Doce horas entre el poder, la fuerza… y la gloria

12 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

08:00 a.m. El Brancaleón leva el ancla rumbo a Uvala Luka (Korcula) para hacerse con provisiones. Probablemente no volvamos a tocar un puerto en una semana.

Un barco es un micromundo. Éste mide 13 metros de eslora (largo) por 3.4 metros de manga (ancho). Es decir, la tripulación, que hoy suma 5 brancanautas, convive en unos 41 metros cuadrados. Aproximadamente tocamos a 8 metros cuadrados por persona. Creo que en los submarinos el espacio vital es más reducido.

Una buena forma de empezar el día: la sonrisa de Mariona

 Después de más de tres meses recibiendo compañer@s de navegación, me he acostumbrado a observar cómo el uso de nuestro reducido espacio cambia en cada turno. Por ejemplo, hay quienes apenas se asoman a proa y en cambio los hay que se procuran largos ratos de soledad en ella. Hay quienes hacen “casita” en cualquier rincón, con un par de pareos o en torno a unas defensas, en cambio otros se sientan “al caer”, como si sólo necesitaran sus auriculares con música para sentirse cómod@s.

Sin lugar a dudas, el lugar común más importante del barco es ese pequeño rectángulo en el que se vive durante horas cuando se navega: esos 4 metros cuadrados que mide la bañera. Allí se sestea, se otea el horizonte, se come, se departe, se declinan todos los verbos vinculados con la navegación a vela: drizar, izar, arriar, rizar, trabuchar, virar, ceñir, cabalgar por las olas… No es lo mismo tomar asiento junto al molinete (lo que obliga a implicarse de manera activa porque si no se entorpecen las maniobras) que tomarlo en una de las dos esquinas que coronan el asiento de quien lleva el timón, mucho más reposado y desde el que se controla el recorrido del velero sin tener que retorcer el pescuezo o el torso. No siempre estos espacios son ocupados indistintamente por tod@s los brancanautas.

A estas alturas podría elaborar un juego psicológico que dijera “dime dónde te sientas en la bañera y te diré quién eres”.

Por fin ponemos cara a Marcus: !Es así! (de simpático).

09:30 a.m. Café en tierra. La tripulación decide la ruta del día de forma consensuada y el reparto de las comidas a bordo. Cada persona comprará los ingredientes necesarios para elaborar el plato del que se hará responsable. Toni ha consultado las previsiones de viento y de lluvia: partiremos antes de las 12 a.m. para navegar con las condiciones óptimas.

Cualquiera que sube al Brancaleón sabe que ésto no es un charter. No se trata de poner dinero encima de la mesa y que te traten como a un/a niñ@, que es lo que sucede cuando te lo dan todo hecho. Nadie es cliente, el reparto de roles que podría esperarse de una embarcación de alquiler queda totalmente derogado. Si bien el capitán es el responsable del barco (y por tanto tiene la última palabra), las decisiones sobre la ruta, la elección de si se fondea o se amarra, etc. son siempre consensuadas. Tan pronto puede estar frente al horno dispuesto a sorprender con una buena receta en la cocina como dándose un baño con el resto de la tripulación o limpiando la cubierta.

Tampoco hay servicio a bordo, o dicho de otra manera: la calidad de vida es responsabilidad de tod@s. Esto significa que las tareas se reparten equitativamente, desde la limpieza del WC al baldeo, pasando por el cabotaje de las viandas, etc. No hace falta hacer turnos, simplemente se trata de hacer un cálculo honesto y pensar en las demás personas del equipo. Por jemplo, en diez días cada cual tendría que ponerse al frente de la cocina al menos 4 veces; lo mismo sucede con poner la mesa, recogerla, lavar los platos…

Otro ejemplo: el mantenimiento de los espacios comunes son responsabilidad de tod@s, piensa por ti mism@ y haz algo por el bien común: vacía la sentina, limpia la nevera a fondo, o lo que se te ocurra. En el Brancaleón todas las actividades son dignas y propias de cualquier navegante que se precie.

Izilda y Marcus, nos ponemos en ruta y todo parece en orden.

Cada una de las personas que ha subido al Brancaleón sabía que éste sería el orden del mundo durante los días que estuviera a bordo. Era, casi casi, lógico: si éste ha logrado partir de Mallorca, ha rebañado las islas del Mediterráneo y aún se mantiene en ruta no ha sido obedeciendo a criterios de mercado. Es más: nos hemos puesto la rentabilidad económica por montera.

Por tanto, abolido el “gran principio” que parece gobernar nuestras vidas (la rentabilidad o viabilidad económica), lo único que hemos tenido que hacer tod@s l@s brancanautas es seguir siendo coherentes: Aquí se cambian las reglas del juego, de modo que las responsabilidades no se reparten según las habilidades o capacidades, el criterio no es hacer las cosas “mejor” sino lograr que todas las personas que estén a bordo tengan las mismas oportunidades de probar su relación con las velas, el gps, el horno, el dingui e incluso asomarse al motor si lo desea. Nos da igual si es la primera vez que lo hace o si tiene título que le avala, el hecho de que tod@s tengan su propia y singular experiencia náutica permite no sólo que se produzcan situaciones divertidas, sino que en ocasiones da lugar a soluciones innovadoras.

14:30 Dejamos atrás la península de Peljesac. Hemos comido en ruta. El viento comienza a subir, tal y como estaba previsto. Sacamos todas las velas. Vamos a cinco nudos. La navegación empieza a ser excitante, aunque nos aleja de Vis. Cambiamos de rumbo, vamos a Scedro.

A pesar de todo, es difícil dejar atrás ciertos cánones. El sistema neoliberal, tan pendiente de la productividad, la rentabilidad, la optimización de cada acto, se ha arraigado de manera tan profunda en nuestras mentes y corazones que por ejemplo, hay quien aún cree que la galantería y el cuidado significa amarrar el pesado cabo a tierra, impidiendo de esta manera que su compañera a bordo busque sus propias soluciones. Irónicamente, ejercida de este modo, la educación siembra debilidad, ¡qué manera de malgastarla!.

El viento manda siempre, pero a veces, más.

Otr@s tienen tan arraigado que las cosas se han de hacer de la mejor manera (y normalmente sólo hay una), que obran bondadosamente en consecuencia. Normalmente quienes suelen defender esta postura creen que conocen el camino, por eso se ponen al frente de la acción, considerando que es “lo natural” en tanto que es “obviamente lo óptimo”. Por supuesto que están dispuest@s a ceder este lugar, siempre y cuando si obren de forma óptima, es decir, siempre que compartan sus mismos criterios, sean tan rápid@s, eficaces… es decir, a “un@ de los suy@s”. No se dan cuenta que tanta inteligencia siembra estupidez a su alrededor. Olvidan que la persona sabia no es la que enseña sino la que deja que los demás realicen su proceso de aprendizaje y, por tanto, está dispuesta a que sucedan “otras cosas”.

Este tipo de confusiones en torno al poder se mezclan con otros patrones de conducta que quien se pasee por un club náutico verá con cierta facilidad, por ejemplo, quien lleva el timón suele ser el hombre. Del mismo modo, las labores del exterior del barco (fundamentalmente el uso de las velas) parecen más importantes que las del interior, pues se asemejan más al tradicional papel del cuidado que se otorga a las mujeres. Cuando los papeles se vuelven del revés es fácil que las mujeres se sientan “más poderosas” (incluso orgullosamente más “varoniles”) cuando llevan el timón o toman decisiones sobre el estado de las velas, en cambio cuando un hombre se pone al frente de la cocina, no sólo no baja un escalón sino que gana reconocimiento e incluso se puede entender que comienza a comportarse como un “viejo lobo de mar”. No, el asunto, evidentemente, no sólo pasa por intercambiar los roles, y no, un grupo de personas no suelen autorregularse de forma equitativa de forma “intuitiva” porque nuestro imaginario está muy conquistado. Por el momento, en el Brancaleón hemos hecho lo que hemos podido de la manera más sencilla posible: procurando que cada brancanauta encuentre su “minuto de gloria”.

El horizonte no siempre trae un atardecer perfecto.

17:50 La navegación se ha hecho lo suficientemente intensa como para sacar los arneses y montar las líneas de vida. De seis, siete nudos, el viento a pasado a nueve nudos. Toni decide plegar velas. Centramos la atención en todos nuestros movimientos.

Cuando la fuerza se impone y llega de la mano de la naturaleza (es decir, al margen de las voluntades, las intrigas, los intereses, las ambiciones y las lógicas humanas), todas estas consideraciones sobre el poder se convierten en juegos cortesanos. Es entonces cuando actúa el instinto de supervivencia, que en algunos casos va acompañado del compañerismo y la solidaridad, rasgos del ser humano que sólo parecen adquirir su color más diáfano en las situaciones difíciles.

17:20 A dos millas de Scedro, decidimos volver, el motor del barco no puede remontar la fuerza del viento. No controlamos el timón, el mar nos lleva en sentido contrario. Las olas crecen, calculamos que algunas llegan a los 2 metros.

Volvemos sobre nuestros pasos, hacia algún punto de Braj o de Korcula resguardado del viento de poniente. El velero que llevábamos en proa realiza la misma operación.

A nuestras espaldas el cielo se cubre de un manto gris. La tormenta avanza hacia nosotros lentamente. En el camino nos cruzamos con una pequeña barca motora que se atreve a remontar el viento; parece hecha de papel.

Al día siguiente vimos hecha realidad nuestra peor pesadilla.

19:30 Fondeamos en Uvala Kneza (Korcula), apenas a unas cinco millas de nuestro punto de partida.La lluvia apenas nos ha tocado. Es la cuarta vez que esta bahía protege al Brancaleón. La descubrimos después de un fondeo agitado en Braj, cuando intentábamos alcanzar la isla para que Eugenio y Magdalena tomaran el ferry que les llevaría a tomar el avión en Dubrovnik. La segunda ocasión fue en compañía de Mamen y Juan, aunque en aquella ocasión fue simplemente para tomar aliento y alcanzar Scedro. En la tercera, el viento arreció cuando la tripulación de amantes disfrutaba de la siesta y decidimos pasar allí el resto del día. En esta ocasión llegamos in extremis. La tormenta se ha ido deshaciendo por el camino.

De cerca, aquella embarcación estampada nos sobrecogió

Tras una noche dulce, al día siguiente volvemos a remontar el canal. Esta vez el viento racheado llega a pasar de 6 a 9 nudos en un instante. Adaptamos el chiste: “Ni de poniente, ni del NE, éste es de Bilbao, y los de Bilbao nacen donde quieren”. Hemos ajustado de nuevo la ruta, esta vez pasaremos Scedro de largo y alcanzaremos algún punto a buen resguardo en las Pakleni. Nada más acercarnos a ella nos topamos con la peor de las pesadillas: un barco a motor (como el que vimos la noche anterior, enfrentándose a la tormenta) ha chocado contra las rocas. Al día siguiente un periódico local titulaba “Kamikaze ruso”.

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Una respuesta to “Doce horas entre el poder, la fuerza… y la gloria”

  1. Joan Mayol said

    Fa set o vuit mil anys es naufraga a la Mediterrània. Una història vella, un drama quotidià, un referent per als navegants!
    Joan (amb els desitjos que vos estalvieu l’experiència)

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