2000 millas poniendo la olla a dormir y otros experimentos científicos

7 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

Uno de los ecosistemas característicos del Mediterráneo es la maquia, o al menos eso es lo que aprendí de niña en los libros de texto. Para quienes nacimos tierra adentro esta afirmación fue una especie de dogma escolar en el que debíamos de creer aunque nunca hubiéramos visto un jaguarzo o un lentisco, unos arbustos que imaginaba la mar de divertidos a parte de aprender que formaban parte de dicha vegetación costera.

Crecí sin poner en duda que la maquia estaba compuesta por matorrales y arbustos perennes y que podría encontrarlos cuando llegara el verano en las laderas que finalizaban en el mar, que era lo mismo que decir Valencia. Es decir, que crecí creyendo en la maquia a pies juntillas, aunque en mi Mediterráneo no hubiera más que los girasoles, sandías, mazorcas de maíz, uvas e higueras (que ya me iban la mar de bien) que encontrábamos tras la hora de la siesta en la huerta valenciana. Esto explica por qué aquella formación vegetal quedó enlazada para siempre con mis jugos gástricos, su ausencia y la merienda.

Maquia de libro en Mljet con brancanauta al remojo

El asunto entraba, además, dentro de mis parámetros: la maquia debía de ser uno de esos dogmas de fe en los que tenías que creer si querías hacer la comunión, solo que vinculado con la ciencia, la escuela y la profesora que repartía aprobados y suspensos. Es decir, aquel “ecosistema característico del Mediterráneo” era tan invisible como los ángeles, arcángeles y demás coros celestiales. Pronto comprendí que los libros de texto estaban plagados de incorrecciones e improbabilidades, por ejemplo, resultó que la tierra no era redonda sino ovoidal, que las líneas rectas eran imposibles en la naturaleza y que los planos lisos que conocía nunca lo fueron tanto.

Del mismo modo, las huertas de la infancia se fueron cubriendo de asfalto y cemento, enterrando para siempre aquel vergel jugoso y fértil de la infancia… pero no así la maquia, porque nadie puede hacer desaparecer lo que de por sí es invisible.

Y aquí, maquia al cuadrado (por tierra y agua)

Recordé mi relación gatrointestinal con la maquia el día en que los tres ambientalistas que viajaban en el Brancaleón quedaron impresionados con las maquias incólumes del parque nacional de Miljet y del parque natural de Lastovo.

Durante las más de 2000 millas náuticas que llevábamos a nuestras espaldas la maquia y los huertos mediterráneos habían sido igualmente excepcionales, unas veces comidos por el abandono, otras por las urbanizaciones o por el fuego, pero la emoción y el agradecimiento que nos generaba el encuentro puntual con una tierra cultivada cancelaba nuestra atención hacia la maquia “auténtica”.

El Brancaleón, mirado desde el reposo (Lastovo)

Curiosamente, cuando saltó Quique a tierra a ver de cerca la exultante maquia de Uvala Boroba (Lastovo), esa tan característica en el Megiterráneo y sin embargo tan inusual, mi estómago se puso en pie. Podría haber conectado con la frustración que me genera comprobar, de nuevo, que nuestra forma de acceder al conocimiento sigue plagada de esferas perfectamente redondas que expulsan la realidad y sus miles de espirales irregulares, dejando huérfanas las intuiciones, los impulsos, lo impredecible, las metáforas, l@s diferentes… En su lugar me puse a organizar el reparto de la granita de melón que Toni arrancaba a la termomix.

“Oh, sí” – pensaba, mientras pedía una segunda ración” – “encima el sistema económico al que pertenecemos fortalece esta rigidez”. El neoliberalismo añade el contundente adjetivo “improductivo” a todo lo que no es línea recta, figura geométrica muy valorada porque es la forma más corta, y por tanto eficaz y rentable, de unir dos puntos. Sin embargo, el mundo en el que habita la humanidad, con sus arbustos y sus olas, sus nubes y costas, aquel por el que transita nuestro velero de madera, es rugoso y variable.

El monólogo empezaba a crecer demasiado como para no prestarle atención, no había más granizado de fruta… la maquia seguía allí. Había llegado la hora de cerrar los ojos y seguir el flujo de mis pensamientos.

… “Es más, el universo entero tampoco es uniforme ni simétrico en absoluto, sino que presenta cordilleras accidentadas, volcanes, huracanes, esteroides rocosos y estrellas que estallan. Aquello que por fortuna hoy pueden decir en alto l@s cosmólog@s sin pasar por poetas o loc@s, pende sobre el cuello de este viaje como una especie de espada de Damocles, que fácilmente puede ser clasificado de lírico, banal e improductivo precisamente por no ser absolutamente redondo, no apostar por la línea recta o no ser reglamentariamente productivo”.

Ah, no, eso no sucedería de ninguna manera, dijeron mis papilas gustativas, en vista de que no pronunciaba palabra. Probablemente tuvieran razón, afortunadamente, cuando el Brancaleón apenas contaba dos años, un matemático, Benoit Mandelbrot, encontró una manera de incluir la COMPLEJIDAD de las formas naturales en las rígidas tablas de medir el mundo. Demostró que una ciencia tan exacta como las matemáticas podía hacer cálculos más ajustados a la realidad si atendía a los detalles que aparecen en cualquier escala en la que se observe ésta y su forma de repetirse periódicamente.

Como nadie antes que él había planteado tal posibilidad, Mandelbrot se inventó una palabra, “fractal”. El término explica que los pétalos de una rosa se distribuyan en torno a un mismo eje de manera periódica, hasta qué punto las conchas de las caracolas giran sobre sí mismas siguiendo una pauta matemática, porqué la arboladura de nuestros pulmones es similar a la del más pequeño de sus alvéolos… y sirve para calcular cuánto mide la costa de una isla tan grande como la de Gran Bretaña.

Puesto de pescado en Korcula

A esta cadena, formada por rosas, helechos, caracolas y los alvéolos de nuestros pulmones, podría enlazarse el viaje del Brancaleón… para empezar, la ruta traza curvas y espirales, gira, que es el movimiento más repetido en la naturaleza, de los huracanes a las estrellas.

Estaba atando cabos entre este convencimiento, la maquia y todos los coros que habitan en el cielo de mi paladar cuando Montse empezó a explicarme que en su tesis (en la que vincula el teatro y la educación) apelaba a “los filósofos de la complejidad”. No me hizo falta saber más para comprender que tenía razón.

Me dispuse a buscar detalles fractales en nuestro viaje, pero la tripulación en pleno se dispuso a hacer un particular guiso con lo que compramos el día anterior en el mercado de pescado de Kórcula y dejé el asunto para otro momento.

Limpiando el pescado en cubierta (detalle)

El asunto duró horas, porque el lugar merecía la pena más de un baño y más de un salto a tierra y porque, en vez de usar el fuego de nuestra pequeña cocina Toni envolvió en un saco de dormir la olla en la que habían empezado a hervir los cefalópodos la olla y dejó que hicieran su particular siesta.

El plato fue bautizado como Pulpota a la brut porque el kilo de calamares resultó ser una mezcla de pequeños pulpos y calamares de pota en idénticas proporciones. El sueño de la olla les había dejado increíblemente tiernos y sabrosos.

Nada más llevarme el primer bocado empecé a señalar de memoria en el calendario los días que habíamos puesto la olla a dormir. Si la memoria no me fallaba, lo hicimos 13 días atrás, durante aquella jornada ventosa en la que viajábamos Toni y yo hacia Dubrovnik; y 8 días antes de esa fecha cuando disfrutamos de la memorable fabada compartida con Mamen, Juan, Eugenio y Magdalena; y 5 más atrás, 3, 2 días… la cuenta atrás desembocó en el risotto al curry que hizo Beate y que inauguró esta particular serie de ollas durmientes.

Ramona era ella

Entre unas y otras el Brancaleón había trazado espirales en el mapa, dibujando tirabuzones en las islas de Dalmacia. Entre ellas Lastovo parecía generar una particular fuerza centrípeta: volvíamos a poner nuestras nalgas en su orilla. Lo interesante es que, a pesar de que en ocasiones amarrábamos en los mismos rincones, no era precisamente entonces cuando asaltaban las coincidencias. Por el contrario, las diferencias se hacían más notorias, casi abismales. Para empezar, encontramos a RAMONA, dueña del pequeño bar con vistas a la frontera de Ubli en el que Toni y yo habíamos respirado profundamente semanas atrás. Su nombre había salido de la boca de Zeljca, por ser la única mujer a la que ella había podido entrevistar en su ronda con las personas emprendedoras del parque natural.

Toni la quería conocer, yo también. Al final quienes facilitaron el encuentro fue una de las brancanautas, que ya se había fijado en aquella mujer en otras ocasiones. Es decir, nos habíamos estado cruzando constantemente con Ramona, incluso habíamos hecho la misma cola en el supermercado… simplemente, no sabíamos reconocernos.

Detalle del laboratorio montado en la cocina (concretamente me refiero a lo que asoma por la escotilla)

El problema de enlazar el paladar con nuestros FONDEOS TRANQUILOS por Miljet y Lastovo es que la búsqueda de detalles cíclicos que avalaran la naturaleza fractal de nuestro viaje quedaba una y otra vez en un segundo lugar. Sólo quienes hayan probado los postres del restaurante de Porto Rosso (Lastovo) podrán entender por qué resulta casi inevitable hacer un hueco en el pensamiento a la tarta de manzana cubierta de chocolate, el crepe de crema de nueces, la tarta helada (por cierto, me enteré que se trataba de un postre menorquín), el semi-frío de higo…

El caso es que aquel día, entre mordisco y mordisco de Pulpota, deduje que si la realidad está plagada de lo que llamamos incertidumbre, desencuentros o azar se debe, simplemente a que no sabemos mirar. Probablemente nuestro día esté lleno de indicios invisibles y sin embargo reales y mesurables. Recordé que cuando llevábamos un mes navegando a bordo del Brancaleón la comunidad científica reconoció oficialmente la existencia del bosón de Higgs, la quinta fuerza fundamental presente en la naturaleza, que nuestras grandes máquinas no puedan retratarla no significa que no exista, la suma de indicios era irrefutable. ¡Sí, la combinación maquia/paladar podría ser un buen foco para iluminar esos detalles repetidos que constituyen el universo fractal y que confirmaría que este viaje tiene otra dimensión!.

Así que revolví entre los detalles gastronómicos y encontré una joya: La costumbre de que a bordo se cocina con lo que ofrece el camino (es decir, la combinación de los productos locales con lo que haya en la nevera) ya había tenido un día de gloria frente a la bahía de Saplunara (Mljet), a los pies de una bahía mansa a la que se asomaba una maquia incólume.

Aquel día el deleite de bucear entre las rocas encontró una nueva actividad: hacernos con una de esas piedras porosas habitadas por algas, esponjas, briozoos y pequeños crustáceos, para llevar a la práctica una receta que dos años antes habíamos leído en el ensayo “Breviario Mediterráneo” de Pedraj Matvejeric.

Sopa de piedra en la olla

Elegimos la más generosa y pusimos en marcha la “sopa de piedra”, guiados por la intuición. La pusimos en agua dulce (a falta de agua de lluvia), le añadimos algunas especies, amén de el chorrito de aceite de oliva…

Cuando el caldo ya era oscuro y despedía un fuerte olor a marisco, retiramos la roca y en su lugar añadimos un puñado de granos de arroz. Según Pedraj Matvejeric, la sopa de piedra se había servido en la mesa de pelasgos, ilirios y liburnos, es decir, era “tan antigua como la pobreza en el Mediterráneo”. Así fue como nuestro paladar quedó enlazado con hambres del pasado y demostró que aquella buscada DESCONEXIÓN con la que había soñado más de un brancanauta en realidad era una reconexión con el entorno y lo invisible. Se trata de permitirnos otro tipo de percepción, abrir esas puertas que cerramos con tanta frecuencia.

La constelación de Orión reflejado en el mar, con la superestrella roja Betelgeuse en cabeza

Hay quienes lo hacen con facilidad, como Sergi, que vio en el mar ESPEJO DE LAS ESTRELLAS una noche en la que el tiempo y el espacio parecían haberse congelado. Aquella imagen demostraba que sí, que el movimiento de las estrellas y las partículas elementales están relacionadas, que los misterios más profundos del cosmos tienen su reflejo aquí, a nuestros pies, y que, por tanto, nuestras pequeñas respuestas pueden desvelar sus secretos. Sí, aquello que contemplaba Sergi daba la razón a aquella frase que podría haber sido formulada 3.000 años antes de Cristo (“Como lo de arriba es lo de abajo, como lo de abajo es lo de arriba”), cuando las matemáticas no e ran ciencias y las ciencias no estaban separadas de la maquia. Perdón quise decir, magia, es que ha vuelto a aparecer una pizca de maquia en el paisaje y el estómago ya vuelve a hacer de las suyas…

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6 comentarios to “2000 millas poniendo la olla a dormir y otros experimentos científicos”

  1. RedEl Zurdo said

    ¡¡Da gusto ver o bien que os lo pasais!!! pandilla de Ulises 😉

  2. Jorge Zein said

    Veo y leo “maquia al cuadrado “ y lo que veo en la foto es una maquia que se mira en el espejo cristalino de nuestro mediterráneo; leo esta estupenda crónica y recuerdo las palabras que “Benjamín Franklin” nos dejó “….Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.”, me pasa que lo invisible se me disipa sin darme cuenta, lo visible lo que sentimos y vivimos sobre todo con el sazonado de la sorpresa y la credulidad, son experiencias que no nos dejan inmóviles y nos permiten reaccionar ante lo desconocido con aplomo, con entereza, con orgullo para no solo recordar si no para cambiar y enderezar lineas que no nos damos cuenta que estaban torcidas o se borraron por estar marcadas en tinta invisible.
    Se me antoja denostar lo invisible y ensalzar lo visible aunque en ocasiones cause dolor, a veces se acompaña con un placer imposible de conseguir de otro modo.
    Me ocurrió lo mismo en la definición de un mediterráneo ese vergel jugoso y fértil que comentas de nuestra infancia, al contrario que tu mantuve esta definición contraria a la de los textos (por eso quizás tu aprobabas), hasta que no experimenté o se me definió de modo más convincente, no pude cambiar su significado hasta que pude interpretar este paisaje tan nuestro, me llegaba desde el sentir, haciéndose mas vivencial, me involucraba en la propia definición del “MAQUIS”, entendía a los maquis de la guerra civil lleno de coscoja y sotobosque mediterráneo, entendía de modo transversal los universos paralelos de la experiencia de los abuelos de “La Remonta”.
    Los paisajes transformados para las necesidades humanas como las alimentarias, ganando terreno los huertos como inquilinos protagonistas, hasta que por razones que la sin razón impone pierden ese papel de alimentar nuestro cuerpo y alma (forman parte de nuestro paisaje) por alimentar los bolsillos.
    Me encanta que veas las curvas como algo real (“Encuentro atractiva especialmente algunas …..), lo alineado especialmente las “necesarias” (JE, Je) lineas trazadas en los tiempos en los que vivimos son como cuerdas mas bien bridas difíciles de cortar y nos pueden llegar a esclavizar sin darnos realmente cuenta.
    Curvas presentes en todo, presente en nuestro respirar, en los ojos con los que practicamos ese lenguaje no verbal tan atractivo, el nuestro corazón que además bombea señales con ondas que llegan al alma.
    Por cierto mirar a ver si en la sopa pudiera contener algún componente que os hiciera ver alguna estrella en el cielo nocturno de más (JE, JE….)
    Un beso estrellado (Je, Je:..)

    • Cariño, gracias por recordar(me) la frase de Benjamin Franklin. Involucrar… A estas alturas de la vida creo que suspender puede ser un síntoma de buena salud. Y si no, que se lo pregunten a “tus” ancianos, esos a los que involucraste y te contagiaron. Hacer visible lo invisible, creo que de eso se trata ¿No?. La sopa no tenía estrellitas de más, jejeje, y terminó siendo un arroz riquísimo. Hay fotos. Y tod@s l@s comensales seguimos vivit@s y coleando. Por cierto, dentro de poco volvemos a tener la misma edad…
      Mil besos

  3. Sergi said

    El Brancaleón me ha cambiado… Por ejemplo, ya nunca más podré decir: “menos da una piedra”. La pobreza es la riqueza, lo de arriba es lo de abajo… El mar el envés de la piedra. Quiero volver, volver…

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