Enfrente estaba la estatua de bronce, pero no llevaba el pitillo en la mano. Horas después, en uno de los puentes del Canal Grande, me toparía con otra, de James Joyce. Leyendo uno de los folletos de Bego me entero que fue su maestro de inglés. Por aquel entonces el joven escritor irlandés era todavía un desconocido que andaba enfrascado en la composición de lo que luego sería Dublineses, además de en el alcohol, (según él mismo recordaba, Trieste le había “comido el hígado”). La relación de ambos fue tan intensa que, por lo visto, se inspiró en Svevo para dar vida a Leopold Bloom.

El tercero en aparecer sería Umberto Saba, que paseaba con el bastón por la vía Dante Alighieri, tan congelado como los anteriores… Con quien no me crucé fue con Magris, quizá porque no apareció en mi camino el café de San Marco (por lo visto allí ha concebido y escrito alguno de sus libros). En su lugar, tomé un café con riquísimos cruasanes en el del Borgo, probé unos vinos locales en el Café Tergesteo… En fin, fuimos llenando de sentido aquellos lugares que aparecían en el mapa, y en ellos incorporé a los que no aparecen, como Mauro, el único mendigo que encontré en la ciudad, y que habita en las puertas de la iglesia románica vecina al Castillo de San Giusto.

Veleros de madera en Trieste, primos del Branca

Toni inorporó a la ruta referentes marineros que apenas aparecen mencionados en las guías turísticas. Uno de los hallazgos que más nos impresionó estaba precisamente al lado de la marina en la que habíamos amarrado. Se trataba del muelle Sartorio, lleno hasta la bandera como el de San Giusto pero con un aliciente especial: uno de sus pantalanes estaba ocupado por decenas de veleros de madera, de diferentes metros de eslora y algunos contemporáneos al Brancaleón. Nos emocionaba pasearnos por ese punto de encuentro de amantes de los veleros de madera, después de cuatro meses de vivir en uno valoramos el mimo y la dedicación que encontramos depositados aquellas embarcaciones. Otro de los hallazgos fue la fauna que habitaba a los pies del Brancaleón. Las aguas del puerto son lo suficientemente limpias como para que en las paredes de nuestro muelle encontráramos abundantes mejillones, ostras, cangrejos… y enormes medusas.

Un detalle de la fauna que habita en las paredes del muelle de San Giusto

Al día siguiente el Bora empezó soplando de manera tan suave que tuvimos que poner el motor y arriar las velas. Sospechando de tanta docilidad, marcamos nuestro destino final en Grado, una ciudad-isla situada a tan sólo 20 millas de nuestra partida. Después de la densidad de Trieste y su historia, apetecía perderse en un lugar sin referentes culturales y con una enigmática situación geográfica. De Grado apenas sabíamos la descripción del acceso a sus canales en el pilot, que comparaba su laguna con la de Venecia.

Canal de acceso a Grado, flanqueado por las barcas

Para llegar a ella tuvimos de atravesar una laguna con poco fondo, de unos 90 kilómetros cuadrados, salpicada por unas 120 islas de diferentes tamaños. Una de ellas es Grado, formada por varias islitas menores unidas por puentes, en forma parecida a Venecia. El acceso a su canal está marcado una milla antes por unas estacas clavadas en el fondo arenoso. Si al Bora le diera por desmelenarse podría crearnos verdaderas complicaciones. Mientras reducíamos la velocidad y sorteábamos las fuertes corrientes, fuimos entrando en un escenario absolutamente cinematográfico: a ambos lados del canal los pescadores recogían las redes y aperos de sus embarcaciones. Aquellas barcas parecían hechas del revés: llevaban el ancla en la popa mientras que en proa tenían unos dispositivos peculiares con los que arrastran el fondo en busca de almejas. Los edificios ayudaban a hacer aún más seguro aquel refugio. Bora 0, Brancaleón 2. Quizás estuviéramos tentando demasiado a la suerte.

Al final de aquel pasillo encontramos un hueco donde amarrar. Cuando terminamos de atar los cabos tomamos conciencia de que estábamos en medio del casco antiguo. Comer en cubierta fue como hacerlo en una terraza céntrica.

El Brancaleón, en el sereno corazón de Grado

Fuera de la temporada de verano, Grado parecía una ciudad feliz. La ausencia de coches convertía las calles en un espacio silencioso por el que paseaban en bici l@s vecin@s. A Bego y a mí nos llamaron la atención las mujeres mayores que pedaleaban de dos en dos, perfectamente maquilladas y con el bolso de bandolera.

Grado sería nuestro último puerto del viaje, antes del definitivo, Venecia, de modo que aquella tarde alargamos los minutos del paseo, hasta hacerlos horas, y el silencio de la noche, y las estrellas que el cielo, aún despejado, nos regalaba, y el movimiento del mar bajo nuestros colchones…

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