“Navegar é preciso…” (Parque Nacional de Kornati)

14 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

Pessoa llevaba a bordo ya ocho días. Sabía que nos encontraríamos. Montse  le había nombrado días antes, la propia Izilda había colado una de sus afirmaciones en un mail (“Navegar é preciso; viver não é preciso”)… No hacía falta más que esperar. Había aprendido que los tiempos de antaño difícilmente vuelven, sin embargo Pessoa estaba encima de la mesa, debajo de un pañuelo, en una esquina de la bañera, junto al mástil de la mesana. Tarde o temprano terminaríamos a solas.

Le ví embarcando en el regazo de Izilda. Nos rozamos por azar, entre los pareos, mientras ella aprendía a tirarse de cabeza desde la borda, pero no fuí yo quien dio el primer paso, quizá porque Pessoa rima con amores descarriados, retazos ingenuos de vida disoluta, y una voz que musitaba poemas sobre aquello que sucede aparentemente fuera pero que no existe sin el que sueña o ama. Sucedió en los años en los que escribía en mayúsculas Literatura, Amor y Vida y todas ellas me esperaban detrás de la puerta, entonces él soñaba traducir a Pessoa y amaba a las mujeres de una en una mientras entraba y salía de sus propios heterónimos. Extrañamente, un día todas se llamaron igual, usaban la misma piel, se reían del mismo modo… pero ya era demasiado tarde porque ella se había ido a Lisboa, dejando atrás al traductor y cogiendo de la mano al poeta. Aquellos intensos años están ligados a Pessoa, el descubrimiento de los fados y la voz de Cesária Évora ampliando la geografía de la saudade con sus mornas. No, no sería yo quien diera el primer paso.

Un día, a la hora de la siesta, Izilda empezó a leer a media voz uno de sus poemas. Mariona reía a su lado con los juegos de palabras. Contemplar cómo entre dos personas nace la Amistad, también con mayúsculas, me cautivaba, por eso me acerqué a escuchar. Decía, con su melodioso acento brasileño: “Cuando yo muera, hijito, / sea yo el niño, el más pequeño. / Cógeme en tus brazos / y llévame dentro de tu casa. / Desnuda mi ser cansado y humano / y acuéstame en tu cama. / Y cuéntame historias, en caso de que despierte, / para volver a dormirme. / Y dame tus sueños para jugar / hasta que nazca cualquier día / que tú sabes cuál es” y el mundo se ordenó como antaño.

Ruinas del castillo de Pakleni, probablemente construido por los ilirios

En las jornadas siguientes sus versos fueron cayendo del libro de “Poemas de Alberto Caeiro. El guardador de rebaños” como frutos vencidos por un largo verano. Los tomé uno a uno, en una especie de acto clandestino, mientras Marcus levaba el ancla, Mariona ajustaba las velas, Izilda adujaba los cabos… Yo iba de babor a estribor, de proa a popa, con el sonido de sus versos cerrando aún más mis oídos. El primero lo saboreé bajo la luna creciente que ya apuntaba redondeces, durante la navegación nocturna, en la que Izilda fue poniendo nombre a las estrellas. Después en Pakleni, tras una copiosa cena. Y al día siguiente, a plena luz del sol, agotad@s por el largo paseo entre los restos de una fortaleza pre-románica en la que Marcus descubrió lo que podrían haber sido los baños termales….

 “Leve, leve, muy leve / un viento muy leve pasa, / y se va, siempre muy leve. / Y no sé lo que pienso / ni procuro saberlo”… susurraba Alberto/Pessoa detrás de mi oído cuando los 152 peñascos, islotes e islas calvas de Kornati abandonaron el horizonte y se enfilaron por proa, demostrándome que era cierto aunque fuera imposible en un velero. De hecho, el viento nos había permitido jugar con los veleros vecinos. Mariona y Toni disfrutaban ajustando los  largos, bordos y ceñidas. Los jóvenes veleros veían cómo el nuestro, vetusto y de madera, lograba sacarles algunos metros de ventaja. Sonreíamos, felices y, sin embargo también le dábamos la razón a Pessoa: “navegar es necesario”.

Izilda, Marcus, Mariona… Afirmamos que navegar es necesario

Jugamos en medio de la desolación. El Parque Nacional de Kornati es una suma de meteoritos calizos hundidos en el azul. Antaño, cuando Marco Polo y Colón ampliaban el horizonte haciendo que el mar fuera menos tenebroso, estaban cubiertas de bosques, pero nosotros, los seres humanos, y nuestros incendios devoradores las vaciamos para siempre.

Así podría ser el fin del mundo, imagino, y Pessoa, como si ya lo hubiera pensado, añade: “El viento, alto en su elemento, / me hace más solo -no me estoy / lamentando, él se tiene que lamentar. / Es un sonido abstracto, insondable / venido del elusivo fin del mundo. / Profundo es su significado. / Me habla el todo inexistente en él, / Cómo la virtud no es un escudo, y / Cómo la mejor es estar en silencio”.

Un árbol, solo, en medio de la tierra

Sabía que me sobrecogería aquella aridez, que su tierra blanca por los fósiles volvería a dejarme muda por dentro, como ya sucedió hace dos años. Por eso esperé a que apareciera el árbol perdido en el islote, capaz de hermanarse con nuestro velero, también solitario, en medio del mar. Sólo entonces tomé el timón.

Un velero, solitario, en medio del mar

Mientras escuchaba el viento en las velas y el paisaje seguía regalándonos hallazgos (como cuando dejamos a un lado aquel muro de piedra que seguía dividiendo en dos la nada), sentí que éramos dos los que llevamos el Brancaleón: “Como quien en un día de verano abre la puerta de la casa / y observa el calor de los campos con todo su rostro, / a veces, de repente, me golpea la Naturaleza con fuerza / en la suma de mis sentidos, / y me quedo confundid@, perturbad@, queriendo entender / no sé bien cómo ni qué…” El fin del mundo debe de ser así, una huella absurda en medio de la nada.

Aquella muralla que dividía en dos la nada resultaba insoportablemente leve

Horas después comprendí que, al seguir el juego a Pessoa, yo también me sembraba de heterónimos, de modo que podía tener varias vidas al mismo tiempo. Podía bailar con Alberto Caeiro/Pessoa mientras celebraba con el resto de la tripulación que el Brancaleón había logrado pasar por el ojo del puente sobre el estrecho Zdrelac, que une (o separa) la isla Ugljan con la de Pasman. Podía seguir platicando con Álvaro de Campos/Pessoa bajo el pino sin sombra de la colina, mientras que quel que hablaba por la boca de Bernardo Soares/Pessoa leía, junto a la sartén en la que se freían las patatas: “no distingo entre la realidad que existe y el sueño, que es la realidad que no existe. Y así intercalo en mis meditaciones del cielo y de la tierra cosas que no brillan de sol ni se pisan con pies -maravillas fluidas de la imaginación!” (del “Libro del Desasosiego” ). El cuarto aún se zambullía junto a Ricardo Reis aquella mañana que el Brancaleón amaneció tan dulce cuando ya estábamos haciendo las operaciones de desembarco en Zadar.

Kornati nos regaló este despertar, estaba próxima la despedida

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2 comentarios to ““Navegar é preciso…” (Parque Nacional de Kornati)”

  1. He seguido vuestro viaje a traves de estas crónicas,hermosos relatos de estas vivencias.Primero con curiosidad,poco a poco podía ver los paisajes,entender los silencios bajo las noches limpias y luminosas.He recordado con intensidad mi querida Grecia,su paisaje,sus gentes,su olor….mucha suerte y espero veros a vuestro regreso.

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