Lastovo, los lotófagos y el ácido lisérgico

10 de agosto de 2012

by MARTHA ZEIN

Zeljka tan sólo llevaba diez días en Lastovo y sin embargo había conseguido hacer 125 millas (terrestres) en su flamante deportivo rojo, todo un récord si se tiene en cuenta que la carretera más larga de la isla apenas supera los 10 kilómetros. Mientras ella no daba crédito (parecía mentira que sus conversaciones con los habitantes de la isla le hicieran rodar tanto) yo ataba cabos: unos minutos antes Magdalena e Eugenio comentaban que no conseguían hacerse una idea de las distancias que habíamos recorrido con el Brancaleón en Lastovo.

Era evidente que la isla crecía y encogía con nosotr@s dentro, pero en vez de dar la voz de alarma, decidí buscar mejores indicios y pistas concluyentes. Mi primera línea de trabajo fue revisar Alice in Wonderland, pues hace años que la ONG WWF consideró las islas croatas “uno de los diez últimos paraísos del Mediterráneo por su diversidad biológica”. Lastovo podría tener algo de ese “país de las maravillas” que describió Lewis Carroll. Si estábamos fondeados en el paraíso era fácil que nuestros sentidos comenzaran a disparatarse, deduje, mientras me perdía en el aroma de una ramita de hinojo.

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(Sobre estas líneas, la primera adaptación de Alicia en el País de las Maravillas al cine, la peli se rodó en 1903)

Establecidos estos parámetros, empecé a buscar la galleta alucinógena que en algún momento habíamos probado y me dispuse a repasar con detenimiento los movimientos del Brancaleón en sus primeras 48 horas en el paraiso.

Nuestra ruta había sido bien simple: rodeamos lentamente la isla, de la bahía de Ubli hacia el noroeste, siguiendo el sentido las agujas del reloj, hasta llegar a Pasadur, la pequeña localidad que se asoma a las bahías que forman la isla de Lastovo con su vecina Prezba, de nombres Malo Lago y Velo Lago. Hasta ahí, todo nos había parecido lo suficientemente anormal como para considerlo magnífico. Sin embargo, a la luz de mis pesquisaa aparecía una nueva distorsión espaciotemporal: a bordo de nuestro velero, los 3 kilómetros que separan por tierra Ubli y Pasadur se habían convertido en un recorrido de un par de horas durante el que pudimos disfrutar de la caída del sol, un baño al atardecer y un gin tonic mientras veíamos crecer la luna. Por supuesto que en ese momento fuimos conscientes de la incoherencia, pero consideramos que se debía a la octava pasajera del Brancaleón, la percepción, que volvía a hacer uno de sus juegos de manos. La galleta psicodélica debía estar más cerca de lo que imaginaba.

Magdalena, deshaciéndose en el paraíso

No se trataba de algo pasajero; al día siguiente nuestros sentidos hacían más intrincados los paseos a la sombra de los pinos y más empinadas las cuestas hasta la ciudad de Lastovo, nuestras conversaciones salían lentas. Magdalena fue la que parecía más afectada, llegando a padecer brotes de telepatía intermitentes. Esa tarde logró entender las conversaciones de una anciana croata con su displicente nieta, supo que la joven se negaba a aclararle hasta qué punto estaba fría el agua sin necesidad de manejar su idioma.

A medida que acumulaba indicios, el cuentakilómetros de Zeljka se convertía en el termómetro de una anomalía que adquiría un profundo sentido en mi cuaderno de viajes. Guardé entre sus hojas la ramita de ajenjo que encontré en nuestra excursión matinal y cerré los ojos, en busca de nuevas perspectivas que pudieran mejorar mi diagnóstico. El aroma de los pinos me llevó a esas flores dulces como la miel de las que se alimentó la tripulación de Ulises en la isla de los lotófagos, capaces de provocar el olvido y el desasimiento a quienes las probaban.

Quizá el secreto de nuestro estado se encontrara entre los dedos de los amables habitantes de esta isla, quizá la galleta fuera flor de loto y hubiera germinado a bordo… A mi lado Eugenio se liaba un delito. !En la terraza del mismísimo jefe de policía! Es verdad que no conocíamos la doble identidad de nuestro hostelero, pero sé de uno que pasó dos años en la temible prisión de San Quintín por poseer un cigarro dmarihuana. Se llamaba Neal Cassady, había conducido a Jack Kerouac hasta México en los 50 (este beatnik es uno de los protagonistas del libro “En la carretera”) y unos quince años después se ponía al volante de un bus escolar hasta arriba de jóvenes disparatad@s e irreverentes que buscaban abrir nuevos caminos a golpe de LSD. Abrí los ojos el velero se me figuró como una especie de embarcación lisérgica en sí misma, heredera de aquel viaje que tan bien narró Tom Wolfe en “Ponche de ácido lisérgico”.

La ciudad de Lastovo. Los tejados de las casas góticas, renacentistas y barrocas están salpicados de extrañas chimeneas, las fumari

Bajo esta perspectiva nuestros movimientos adqurían una nueva dimensión. Nos movíamos de forma lenta, como la sombra del mástil avanzando por nuestra piel, como minúsculos ciempiés a ojos de un gigante, y eso podía ser un síntoma contestatario. Lo único que podíamos aducir es que el Parque Natural del Archipiélago de Lastovo alcanzaba los 200 km² de extensión si sumábamos las pequeñas porciones de tierra y las grandes extensiones de mar, y en eso nosotr@s no teníamos nada que ver. Aquello que nos parecía tan sencillo, flotar en un lecho de millas nauticas, unas veces como insectos y otras capaces de retener un pueblo en la palma de una mano, con sus montañas, huertos y laderas, nos enlazaba con otros viajes locos, ácratas, distorsionados, juguetones.

Del mismo modo en que las medidas del mundo subían y bajaban, el calor parecía mucho y otras poco, haciendo posibles las mentiras e incoherentes las realidades. Al primer grupo pertenecían los fumari de Lastovo, unas peculiares chimeneas de mediados del siglo XVII que marcan la seña de identidad de las casas del lugar y que nos parecieron pequeños minaretes llamando a la oración. Imaginé los insectos que Alicia encontró al otro lado del espejo acudiendo a la cita: la mariposa melindrosa, la luciérnaga pastelera, el tábano-caballito-de-madera… en pía fila india, salvo las chicharras, que preferían la percusión bajo los pinos.

Primer plano de una de esas ancianas chimeneas, fumari, que parecen disfrazarse de minaretes.

Al espectro de las realidades incoherentes pertenece el viento del Este, aquel que l@s habitantes de Lastovo querían evitar en sus cocinas, de ahí el diseño de sus chimeneas. A las horas de nuestro paseo se asemejaba al aliento del dragón al que tuvo que vencer San Jorge. En este rincón del mundo, el noble santo proporciona tormentas salvadoras contra los ataques de piratas catalanes mientras que en las orillas catalanas es el patrón de los enamorados.

Ninguna de las dos opciones nos parecían descabelladas, pues llevábamos casi tres días retenid@s a capricho del viento en la edénica bahía de Zaklopatica. Nos pareció un tiempo breve y largo, como la hora de la siesta, que es corta para quien duerme y eterna para el que espera el final de la digestión.

Eugenio, aún a mi lado, ya libre de pecado, dilataba y reducía el tiempo de Magdalena (haciendo de un gesto, un rumor, un rostro, o cualquier detalle de nuestro entorno el protagonista de una fábula llena de talento) cuando el sol empezó a deshacer los rincones de la bahía, lo que facilitó nuestro reencuentro con la naturaleza y con los veranos de la infancia.

Zaklopatica, a vuelo de pájaro

Cualquiera que alcance Zaklopatica en velero sólo podrá entrar por la boca que queda a babor. Nada más asomar la proa encontrará en sus orillas a hombres y mujeres enfuundad@s en camisetas de colores diferentes para marcar los límites de sus konobas (restaurantes). Dueñ@s y emplead@s ofrecen un amarre gratis agua, electricidad e incluso wifi a cambio de que la tripulación cene o coma en su terraza.

De los cuatro ruidosos grupos de brazos que agitaban en el aire el cabo de sus muertos, habíamos elegido a los que menos clientes tenían por diferentes razones: mientras una parte de la tripulación sentía especial predilección por los perdedores, la otra pensaba que las operaciones del amarre siempre resultarían más tranquilas y las instalaciones menos solicitadas. Es decir, amarramos a sus pies por unanimidad. Del mismo modo, aquella noche, tod@s a una, elegimos pulpo como protagonista de nuestros platos, retomando un viejo sueño: la vuelta al mundo en 80 pulpos… un asunto que da para más de un post.

Octupus hecho en una peka, una campana de metal que tapa la fuente de barro y que  se cubre con las ascuas del fuego para hornear el alimento

Mientras esperábamos el pulpo “under the bell”, con el que coronábamos la séptima receta pulpera de nuestro recorrido gastronómico, Toni comenzó a mostrar las fotografías que había tomado durante la jornada, en la que aparecía nuestra amiga Zeljka con su compañera Zrinka descansando tras una inmersión con la que querian comprobar el estado de los fondos marinos. Aquella imagen las convirtió en un icono nuevo para mi galería de parejas con enjundia: nietas de los ratones Pixie y Dixie, primas de los agentes privados Hernández y Fernández, tías de los gemelos Tweedledum y Tweedledee con los que se topó Alicia al otro lado del espejo, sobrinas de Thelma y Louise…

Las primas de Hernández y Fernández que nunca aparecieron en las historias de Tintín

Todo parecía dispuesto: El sol derretido, los relatos de Eugenio de fondo, Magdalena con su don de lenguas, Toni buceando en la barriga de su cámara y yo dejándome llevar por los efluvios. Habían caído un par de copas de vino del lugar, de esas que aquí llenan hasta el borde, cuando aparecieron las fotos de las estrellas de mar, dispuestas a cerrarme el estómago. Unos decían que la estrella saludaba con un brazo, otros que más bien nos sacaba el dedo, había quien aseguraba que lo que hacía esa asteroidea era un corte de mangas… Pero a mí me dió por recordar una vieja alucinación lisérgica en la que un pulpo gigante se metía en mi lecho, estrujándome hasta el amanecer. Cuando llegó el plato a la mesa ya era demasiado tarde y sólo pude darme a las verduras, porque no iba a comerme yo a quien una noche de antaño fue mi acompañante…

Dicen que los estados de percepción alterados abren puertas al comocimiento, pero a mí en aquella lejana noche psicodélica lo que se me abrió fue la escotilla de un extraño submarino que ahora podría describir con detalle.

La estrella de mar sacándonos un dedo/brazo

La noche se alargó dulcemente. El viento, por fin, amainó, convirtiendo en suave murmullo las voces de la tripulación, y yo permanecí largo rato asomada a una de aquellas ventanas que hace años quedaron entreabiertas. Mientras jugaba con una hoja de regalíz que debía haber cogido en algún paseo, me repetí que antes, hace cincuenta, sesenta, cientos de años, hubo quienes celebraron la vida, abolieron las convenciones, los despachos y la productividad, jóvenes, hoy ancian@s, que abogaron por la revolución de las flores…

Sí, allí estábamos los cuatro, atrapados en el edén; hasta allí habíamos llegado sin haber forzado las puertas de la mente ni caido en ningún sueño, flotando todos los días en este viejo velero de madera sin pancartas ni bidones lisérgicos pero, al menos desde hacía tres días, con los sentidos alterados. Mientras Toni encontraba una estrella fugaz y Magdalena y Eugenio se debatían sobre la eficacia de lanzar deseos al viento empecé a preguntarme si los seres humanos somos capaces de sostener el paraíso.

En esta isla los jefes de policía te ofrecen lo mejor de su casa y salen a despedirte cuando partes… Una extraña forma de entender el paraíso.

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2 comentarios to “Lastovo, los lotófagos y el ácido lisérgico”

  1. Sergi said

    Conozco a esa estrella de mar: pertenece al star system y esta muy viajada. En la foto lo demuestra ejecutando su famosa escena de la jirafa submarina.

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