Siete grados

17 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

Una suma de detalles desordenados como los botones en el caja de costura, así son los últimos días. El hilo es el silencio, la luz, esa cantidad inagotable de pequeñas tareas que genera el mantenimiento del barco (en las que, por supuesto, se incluye la escritura) y el recuerdo de las experiencias compartidas.  Con este hilo hemos cosido los siete grados que distan del paralelo 39 al 45. Siete grados. El resultado es algo así como un licor que permite “ver más”. Por ejemplo, l@s brancanautas no saben hasta qué punto estaban sincronizad@s. La última noche que durmió en el Brancaleón Marcus me mostró el libro que había traído como compañero de viaje: “El cisne negro” de Nassim Nicholas Taleb. De este modo quedó enlazado con Juan, a quien nunca ha conocido. Durante su estancia en el barco, Juan me había explicado que los sucesos raros tienen mayor impacto en el desarrollo de  nuestras vidas que los sucesos esperados y repetitivos en los que creemos que se basa nuestro mundo. Se trata de una teoría a la que llaman del “cisne negro” porque antes del descubrimiento de Australia, las personas del Viejo Mundo estaban convencidas de que todos los cisnes eran blancos basándose en las pruebas empíricas de su realidad.

En Zadar decimos adiós al último brancanauta (Marcus)

Marcus fue el último brancanauta en abandonar el Brancaleón. Le dejamos en el muelle de Zadar, cerca de donde canta el viento, una instalación sonora situada en la zona monumental del muelle de la ciudad. A su lado un chico joven cortaba el pelo a su compañera y a su espalda los habitantes de la ciudad se confundían con los turistas que bajaban del último ferry. A esas alturas Izilda y Mariona ya habrían llegado a Pula y estarían a punto de saltar a Venecia.

Habíamos rebañado cada actividad compartida, desde recorrer el mercado situado cerca del arco de la muralla que rodea la ciudad, a los largos con vela o su último baño en el Mediterráneo antes de que regresara a Compenhague. Tras él estaban los días compartidos con Meritxell, Nuria, Bego, María José, Jaume, Rocío, Ana, Beate, Magdalena, Eugenio, Mamen, Juan, Sergi, Montse, Quique, Linda, Mariona, Izilda… 18 personas con quienes hemos intercambiado algo más que unos días en un velero de madera. Aquella fue algo más que su despedida. Marcus permaneció muchos minutos en el muelle de Zadar, diciendo adiós con la mano y contemplando cómo nos alejábamos. Nosotr@s le vimos hacerse pequeño lentamente.

El joven corta el pelo de su amante en el muelle

Zadar se convirtió, de este modo, en un punto de giro del viaje. Aquella noche la luna llena se cubrió de un halo blanco. Fondead@s en el extremo más norte de la isla de Ugljan, la lluvia que esperábamos nos alcanzó dulcemente. Sabíamos que Septiembre trae tormentas y que la temperatura iría bajando a medida que avanzáramos hacia el norte. No teníamos prisa. Nuestro único plan era alcanzar Pula recorriendo las islas que no conocemos. A partir de entonces el ritmo de la navegación, las rutas y nuestros horarios se adaptarían a los claros en el cielo, las horas de calma y los huecos que la lluvia dejara en el horizonte.

El agua tamborileó la cubierta del Brancaleón de forma intermitente durante varios días, es decir que navegamos de forma intermitente, que es lo mismo que afirmar que vivimos al ritmo de la lluvia. Tal y como preveíamos, fuimos perdiendo paulatinamente las coordenadas y las millas fueron expandiéndose y encogiéndose al margen de las medidas reales, logrando que nuestra vida se convirtiera en una ristra de instantes enlazados por largos silencios. Uno de aquellos hitos en los que anclamos la memoria fueron las risas que llegaron desde tierra aquella noche en que fondeamos en cala Muline (en Otok Ugljane). Los rayos iluminaban la noche dejando a la vista un mar plano. Al día siguiente, después de 20 horas seguidas de lluvia, descubriríamos que las carcajadas procedían de la única fonda del pequeño pueblo, y allí nos tomaríamos sendos tragos de raki (orujo croata), brindando por su buena compañía.

El puertecito de cala Muline tras la tormenta

Horas después, azuzad@s por un anochecer prematuro, buscamos refugio en Trtljuz (también en Otok Ugljane). A oscuras, con un fuerte viento por proa y una lluvia fina, el Brancaleón embarrancó. Aquella estrecha y desolada cala era menos profunda de lo que anunciaba el pilot y nuestra sonda, evidentemente, había dejado de funcionar. Después de tres horas de ingenio, esfuerzo y compenetración, logramos arrancar el velero de aquel fondo arenoso. La solución tuvo tres patas: por un lado enganchamos el palo de la mayor con un cabo que pasamos por tierra para hacer palanca y a base de dar vueltas con el molinete fuimos inclinando el barco por estribor. Al mismo tiempo, facilitábamos el trabajo del ancla con otro cabo, con el que íbamos avanzando por proa a base de molinete y de hacer presión sobre la cadena con nuestro propio peso. La puntilla fue vaciar el tanque del agua (tiene capacidad para 400 litros) con el fin de aligerar el peso. En esas tres horas la naturaleza decidió colaborar: la lluvia cesó y el viento amainó, de modo que dejó de arrastrarnos contra el fondo de la bahía.

En Croacia cada ser humano es un detalle en el paisaje. El número de habitantes de este país apenas supera los cuatro millones de habitantes. Había días en los que apenas nos encontrábamos con un alma. Allí y allá, en medio del azul, veíamos a lo lejos pequeñas barcas. En ellas un puñado de hombres solitarios agitaban el sedal con el que pescan calamares. Sé que manejan la potera, pero de lejos parecía que se fustigaran la espalda con un invisible látigo. Su soledad horizontal era tan inmensa que me asalta a la memoria la película “Simón en el desierto”, de Buñuel. En aquel caso el ermitaño se subía a una columna cada vez más alta en busca de un aislamiento imposible. Ahí va una escena, en la que es tentado por una inocente diablesa.

La luz plateada de los días de tormenta ayuda a abolir el tiempo y a veces los encuentros afianzan esta sensación. En el parque natural de Telásica nos topamos con un joven que manejaba una extraña embarcación de madera: en lugar de velas, su mástil sostenía un bodegón de frutas y verduras pintadas en una madera con vivos colores. Ofrece estos productos a los veleros que aún fondean por la zona y a los propios trabajadores del parque. Nos acercamos a comprarle algo, no importa qué, tan sólo queremos alentar su pequeño negocio. El joven nos contará que lo montó su padre hace 30 años y ahora se encarga él. Me impresiona la noble humildad de su herencia.

Un supermercado en una barca de madera

A base de sumar temporales y rachas de viento hemos adquirido una gran soltura a la hora de despejar la cubierta. La más intensa fue la que vivimos en Lucina (Dugi Otok). Nos acercábamos con el dingui al barco (después de pasar apenas una hora en el pueblecito) cuando nos dimos cuenta que nos seguían a gran velocidad unos densos nubarrones. Los cúmulo-nimbos descargaron sobre nuestras cabezas apenas pusimos el pie en el barco e hicieron que el Brancaleón demostrara toda su capacidad para agarrarse a tierra. Fuera, nuestra botellita azul también parecía imperturbable. Por cierto, han sido decenas las veces que se nos han acercado, alarmad@s por si “eso” que llevamos colgando es el alargador de la electricidad. Casi siempre es Toni quien, una y otra vez, termina explicando que son “palabras para el mar”.

Quizá viajar en el Brancaleón haya sido subirse a un cisne negro; quizás haya sido capaz de que cada un@ de nosotr@s rompa con la tendencia que tenemos a fijarnos sólo en los casos que confirman nuestra visión del mundo…

Fuera, la tormenta, dentro, la calma (mientras el Brancaleón baila)

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2 comentarios to “Siete grados”

  1. Joan mayol said

    un petit naufragi, finalment…

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