Hvar, guerra y paz

21 de agosto de 2012

by MARTHA ZEIN

Escucho con detenimiento la risa infantil mezclada con las olas y un rumor de voces adultas. La idea aparece con todo su esplendor: cualquier persona con la que me encuentre, mayor de 20 años, ha sobrevivido a una guerra; los de mi edad la han vivido, ya sea como víctimas, verdug@s, testig@s, en primera línea o en retaguardia, pero saben el horror de un bombardeo. En Croacia la guerra no es cosa de viejos.

Doy marcha atrás los relojes. Navidades de 1991. Establezco amistad con un fotógrafo de modas procedente de la antigua Yugoslavia. La guerra ha comenzado hace tan sólo un par de meses y él no quiere regresar; su mujer le ha avisado que le han citado para ir al frente. Verano de 1993. Me presentan a una joven en un local de copas. Lleva dos años atrapada en España. Dejó Dubrovnik un verano para mejorar su español y ahora ya sabe que todo su mundo ha desaparecido. Las ciudades son apenas el envoltorio desgajado de una vida que no volverá.

Durante cinco imprescindibles años ambos fueron sacando a los miembros de su familia. No siempre llegaron a tiempo. Con ell@s aprendí a desconfiar de las treguas que anunciaba a bombo y platillo la diplomacia europea pues tras cada alto el fuego los enfrentamientos se recrudecían y las conversaciones telefónicas con sus seres queridos se hacían más angustiosas. Mientras los informativos reproducían los rostros de las víctimas y los paisajes desolados, mi amigo fotógrafo rescataba de las tripas de su cámara los últimos paisajes que tomó antes de salir; en uno de ellos aparecían chimeneas de piedra caliza diluidas por la neblina sobre un fondo verde y malva hecho de pinos, algarrobos, almendros… como los que ahora contemplo a lo lejos

Encontramos plantas de olor y empiezo a inventar lechos de lavanda, por qué no…

De vez en cuando nos preguntamos por las huellas de aquella guerra. Su aparente ausencia hace que me sienta ciega porque sé que esas heridas no se cierran, por mucho que las ciudades se hayan reconstruido o reinventado; al fin y al cabo soy mitad alemana y mitad española, he oído, me han contado, soy descendiente de supervivientes. Apenas encuentro referencias al conflicto en este viaje, como si aquellos cinco años pertenecieran al pasado de otr@s. Ese vacío es delator y me hace persistente.

Leo, por ejemplo, que Lastovo fue base militar hasta 1989, sólo entonces abrió sus puertas al turismo y rescato el dato. Apenas dos años después comenzaría lo que entonces se conoció como la guerra de los Balcanes, en esa acostumbrada autorreferencia que tienes quienes escriben los libros de historia, haciendo mención a la Guerra Mundial. Permanezco alerta. El 5 de agosto nos costó encontrar abierta la Capitanía Marítima de Stari Grad (Hvar) y no porque fuera domingo sino porque se celebraba el “Día de la Victoria”. Le he preguntado al capitán de una barcaza vecina a qué conflicto se refería y me ha contestado “Ya sabe, Yugoslavia…”, dejando que yo completase el resto de la información.

Es evidente que el turismo no se asomó a las costas croatas (incluidas las de este bello archipiélago) hasta después de 1995, una fecha que pertenece al siglo pasado… Aquí estamos, formando parte del borrador, pisamos el otro lado de lo que fue, vivimos inevitablemente de espaldas a lo innombrable. En ciudades como Vukovar o Dubrovnik las huellas de la contienda forman parte del espectáculo turístico.

El pasado se asoma en los rincones de este presente tan “virrey”. Plaza de Hvar

Y aquí el pasado, con todo su esplendor

Las referencias al conflicto aparecen en los textos distribuidos por las agencias y oficinas de turismo  como si fueran un centímetro perdido en una regla hecha sólo para medir la belleza. Uno de ellos indica que Hvar se convirtió en la Saint Tropez de Croacia después de la guerra. La referencia no añade más que caspa a la herida.

Estuvimos allí, fundid@s por el calor. Compramos viandas en el mercado de frutas. Tomamos un café en un rincón de la plaza de la ciudad, la más grande de Dalmacia, mientras quedábamos anonadad@s por el ritual consumista de turistas adinerad@s y nuev@s ric@s. El asunto consiste en verse y dejarse ver, dejar en el muelle un barco grande para formar parte de la galería caótica de cuerpos operados, complementos imposibles para una navegación (como tacones inmensos o pamelas con flores) y ropa ceñida que, por lo visto, es trendy. Desde que Juan y Mamen bajaron del ferry que les llevó de Split a Lastovo, en el Brancaleón usamos para estos casos la expresión “virrey”, remedando a unos jovencitos mexicanos que al asomarse a contemplar el paisaje lo encontraron “muy virrey”.

Uno de esos barcos a los que les gusta borrar los muelles, en Hvar

No he visto más embarcaciones de lujo que en las costas croatas del Adriático y nunca tan absurdamente apelotonadas como en las inmediaciones de esta ciudad. Apenas a dos millas de aquella bahía parecía que el mundo aún estaba por descubrir. Cada vez que nos cruzamos con una de esas embarcaciones enormes pienso, inevitablemente, en quienes tras una guerra logran hacer leña del árbol caído o ganan con el río revuelto y en las aves fénix que renacen de sus cenizas, como la familia que ha convertido la granja familiar en un konoba. Son ráfagas de pensamientos que se van clavando en algún rincón de mi cerebro y que regurgito en situaciones calmas como la de ahora, en la que adivino desde mi camarote que la niña que ríe está aprendiendo a nadar y sus carcajadas nerviosas son mezcla de triunfo y miedo.

Sé que el ser humano hace grandes gestos de amor en medio del infierno, que somos capaces de abrazar con fuerza la alegría rodead@s de tinieblas, que somos flechas lanzadas hacia el futuro, lo sé, sin embargo me estremece comprobarlo. Asomo la cabeza por la escotilla. Los padres tienen más de 30 años y aplauden a la niña en su primera proeza. Vuelvo al camarote? La lavanda, el lentisco, el hinojo y la retama que recogimos siguen perfumando las tripas del Brancaleón. Repaso con el dedo de la imaginación el paisaje en el que las fuimos recogiendo. Generaciones de seres humanos, pacîficos, retiraron las piedras de las laderas para sembrarlas de una planta tan humilde como la lavanda. El 30% del territorio está recorrido por cercados de piedra en sec (dice Juan que en Asturias los llaman murias).

La lavanda traza geometrías al atardecer, en las laderas del sur de Hvar

Los anchos muros dibujan caprichosas geometrías y en ocasiones van acompañadas de construcciones agrîcolas que hace años sirvieron para hacer cal, guardar leña, dar cobijo a la ganadería…  En el camino nos topamos con una aldea abandonada hoy en proceso de recuperación, Grabjle Malo, y me parece una alegoría de los pueblos que han vivido una guerra. Alrededor de aquellas casas, en cuyo interior aún se descomponen los aperos de labranza, encontramos la sombra de las encinas, algarrobos, almendros, pinos, cipreses, los frutos rojos del terebinto y estas ramitas de enebro que adornan el cuenco en el que me pierdo.

Las tejas son lenguas rojas queriendo recordar palabras del pasado. Grablje Malo.

Salgo a cubierta, es hora de volver a navegar. Cierro el ejemplar que Mamen dejó en el barco (“Historia menor de Grecia”, de Pedro Olalla, ed. Acantilado) con una de las flores lilas de la lavanda a modo de punto de libro. Lo hago con la fantasía de que suavizará la historia de Occidente, tan trillada de sangre y dolor. Al fin y al cabo su aroma relaja y pacifica el sistema nervioso.

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3 comentarios to “Hvar, guerra y paz”

  1. Mamen said

    Gracias, Martha, por ayudarnos a ver, cuando casi no sabemos hacernos las preguntas. Y también gracias a ese estupendo fotógrafo que lo ve todo, todo, todo.

  2. Amel said

    Gracias Martha, aún en la distáncia nuestros días a día siguen el mismo perfil…….No deja de sorprenderme tal conexión…….Estamos en lo mismo…..
    Gracias Mamen por ese “por ayudarnos a ver, cuando casi no sabemos hacernos las preguntas.”
    ¡Besos a las dos!
    Amel.

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