… Y embarcaron las mujeres y los hombres que aman…

3 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

Cavtat se quedó atrás con dulzura

Y embarcaron las mujeres y con ellas los hombres que amaban. Sucedió en un momento incierto del pasado, que es lo mismo que decir que hace poco o ayer o quizá hace ya demasiado tiempo.

Aquel día (no importa dónde aunque fue en Cavtat) las velas del Brancaleón silabearon al zarpar “e-ra-seu-na-vez”, como si ya todo lo que iba a acontecer hubiera sucedido. Quizás se debió a que ellas y ellos habían colado palabras dulces entre los pliegues de su equipaje, concretamente junto a la ginebra y el Oporto, y eso que hacía que parecieran más ligeros… El caso es que la navegación comenzó más alada de lo acostumbrado, como dicen que alado es el amor.

Todo se dispuso de tal manera que los hombres que amaban, ellas y sus tiernas sombras fueron incluid@s en la línea de salida de un cuento fantástico, al margen de que ningun@ hubiera incluido aquella voluntad en la maleta.

Hasta los pies hacían arrumacos, al margen de sus dueñ@s

El velero zarpó como si sucediera una vez que se era. El fenómeno se debía probablemente a que al poner sus pies a bordo, los hombres que amaban a las mujeres y ellas, las mujeres, generaron un martilleo sensual.

Ellos, que en realidad sólo amaban a esas mujeres porque las mujeres no son especies, ni fauna, ni la alternativa al amor hacia uno mismo y porque a la hora de desear con el cuerpo, una piel es una y la otra es la otra y cada boca es concreta y diferenciada y no sustituible como los objetos de esta sociedad de libre-mercado, y porque se puede amar a esa o a aquel y a ese y a aquella, pero no a “las” o “los”, a no ser que se sea místic@ y entonces hablemos de otra cosa… el caso es que si ellos surcaban los primeros verbos de un cuento no se debía a un arrebato fantástico sino a algo absolutamente físico: sus besos furtivos producían unas tensiones mecánicas sobre el Brancaleón y la energía que generaban quedaba almacenada en la materia entera del barco, de la quilla a su arboladura, haciendo que la navegación pareciera un sensual tango con las olas. No extraña que batieran el récord de la lentitud a vela: 4 millas y media en tres horas, lo que equivale a unos 2,5 kilómetros por hora; no extraña que cada oscilación pareciera una suma inteligible de sílabas: e-ra-seu-na-vez-que-see-ra.

En cuanto a ellas, bueno, para empezar ya estaban acostumbradas a que los cuentos se contaran solos sin que nadie les pidera permiso.

 

Porque sucedió que una vez iniciado el silbido del cuento éste decidió narrarse solo animado por el hecho de que el Brancaleón puso rumbo a Miljet sin que nadie recordara que significaba “miel”. Un destino tan dulce hacía que la ruta saliera de la chistera de un mago amante de esos cuentos turísticos fabricados en serie para ocultar la realidad. Es conocido que este tipo de relatos tienen muy buena acogida en un sector muy amplio del público, de ahí que Mallorca, por ejemplo, sea un escenario recurrente de millones de lunas de miel.

El caso es que el cuento aprovechó el hueco que dejaban los requiebros de ellas y de los hombres que las amaban para coger las riendas del viaje a su manera, haciendo que el Brancaleón siguiera las normas de estilo de los relatos populares. De manera más ordenada de lo que parecía, salpicó horas y rincones con lluvias de estrellas fugaces, saltos de delfines y atardeceres rojos. Hubo casos memorables como aquella ocasión en el que el ocaso cayó tras el puerto medieval de Dubrovnik ellos, los hombres que amaban a aquellas mujeres, y ellas, se dieron cuenta que algo extraño sucedía: aquella mujer subida a la parte más alta de su lujoso yate había esperado a que el velero de madera pasara por delante para hacer la foto y ligar la hermosura y su recuerdo para siempre, como si el destino más hermoso fuera el de l@s tripulantes del Brancaleón.

El atardecer no “parecía” sino que fue un ascua ardiendo dulcemente en el horizonte

Aparentando que aparecía por casualidad, el cuento cruzó en el camino una cueva de enormes dimensiones, horadada en su techo. Era lo suficientemente atractiva como para que los hombres que amaban a esas mujeres se lanzaran por la borda en medio de una mar picada. Ellas, bien porque estaban ebrias de dulzura o simplemente porque eran las únicas serenas, se dispusieron a hablar con el viento, ceñir sus cuerpos con los tules de la espuma y ensartar las infinitas gamas del azul en sus retinas. Les placía desasirse, quizá por eso las amaban ellos o quizá fuera una amable coincidencia.

Probablemente el amor no sea más que una chisporroteante sincronía y el encuentro con la cueva en la que Calypso retuvo a Odiseo durante siete años un hallazgo inesperado, pura serendipia.

La llaman Cueva de Odiseo (Mljet), cuando la historia bien indica que su dueña era Calypso

Lo cierto es que aquellos que partieron mitad por calor y mitad por juego, regresaron con la mirada exaltada por una belleza de cuyos tentáculos habían escapado, para regresar, exhaustos, a los cuerpos de las mujeres que amaban ellos, los hombres. Quizás hubieran transcurrido siete años o apenas unos minutos, pero regresaron.

Del mismo modo también es cierto es que ellas no tenían que ver ni con la envolvente Calypso ni con la fiel Penélope ni con los millones de cuentos que otros han fabricado a sus espaldas. En el Brancaleón todo era oxígeno y el aliento pertenecía a cada garganta, por enamorada que estuviera.

Fueron días en las que todo se besaba, incluso las botellas de buceo flirteaban entre sí.

Poco a poco el cuento que parecía estar abocado al final con campanas de boda comenzó a distorsionarse, quizás porque del amor no se sabe o quizás porque no sea más que un encuentro azaroso en el espacio-tiempo, tan inesperado como el vino y el queso que encontraron en una cala sin nombre cercana a Uvala Saplunara (Mljet).

Quizá el amor sea algo tan fortuito como aquella combinación justa de viento y mar que permitió pasar la noche en un lugar imposible.

La verdad mariposeaba entre las velas. Vistas de cerca nadie dudaría que sus frágiles alas pueden generar futuras tormentas pero en este caso su revoloteo simplemente ayudó a que las cosas se fueran poniendo en su sitio. Es cierto que recorrer la costa de Mljet recordaba al gesto que hace un dedo cuando bordea el perfil amado pero no es verdad.  Y como allí todo el mundo iba desnudo, ella, la verdad, se quitó la ropa y mostró toda su voluptuosa rotundidad. Fue así como hizo obvio, por ejemplo, que en Polace la miel se vendía en tarros a l@s turistas y que las abejas, avispas y mosquitos no eran precisamente acompañantes líricos.

Turistas, ríos de carne en torno a ciertos rincones de Mljet

Sin embargo la verdad tampoco pudo resisitirse a los requiebros y aceptó dejar algunos asuntos en sombra, como que ellas y los hombres que amaban a ellas exudaran almíbar, haciendo que los insectos dibujaran dianas en sus nalgas, pechos y caderas. Al fin y al cabo era irrefutable que los insectos no hacían más que reafirmar el trabajo que ya había hecho Cupido y, por otro lado, había pruebas: flechas o aguijones, mal o bien, los zumbidos se colaban en los camarotes por las noches, robando caricias y sustituyéndolas por palmetazos propios y rascaduras auto-infligidas.

Al día siguiente en la piel de ellas y de ellos se dibujaban arañazos que nada tenían que ver con la pasión, o sí.

El cuerpo fue diana de aguijones y flechas dulces

A pesar de sus rotundas curvas, la verdad y sus sensuales certezas no lo tuvieron nada fácil. Las aguas cristalinas parecían querer que aquello fuera un cuento fantástico e hicieron excepcional la realidad una y otra vez, como aquila noche en la que los hombres que amaban a aquellas mujeres volvieron a saltar por la borda para acariciar noctilucas que sólo ellos veían, quizás porque el amor enajena. Batieron los brazos en medio de la oscuridad preguntando a las mujeres que amaban si veían el brillo verde y blanco en su pecho, entre los brazos que antes las habían mecido, lamiendoles la piel que solía fundirse cuando las tocaban… y ellas, riendo, les dieron la razón porque poco importaba si era cierto, porque aquellos hombres eran ninfas, sirenas irregulares, y eso bastaba.

Unas y otros dejaron para el día siguiente que la luz discerniera lo evidente de lo fantástico, y aquella noche, como cada una de las que pasaron en el barco, intercambiaron los papeles y ellas eran las mujeres que amaban a aquellos hombres, esos que las amaban, a ellas. Ibn Hazm de Córdoba hubiera estado orgulloso de cómo l@s brancanautas podrían dar las razón a sus poemas (El collar de la paloma), 11 siglos después de haber sido concebidos. “Mis ojos se han refrescado con tu cercanía / tanto como ardieron en los días que te celó la distancia” (53)

En ese sueño de una noche de verano el Brancaleón se fundió con el paisaje de Mljet

Tuvieron que aparecer las ruinas para dar el definitivo golpe de timón a esta historia. El nombre por el que se las conocía (Palatium) no facilitó la labor, pues no hay cuento fantástico que se precie que no incluya un palacio, aunque en muchas ocasiones sean precisamente jaulas en las que se encierra a las mujeres. En primera instancia resultaba tentador convertir sus muros en el decorado de uno de esos relatos en los que los príncipes salvan a princesas débiles y bellas o bellas y malvadas, pero en realidad no fue sino un señuelo perturbador, pues ni esas mujeres ni esos hombres que amaban tenían sangre azul sino roja y algun@s incluso callos en las manos.

El señuelo servía para atraer a l@s turistas más ingénu@s e ignorantes y a l@s amantes  perturbad@s, como era el caso. Aquellas ruinas sembraban las semillas de una historia silenciada en sus oídos de modo que sólo hacía falta el paso del tiempo para que madurasen sus frutos.

En los cuentos no hay palacios en ruinas, si acaso palacios dormidos

Una noche, aquella historia olvidada, tan oculta como las raíces de un árbol y tan real como las tumbas de nuestros antepasados, empezó a susurrarse en el Brancaleón. Sucedió en el año 231 a.C. aunque bien podría tratarse de uno de esos momentos del pasado que podrían encajar en “hace poco” o “ayer” o “hace demasiado tiempo”, porque quienes escriben la historia de l@s vencedor@s talan hermosas ramas.

Fue entonces que una mujer tomó las riendas de un país llamado Iliria. Sucedió tras el fallecimiento de su esposo, Agron, quien había muerto de un coma etílico mientras celebraba su última victoria, la conquista de Epiro (aunque hay quien dice que murió de neumonía). Como mandaban los cánones de aquella época, esa mujer, ella, se vistió de hombre, abrazó el celibato y empezó a comportarse en público como el más varón de los mortales. Se trataba de los rigores de una institución denominada Mashkull, palabra de la que proceden nuestros “músculos”, creada por una sociedad patriarcal que sólo de este modo permitía el acceso de una mujer al frente de la tribu. Travestida de la manera adecuada, aquella mujer tomó las riendas de Iliria, que por aquellas fechas empezaba a adquirir los visos de imperio, abarcando la actual Albania, Croacia, Bosnia y Montenegro y siguió las pautas expansionistas de su marido.

Así imaginan el rostro de la iliria Teuta en Albania

Los próceres romanos y griegos, que por entonces también estaban ocupados en ser las principales potencias de la zona, saltaron de sus sillas cuando esa mujer ordenó a los suyos ocupar las islas de Fenice, Antigonea y Corfú; fundamentalmente porque esta última era un enclave importante para el comercio de ambos países por mar. Para colmo, Corfú había capitulado sin luchar, es decir, sin que hiciera falta derramar una gota de sangre ni echar mano de grandes ejércitos.

Encima, el modelo de gobierno de Iliria chocaba frontalmente con los modos y formas del imperio romano y las ciudades-estado griegas, los ilirios eran tribus que vivían tanto de la agricultura y la ganadería como de la piratería, formaban una inestable coalición basada en objetivos comunes y en una identidad compartida basada en el arte de la navegación; por eso aquella mujer no era reina, ni princesa, ni emperatriz, ni generala, sino Teuta, que significa “la que dirige al pueblo”.

Para poner límites a esta expansión y reclamar compensaciones, el senado de Roma envió a dos embajadores a negociar con Teuta. Su respuesta fue que sus ataques cesarían si Roma la reconocía como la única portavoz de la piratería. Sabía que su reconocimiento le daría automáticamente entidad no sólo a su gobierno sino a Iliria como país sin estado y sentaría a los ilirios y si piratería en cualquier mesa negociadora. Uno de los romanos consideró aquello intolerable y otro fue tan despectivo que aquella misma noche los hombres de Teuta acabaron con su vida. Al día siguiente Teuta envió los dos cuerpos, uno vivo y otro muerto, a Roma, comenzando así lo que la memoria de los vencedores denomina Guerras Ilirias, de las que romanos y griegos salieron victoriosos.

La historia que narran l@s vencedor@s borran las huellas de l@s vencid@s, por enlazados que estén sus pasos.

Quienes narraron la historia de los vencedores negaron el nombre a aquella mujer, que pasaría a duras penas a formar parte de sus anales por su cargo, Teuta. Tampoco explican porqué apenas sobreviviría unos meses al final de aquella guerra, en el año 228 a.C. Ni siquiera hay una descripción de su rostro o sus ademanes, de hecho los ilirios apenas son una mota de polvo en sus crónicas. Lo único reseñable  para ellos fue que la principal razón de su derrota fue la traición de Demetrio de Faros pues, con el tiempo, también les engañaría.

Los ilirios se convirtieron con el tiempo en un intrigante eslabón de la historia de Mljet, cuya presencia se hace evidente por el nombre de algunos lugares, las fosas comunes y algunas construcciones en piedra y que respira tras las ruinas de este castillo romano conocido por todos como Palatium.

La mañana en que levamos anclas Mljet confirmó que como lo de arriba es lo de abajo… y los brancanautas no supieron si izaban las velas o las arriaban

La tiranía de quienes narran es así. Del mismo modo que pueden reducir al mínimo el papel de Teuta, logrando que de actriz principal pasara a ser una extra con frase en este capítulo de la historia, pueden poner el final que quieran a sus historias, no importa si sus protagonistas estén de acuerdo o no. Ésta, por ejemplo, que tenía todos los visos de terminar con perdices, acaba con una caja de cacahuetes.

Que conste que no fue por capricho, sino por la marca: Kiki Riki. Suena mucho más sexy que el bobalicón colorín colorado, ¿No os parece?.

Las perdices de este cuento son sustituidas por cacahuetes “Kiki Riki”, porque suena mejor y probablemente dé mas gustito

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: