by MARTHA ZEIN

Las letras y los signos ortográficos guardan poemas en su médula; todo el mundo lo sabe pero nadie lo recuerda, salvo cuando aparecen seres como Joan Brossa y juegan con ellos a la vista de tod@s. Como aquel día en el que demostró que los dos arcos del paréntesis son las mitades de un lunar, como resultó evidente.

… A mi me pasa al revés: veo eñes coronando las olas y a los puntos suspensivos salpicar por proa, por eso sé que Chema Madoz no miente: vió una lluvia de horquillas desbaratando su pelo, lo sé aunque nadie estuvo allí.

Quizás sean los efectos secundarios de estos tres meses en el envés del agua los que me permitan afirmar que Split es el primero de dos paréntesis, que es lo mismo que decir que es el primer hoyuelo de una boca sonriente o la ceja izquierda de unos ojos desorbitados por la sorpresa o la curva más cercana de esa cadera siempre generosa. Split no es sólo un lugar sino la corona torcida de una frase que empezamos a pronunciar ahora pero que no tendrá sentido hasta llegar al final (Dubrovnic).

¿Quién lanzó este anzuelo? ¿Somos su pieza deseada o simple cebo?

Ponemos el pie en tierra en la marina de la bahía Luka Poljud, vecina a Split y la arquitectura nos sigue el juego. Un anzuelo gigante se asoma a la escollera del paseo marítimo y todos somos peces o quizá el cebo de una especie mayor. En el otro extremo de nuestro recorrido espera Dubrovnik, haciendo de estos días una exhalación en la que navegamos sol@s, entre el tierno duelo de la despedida (una suma de adioses a los que se han añadido Mamen y Juan) y la inquieta alegría de los que vendrán (Sergi, Quique y compañía). Split y Dubrovnik no son un lugar sino las asas de una tinaja inmensa desbordada de azul.

Una mariposa se asoma al plato. Quizá crea en el verde un absoluto, un destino convincente. Como todo el mundo sabe, las mariposas son cortas de vista. En ausencia de acompañantes, el silencio de las presencias minúsculas atrapan aún más y permiten que otras imágenes sea hagan presentes, no importa que vengan de atrás o sean simples suposiciones. L@s brancanautas nunca se van del todo, aquí está el aceitito de Mamen, el cuarzo de Nuria, los guantes de Begoña…  Su presencia transforma la comida y veo corazones en mi plato.

    

Bordeamos Brac en medio de un silencio alado, viendo como se rebela el viento y empuja con fuerza al Brancaleón por popa. Va de la risa a la ira con facilidad, que para eso son casi emociones palíndromas. Llevamos en  las retinas imágenes locuaces, como las que hicimos en Uvala Luka (no hay isla que se precie que no tenga su propia “Uvala Luka”, que vendría significar “Cala Puerto”) al pequeño konoba en el que jugaban l@s niñ@s, mientras sus progenitores atendían a los pocos y sonrientes clientes. Uno de ellos, flaco, estaba entregado a un imposible: lanzaba cubos de agua al mar, como si fuera él quien hubiera llenado el Mediterráneo.

No sé cuándo Mamen me envió en un mail una lista de recuerdos compartidos: El tomillo de Otranto, el romero de San Clemente, la lavanda de Hvar, el vino de Scedro, el queso de Peljesac, las anchoas de Lastovo, las algas fosforescentes de Luka Tiha, las estrellas de Luka Saline, los cormoranes de Pakleni, los bancos de melanuros, los sueños de Martha, los gintonics, los cuentos de peces, de pájaros, de rocas y de amarres, los nudos, los vientos, las velas… Y por supuesto, la teoría y práctica del garreo. Conservaremos todos estos recuerdos para calentar los días más fríos de febrero.  Sus palabras se enlazan con otras que aún no se han pronunciado a bordo, pero que sé que llegarán (“Que esto tiene que durar todo el año”, dixit Quique). Proceden de otros viajes, que también hicimos en barco, por los distintos lugares, por los mismos, y de golpe Split, Brac, Miljet… demuestran ser uno de esos envases de cristal hechos para contener el licor casero de cada año.

Nuestro destino (esta vez Dubrovnic) espera detrás de cualquier atardecer

Sin las experiencias que libamos, la geografía carece de sentido, aunque su belleza permanezca incólume. Llegamos a las ciudades y convocamos el aroma de otros tragos. Llegan a ráfagas desordenadas, apenas tienen importancia y sin embargo aún me hacen sonreir: Miquel dando de comer mermelada a las avispas de Miljet, hace tres años, mientras la marquesa, la zarina y yo desayunábamos en el otro extremo; Marta llegando a Split con un sombrero blanco, del brazo de mi hermano Oscar… Me visitan escenas con perspectivas imposibles, como aquella mañana en Split en la que contemplé con los ojos nublados cómo nos comía el horizonte. En realidad yo estaba en el otro lado, junto a la caracola que hacía sonar Toni a bordo para alargar su abrazo con Didac. Mi recuerdo pertenece a las bellísimas palabras que él fue enviándonos por SMS. Sentado en un banco del paseo marítimo de Split, mientras el corazón y sus pulmones vivían su propia marejada, una pareja de amantes le pidió que les hiciera una foto con el mar en el que nos perdíamos de fondo. Toni leyó en alto aquel mensaje y tod@s los que seguíamos la nueva ruta quedamos enlazad@s para siempre. Ese es el poder de las palabras. Por eso narro este viaje.

Éste, el viaje, ya no es equidistante. Hay más millas detrás que hacia delante, pero me gusta pensar que cada momento, cada nuevo rostro o nuevo rincón, nadan dentro de mi memoria; juegan hasta adquirir sentido, como hacen las letras de una palabra que puede leerse al derecho o al revés. Sí, el Split que fue, el Dubrovnik que vendrá, son los paréntesis de una frase colgada en un diálogo (el hueco de un pensamiento); la primera y la última letra de un palíndromo airoso que da una orden a mis recuerdos. ¡SolázaloS!, me indica, y yo obedezco, disimulando que me divierte hacer sumas imposibles.

Roberto y Mónica, a bordo del Brancaleón

El primero que sale es Roberto, amigo de Giacomo y uno de los últimos que estuvo trabajando en el Brancaleón antes de que llegáramos nosotr@s. Habíamos hablado con él por teléfono pero no habíamos logrado conocernos. Una mañana, en la bahía de Bobovisca (Braj) escuchamos la voz de un hombre a bordo de otra embarcació, era él, que había reconocido el barco al que había cuidado con tanto esmero. El motor de su catamarán había dejado de funcionar y esperaba al pairo la llegada de un técnico. El Brancaleón apareció en el momento más adecuado, como queriéndole devolver el favor. Horas después Roberto volvía a izar las velas de nuestro velero, que también es suyo, con la delicadeza de quien ya conoce el cuerpo amado. Roberto pertenece a ese tipo de navegantes que elige la desnudez de las embarcaciones, haciendo grande lo poco.

Precisamente aquel día Giacomo había enviado un mail a Toni en el que explicaba que había conocido a una pareja que había llegado al Mar Negro navegando desde Hawai sin motor. Frente a “Los menos” recordé a “Las muchas”, esa forma que tenía el padre de Maria Antonia Oliver de nombrar a las amigas de su madre y que con el tiempo se convirtió en una maravillosa coreografía. Poco antes de zarpar asistí al espectáculo homónimo con el que esta coreógrafa homenajea a todas aquellas mujeres que nos antecedieron, las que seremos, a esas caderas que son enormes paréntesis paridores de vida, su forma de colocarse la rebeca y sus cruces de piernas.

Aquel rescate terminaría con un brindis en puerto, junto con Mónica (su pareja), Mamen y Juan. Brindamos por el Brancaleón, que a nuestras espaldas veía caer la luna. Mientras, “Los Menos” se hacían un hueco en mi memoria, compartiendo silla junto a “Las Muchas”.

Maria Antonia Oliver, al frente de “Las Muchas”

El segundo recuerdo en aparecer sucedió días después. Aquella noche se preveía ventosa, de modo que elegimos con precisión el lugar en el que echábamos el cabo a tierra en Uvala Banja una bella bahía del continente situada a la altura de Sipanj. La silueta de nuestro barco de madera se recortaba a la luz del atardecer y llamó la atención de Giusseppe y Cristina, que paseaban en las inmediaciones del camping en el que pernoctaban. Al día siguiente, al ver que seguíamos allí, ataread@s en un pormenorizado baldeo de la cubierta, se acercaron con su motora hinchable. Saludaron. Les invitamos a subir. La comunicación fluyó como si lleváramos años hablando, como si vinieran de atrás y no de aquel instante, por eso sé que en esta ristra de imágenes pueden aparecer seres que aún no he conocido.

Giusseppe y Cristina ¿Un encuentro o un reencuentro?

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Hvar, guerra y paz

21 de agosto de 2012

by MARTHA ZEIN

Escucho con detenimiento la risa infantil mezclada con las olas y un rumor de voces adultas. La idea aparece con todo su esplendor: cualquier persona con la que me encuentre, mayor de 20 años, ha sobrevivido a una guerra; los de mi edad la han vivido, ya sea como víctimas, verdug@s, testig@s, en primera línea o en retaguardia, pero saben el horror de un bombardeo. En Croacia la guerra no es cosa de viejos.

Doy marcha atrás los relojes. Navidades de 1991. Establezco amistad con un fotógrafo de modas procedente de la antigua Yugoslavia. La guerra ha comenzado hace tan sólo un par de meses y él no quiere regresar; su mujer le ha avisado que le han citado para ir al frente. Verano de 1993. Me presentan a una joven en un local de copas. Lleva dos años atrapada en España. Dejó Dubrovnik un verano para mejorar su español y ahora ya sabe que todo su mundo ha desaparecido. Las ciudades son apenas el envoltorio desgajado de una vida que no volverá.

Durante cinco imprescindibles años ambos fueron sacando a los miembros de su familia. No siempre llegaron a tiempo. Con ell@s aprendí a desconfiar de las treguas que anunciaba a bombo y platillo la diplomacia europea pues tras cada alto el fuego los enfrentamientos se recrudecían y las conversaciones telefónicas con sus seres queridos se hacían más angustiosas. Mientras los informativos reproducían los rostros de las víctimas y los paisajes desolados, mi amigo fotógrafo rescataba de las tripas de su cámara los últimos paisajes que tomó antes de salir; en uno de ellos aparecían chimeneas de piedra caliza diluidas por la neblina sobre un fondo verde y malva hecho de pinos, algarrobos, almendros… como los que ahora contemplo a lo lejos

Encontramos plantas de olor y empiezo a inventar lechos de lavanda, por qué no…

De vez en cuando nos preguntamos por las huellas de aquella guerra. Su aparente ausencia hace que me sienta ciega porque sé que esas heridas no se cierran, por mucho que las ciudades se hayan reconstruido o reinventado; al fin y al cabo soy mitad alemana y mitad española, he oído, me han contado, soy descendiente de supervivientes. Apenas encuentro referencias al conflicto en este viaje, como si aquellos cinco años pertenecieran al pasado de otr@s. Ese vacío es delator y me hace persistente.

Leo, por ejemplo, que Lastovo fue base militar hasta 1989, sólo entonces abrió sus puertas al turismo y rescato el dato. Apenas dos años después comenzaría lo que entonces se conoció como la guerra de los Balcanes, en esa acostumbrada autorreferencia que tienes quienes escriben los libros de historia, haciendo mención a la Guerra Mundial. Permanezco alerta. El 5 de agosto nos costó encontrar abierta la Capitanía Marítima de Stari Grad (Hvar) y no porque fuera domingo sino porque se celebraba el “Día de la Victoria”. Le he preguntado al capitán de una barcaza vecina a qué conflicto se refería y me ha contestado “Ya sabe, Yugoslavia…”, dejando que yo completase el resto de la información.

Es evidente que el turismo no se asomó a las costas croatas (incluidas las de este bello archipiélago) hasta después de 1995, una fecha que pertenece al siglo pasado… Aquí estamos, formando parte del borrador, pisamos el otro lado de lo que fue, vivimos inevitablemente de espaldas a lo innombrable. En ciudades como Vukovar o Dubrovnik las huellas de la contienda forman parte del espectáculo turístico.

El pasado se asoma en los rincones de este presente tan “virrey”. Plaza de Hvar

Y aquí el pasado, con todo su esplendor

Las referencias al conflicto aparecen en los textos distribuidos por las agencias y oficinas de turismo  como si fueran un centímetro perdido en una regla hecha sólo para medir la belleza. Uno de ellos indica que Hvar se convirtió en la Saint Tropez de Croacia después de la guerra. La referencia no añade más que caspa a la herida.

Estuvimos allí, fundid@s por el calor. Compramos viandas en el mercado de frutas. Tomamos un café en un rincón de la plaza de la ciudad, la más grande de Dalmacia, mientras quedábamos anonadad@s por el ritual consumista de turistas adinerad@s y nuev@s ric@s. El asunto consiste en verse y dejarse ver, dejar en el muelle un barco grande para formar parte de la galería caótica de cuerpos operados, complementos imposibles para una navegación (como tacones inmensos o pamelas con flores) y ropa ceñida que, por lo visto, es trendy. Desde que Juan y Mamen bajaron del ferry que les llevó de Split a Lastovo, en el Brancaleón usamos para estos casos la expresión “virrey”, remedando a unos jovencitos mexicanos que al asomarse a contemplar el paisaje lo encontraron “muy virrey”.

Uno de esos barcos a los que les gusta borrar los muelles, en Hvar

No he visto más embarcaciones de lujo que en las costas croatas del Adriático y nunca tan absurdamente apelotonadas como en las inmediaciones de esta ciudad. Apenas a dos millas de aquella bahía parecía que el mundo aún estaba por descubrir. Cada vez que nos cruzamos con una de esas embarcaciones enormes pienso, inevitablemente, en quienes tras una guerra logran hacer leña del árbol caído o ganan con el río revuelto y en las aves fénix que renacen de sus cenizas, como la familia que ha convertido la granja familiar en un konoba. Son ráfagas de pensamientos que se van clavando en algún rincón de mi cerebro y que regurgito en situaciones calmas como la de ahora, en la que adivino desde mi camarote que la niña que ríe está aprendiendo a nadar y sus carcajadas nerviosas son mezcla de triunfo y miedo.

Sé que el ser humano hace grandes gestos de amor en medio del infierno, que somos capaces de abrazar con fuerza la alegría rodead@s de tinieblas, que somos flechas lanzadas hacia el futuro, lo sé, sin embargo me estremece comprobarlo. Asomo la cabeza por la escotilla. Los padres tienen más de 30 años y aplauden a la niña en su primera proeza. Vuelvo al camarote? La lavanda, el lentisco, el hinojo y la retama que recogimos siguen perfumando las tripas del Brancaleón. Repaso con el dedo de la imaginación el paisaje en el que las fuimos recogiendo. Generaciones de seres humanos, pacîficos, retiraron las piedras de las laderas para sembrarlas de una planta tan humilde como la lavanda. El 30% del territorio está recorrido por cercados de piedra en sec (dice Juan que en Asturias los llaman murias).

La lavanda traza geometrías al atardecer, en las laderas del sur de Hvar

Los anchos muros dibujan caprichosas geometrías y en ocasiones van acompañadas de construcciones agrîcolas que hace años sirvieron para hacer cal, guardar leña, dar cobijo a la ganadería…  En el camino nos topamos con una aldea abandonada hoy en proceso de recuperación, Grabjle Malo, y me parece una alegoría de los pueblos que han vivido una guerra. Alrededor de aquellas casas, en cuyo interior aún se descomponen los aperos de labranza, encontramos la sombra de las encinas, algarrobos, almendros, pinos, cipreses, los frutos rojos del terebinto y estas ramitas de enebro que adornan el cuenco en el que me pierdo.

Las tejas son lenguas rojas queriendo recordar palabras del pasado. Grablje Malo.

Salgo a cubierta, es hora de volver a navegar. Cierro el ejemplar que Mamen dejó en el barco (“Historia menor de Grecia”, de Pedro Olalla, ed. Acantilado) con una de las flores lilas de la lavanda a modo de punto de libro. Lo hago con la fantasía de que suavizará la historia de Occidente, tan trillada de sangre y dolor. Al fin y al cabo su aroma relaja y pacifica el sistema nervioso.

by MARTHA ZEIN

Imagino que en el siglo XIII las cárceles eran lugares húmedos y lúgubres, en los que día y noche se confundían y en los que el color del cielo, los cambios de estaciones o el aroma de la lavanda podían desaparecer de la memoria de cualquiera en poco tiempo. Sé que hay prisiones que siguen siendo tan inhumanas como aquellas y no siempre son edificios públicos.

Siempre me han estremecido los relatos de esos seres humanos que para sobreponerse al presidio han recurrido a la escritura y a la memoria. Presto atención a sus trucos: se repetían los versos escritos en el aire hasta memorizar la obra completa, escribían las frases precisas en pedacitos de papel que luego tragaban para evitar las represalias de sus carceleros… Eran caminos minúsculos que servían para romper los muros, vivir dos veces  y ser libres.

Detalle de las piedras de la costa de Hvar saliendo de la pequeña isla de Scedro

Del “Libro de las Maravillas” de Marco Polo (1254/1324) lo que más me subyuga son precisamente sus circunstancias. Había pasado treinta años recorriendo el mundo, había llegado a ser diplomático en la corte del Gran Khan por su capacidad fabuladora y ahora se veía encerrado entre esos muros. Empezó a contarse historias que terminó narrando en alto inevitablemente, hasta que su compañero de celda, Rustichello, decidió escribir aquellas experiencias y retratar ese lado del mundo en el que nunca había estado. Imagino al uno ampliando el espacio con los recuerdos y al otro repasando los recuerdos con la escritura; los dos viviendo el doble precisamente donde apenas podían caminar.

Retrato del mundo en el siglo XIV. Portulano mallorquín de Angelino Dulcert realizado 15 años después de la muerte de Marco Polo (en 1339)

Los viajes de Marco Polo no mencionan Korcula ni la costa del Adriático por la que pasamos pues eran confines demasiado cercanos; sin embargo es evidente que los barcos en los que navegó, y que trazaron esas curvas que conforman la Ruta de la Seda, cruzaron también estas aguas, enlazándolas para siempre con Acre (Israel), Irán, Pamir… Con ellas atravesamos China por SinKiang y el desierto de Gobi hasta llegar a la corte del emperador, aunque nunca hayamos estado allí.

L@s brancanautas vemos pasar el mundo por amura. Vamos señalando aquellos rincones que Marco y Rustichello pasaron por alto. Somos, de alguna manera, la carne que rellena los huecos de su memoria. Prestando atención a lo pequeñ, entrevemos detalles de 50  ciudades invisibles dentro de su relato, como hizo Italo Calvino. Son asuntos que no aparecen en los portulanos y que quizás hubieran hecho las delicias de los cartógrafos de la Edad Media.

Ver más, llenar de detalles aquello que no aparece en los portulanos… Juan

En los siglos XIII y XIV l@s cartógraf@s llenaban de apreciaciones los mapas en los que retrataban las costas de los países oficialmente conocidos. Fabricaban la imagen del mundo a partir de relatos ajenos, recuerdos de explorador@s, navegantes y comerciantes, no sólo los datos heredados de los geógrafos clásicos. Pero tod@s sabemos que la memoria no puede ser precisa porque durante el mismo acto de viajar atendemos a lo que dicen los sentidos y la información que recogemos, a lo soñado, las intenciones, lo olvidado y demás efectos secundarios del tiempo.

Miramos sin saber que en el fondo de los oídos llevamos la Leyenda del Tiempo: “El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero. / Nadie pudo abrir semillas / en el corazón del tiempo”. Aún así, a bordo de este barco logramos abrir semillas en el espacio. La fórmula es fácil: retener el paisaje como quien saborea un postre, llenando de sentido cualquier encuentro. Por eso tardamos más de cuatro días en alcanzar Hvar, apenas unas 15 millas en el portulano, un recorrido que a base de comentarlo convertimos en nuestro particular Libro de las Maravillas.

El viento jugó con nosotr@s en Uvala Luka y en Uvala Kneza (dos calas de Korcula), la calma nos retuvo en la isla de Scedro y el hedonismo nos amarró a las diferentes islitas e islotes del archipiélago Pakelni.

Los muros de piedra en sec de Scedro cuidaban viñas y olivos con delicadeza y desde la escasez

Nos llevamos vino del sur de Scedro. Horas antes habíamos leído con detenimiento el cartel que anima a quien lo lea a aportar algo al mantenimiento del entorno. El lugar está conformado por olivos que crecen lentamente en una tierra pedregosa y muros levantados por la mano de los agricultores (que quizás no sean más que tres en esta isla). Hicimos caso a este particular mensaje en una botella y añadimos piedras a uno de esos montículos de guijarros y cantos; nos perdemos entre sus humildes construcciones con frases a media voz, como si paseáramos por unas ruinas invisibles.

Aquella tarde bebimos de ese vino rojo y joven, hasta que las formas se llenaron de nuevos significados y vimos maravillas, milagros y hechos mágicos dignos de pasar a la memoria de Marco Polo.

Maravillas como esta gallina en la costa de Sv Klement, del archipiélago Pakleni. Es tan grande como el Brancaleón, o viceversa.

En las islas Pakleni estuvimos fondeados dos días, haciendo de Sveti Klement el pezón de una teta acogedora. Todas las calas daban a ella o a su envés, algo fácil de entender si se observa con detenimiento la forma de la isla. Son tantas su bahías y cabos que hasta una gaviota puede creer que tiene bajo sus alas una enorme espina de pescado. Recordé las ciudades de aquel pintor de La Movida que venía del sur y las levanté en el aire.

Una ciudad imaginada por Guillermo Pérez Villalta

Bordeamos cada una de sus innumerables costas, surfeamos cada una de sus olas, pisamos uno a uno sus granos de arena y unimos sus extremos a por tierra y mar, hasta hacer de Palmizana nuestra particular China ppor el camino celebramos cada piedra, desde las que configuraban la pequeña iglesia del siglo XIII (restaurada en el 1966 y 2007, de modo que apenas se mantiene la planta original) hasta las que hacen equilibrios para mantener en pie el único muro de la villa romana, a la que llegamos a nado. Fuimos hormigas haciendo un viaje fractal por la costa y cada atardecer la representación de una estrofa de la Leyenda del Tiempo: “Y si el Sueño finge muros /  en la llanura del Tiempo, /  el Tiempo le hace creer / que nace en aquel momento”.

Mirar hacia adentro y hacia afuera, así es como se agrandan los mundos… Mamen

Mamen ha traído un libro (“La huella jonda del héroe”, de Montero González) en la que me encuentro la referencia a Camarón y la Leyenda del Tiempo. El escritor reproduce la frase que un anciano dice a un joven en Así que pasen cinco años, una obra de teatro de García Lorca. En el primer acto el viejo dice: “Me gusta tanto la palabra recuerdo. Es una palabra verde, jugosa. Mana sin cesar hilitos de agua fría” y sin poder evitarlo creo que está describiendo Sv Klement.

Copio la frase en mi cuaderno de viajes con el recogimiento de los amanuenses medievales y la entrega de una niña que escribe sus primeras letras en la cartilla de caligrafía (sí, con toda probabilidad, con la punta de la lengua asomada en la comisura de la boca), como si el acto mismo de la escritura lograra el contagio. Replico las frases y me parece recordar  lo que nunca escribí y sin embargo  siento que llevan algo mío.

Restos de la villa romana

El único muro que se conserva de la villa romana, en Sv Klement

Movida por la maravilla, hago caso a las palabras. Sé que más adelante Lorca añade: “Hay que recordar antes” y luego “Hay que recordar hacia mañana”. Le hago caso, pues al fin y al cabo son órdenes y porque la memoria de l@s poetas siempre me ha parecido exacta. En el tercer acto de la obra incluye un verso que años más tarde será cantado por Camarón. En tierra vamos del Konoba de Dionisos al Konoba Paraíso. Recordar produce un éxtasis capaz de romper los muros.

A los pies de Dioniso, mapa de la isla en la que nos retuvo durante dos noches y tres días

María (Callas) tendida al sol

13 de agosto de 2012

by MARTHA ZEIN

Abro los ojos. Una gaviota vuela sobre mi cabeza haciendo giros en un cielo que comienza a ser azul. Sonrío. Aún no ha despertado mi mente devoradora. Musito “Recuerda” y vuelvo a cerrar los ojos. El Bora ha hecho de nuestra noche un duermevela dulce y al mismo tiempo poco reparador. Repito “Recuerda…” como una buena noticia y la murmullo entre los peces y los dragones mientras guardo la imagen como una pequeña flor. Recuerda que todo esto comenzó cuando pedimos algo usado, lo recuperamos y lo acunamos, hasta que se convirtió en el soporte de una minúscula aventura reparadora. Recuerda que por eso este viaje es capaz de unir aquella mirada de la infancia que por vez primera observó una gaviota trazando círculos en el cielo y ésta. Entre una y otra sobran tantas victorias, tantas derrotas…

El monasterio de Otok Badija, un islote frente a la ciudad de Korcula en el que hemos dormido.

Sí, este relato tiene forma de tendedero, un puente de hilo del que penden  retazos de intimidad junto a pequeños asuntos verdaderos.

Siempre me ha fascinado la ropa tendida, esas cuerdas que van del balcón propio al del vecino, uniendo bragas, pañuelos, pantalones de pijama… más allá de la voluntad de l@s propietari@s. Quizás ni siquiera ell@s se crucen la palabra, pero sus prendas más íntimas llevan prendido el limpio aroma de otras sábanas. Aquellos tendederos que iban de mi casa a la de enfrente desaparecieron de las fachadas por orden municipal, encerrando el intercambio a los patios secretos de los edificios.

Abro la lavadora donde giran las últimas millas dispuesta a orear imágenes, canciones, trocitos de pensamientos… las enaguas de nuestras conversaciones… y empiezo a colgarlas al sol de este cielo que ya es vaquero roto y que deja entrever la nalga del día. Esta cuerda parte del silencioso faro de Lastovo al que me asomamé con Mamen, Magdalena hace cierto tiempo y se enlaza con ese bullicioso muelle de Korcula frente al que aún no he despertado del todo.

Tomo una de las pinzas de madera que llevo entre los dientes y prendo la primera imagen: aquella familia veraneando en el faro. Llegamos a media tarde y la mesa seguía ofreciendo viandas a varias generaciones de comensales bajo la desapegada mirada del que fue el farero.

¿Por qué nos fascinan los faros?

En Croacia los faros se alquilan. Si este país posee el archipiélago más numeroso del Adriático es fácil imaginar la cantidad de rincones apuntados, desnudos y conectados con el mar en los que habitar de otra manera. Siempre me ha parecido un destino ideal para escribir; en el Mediterráneo a partir de Septiembre, cuando el mar comienza a asalvajarse, dando más sentido a su existencia. La primera vez que entendí hasta qué punto su luz intermitente acompaña (que es algo más que guía) fue precisamente en el Adriático. Sucedió hace dos años, bordeábamos la península del Karakorum (Albania) cuando se desencadenó un Bora feroz por través que parecía lanzarnos contra las rocas y apenas nos dejaba avanzar por una costa sin refugios. En medio de la oscuridad y con el buen ánimo sostenido por l@s siete a golpe de canciones, tenacidad y sonrisas, apareció esa luz que durante horas nos recordó que aquel pequeño infierno tendría un final.

La caminata hasta el faro de Cabo de Struga (Lastovo) fue risueña. De cerca aquella torre construida en 1839 se nos mostró como suelen hacerlo los faros, con una elegancia rotunda. Mientras las risas infantiles animaba una esquina del edificio, no podía perder de vista al anciano y fornido farero, cuyos conocimientos fueron sustituidos por la tecnología. Me pareció como una de esas barcas abandonadas que el tiempo va deshaciendo lentamente, como un empecinado terrón de azúcar al lado del mar.

La barca varada a los pies del faro parece una de esas caracolas en las que escuchas las olas cuando las acercas al oído

Recuerda. Navegar no es sólo manejar los centímetros de las velas que permiten engañar al viento. Navegar no es sólo adelantarse a las nubes, saber leer el color del cielo y la espesura del aire, comprender las inspiraciones y espiraciones del planeta. No consiste sólo en entender el ciclo de las mareas, la ruta de las corrientes, los logaritmos que la naturaleza hace con la quilla, aprender de las seiches, minves y rissagues que alguna vez vimos desde la orilla. Navegar es una forma de estar y de pensar, una forma de acercarte al barco y a la vida, atender esos actos pequeños que hacen posibles los grandes, agrandar el imaginario con asuntos que no son humanos y tampoco lógicos, dejar que nuestros monólogos se llenen de metáforas híbridas.

Bruñidas por el sol y la sal, las calizas pulidas de Lastovo hacen que la costa parezca hecha de mármol

Cuelgo al sol un enorme mantel, aquel que no desplegamos anoche y que es precisamente una de esas mezclas extrañas que convierten un placer sencillo en una categoría estética. Juan y Mamen habían colado en su maleta los ingredientes de un plato emblemático en las travesías compartidas, la fabada, por aquello de que son oriundos de Asturias y porque éste parece un plato imposible para tomar en agosto en un barco.

Por segunda vez en nuestra vida hicimos de la fabada una risueña afrenta a la lógica. El mar quiso que fuera el plato más navegado de los que hemos tenido el honor de cocinar a bordo pues comenzó a las diez de la mañana con una mar tranquila y cuando llevaba dos horas en el fuego el Bora obligó a dejar el infiernillo. Teniendo en cuenta que la receta exige menear la olla al menos cuatro horas para que las fabes se ablanden y chorizos, morcillas, lacón y tocino suelten su gracia, parecía que esta vez el reto culinario estaba condenado a un imperfecto fin. Sin embargo, en el Brancaleón hemos desarrollado un truco a la altura de las circunstancias: envolver la olla en un saco de dormir y ponerla a buen recaudo para evitar que vuelque en los vaivenes. Veinte millas y muchos golpes de viento después, el calor mantenido por el envoltorio había rendido a las legumbres y sus acompañantes de la manera más adecuada para sorpresa de l@s asturian@s de pura cepa presentes en la mesa.

Comensales, se ven cinco de siete.

Las viandas hablan por sí solas

Aquellas fabes fueron sólo una parte de lo sublime. Una vez el plato en la mesa, el móvil de Juan sentó a nuestro lado una voz inesperada, un regalo que traía de la orilla Cantábrica del planeta. María Callas interpretaba el conocido aria en el que Madame Butterfly espera otear en el horizonte las velas blancas de esa nave que devolverá a su lado a su amado teniente. “Un belo di vedremo / levarsi un fil di humo / sull’estremo confin del mare / E por la nave appare / E poi la nave è Bianca / Entra nel porto, romba il suo saluto / Vedo? Venuto!…”

De golpe María, aquella que una vez durmió en este barco, se sentó a la mesa y masticó las alubias más tiernas que jamás he probado en mi vida. Su voz retumbaba en las paredes del monasterio. El cielo era estrellado.

Como si fuera una ristra de calcetines de colores, esta mañana, aún con los ojos cerrados, voy de aquella letra (“estaré escondida, un poco por bromear y un poco por no morir al primer encuentro”) a otra que me brota de forma involuntaria: “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar… cambia el sol en su carrera cuando la noche subsiste… cambia el pelaje la fiera… cambia el cabello el anciano y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”. La letra fue escrita por el chileno Julio Numhauser en su exilio en Suecia, su letra retumba en mi cabeza en la voz de Violeta Parra.

El exilio de mis entrañables amig@s chilen@s, que me reveló mi querida Cecilia, aparece en este viaje de manera inesperada. Comprendo que en esto consiste navegar, que los viejos marineros que encontramos al frente de sus konobas (o este farero que también se lanzó al mar) se mueven de otra manera porque en los nudos de sus manos han quedado apresados chispazos de silencios compartidos en medio de la tormenta y gaviotas girando sobre sus cabezas y risas sublimes en torno a una sopa. Sí, en esto consiste navegar. Recuerda.

Querida, recuerda cuando estés en tierra que en esto consiste navegar

Ahora somos Mamen, María (Callas) y yo las que buscamos sombra entre los edificios de Korcula, añadiendo un nuevo brillo a nuestros nudillos de marineras. Juan se pregunta dónde quedan esas calles aireadas de las que hablan los libros de instrucciones de la ciudad; aseguran que el trazado del casco antiguo se asemeja a una espina de pez y que las estrechas callejuelas orientadas al oeste son rectas para dejar paso al aire fresco en verano mientras que las que miran al este se curvan para proteger de los vientos fríos del norte y los lluviosos del sur, durante el invierno. Toni retrasa el encuentro con el bullicio y es el último en abandonar el barco, contagiado por el espíritu de Marco Polo, que cayó preso de los genoveses aquí, en la batalla de Korcula. Ahora que Eugenio y Magdalena sobrevuelan nuestras cabezas, por encima de las gaviotas, sé que “lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana, así como cambio yo en esta tierra lejana”  y que las velas blancas que esperamos ver en el horizonte van con nosotr2s…

Camino con el envés de los ojos cargado de recuerdos híbridos. Están tendidos al sol y huelen de forma embriagadora.

by MARTHA ZEIN

Zeljka tan sólo llevaba diez días en Lastovo y sin embargo había conseguido hacer 125 millas (terrestres) en su flamante deportivo rojo, todo un récord si se tiene en cuenta que la carretera más larga de la isla apenas supera los 10 kilómetros. Mientras ella no daba crédito (parecía mentira que sus conversaciones con los habitantes de la isla le hicieran rodar tanto) yo ataba cabos: unos minutos antes Magdalena e Eugenio comentaban que no conseguían hacerse una idea de las distancias que habíamos recorrido con el Brancaleón en Lastovo.

Era evidente que la isla crecía y encogía con nosotr@s dentro, pero en vez de dar la voz de alarma, decidí buscar mejores indicios y pistas concluyentes. Mi primera línea de trabajo fue revisar Alice in Wonderland, pues hace años que la ONG WWF consideró las islas croatas “uno de los diez últimos paraísos del Mediterráneo por su diversidad biológica”. Lastovo podría tener algo de ese “país de las maravillas” que describió Lewis Carroll. Si estábamos fondeados en el paraíso era fácil que nuestros sentidos comenzaran a disparatarse, deduje, mientras me perdía en el aroma de una ramita de hinojo.

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(Sobre estas líneas, la primera adaptación de Alicia en el País de las Maravillas al cine, la peli se rodó en 1903)

Establecidos estos parámetros, empecé a buscar la galleta alucinógena que en algún momento habíamos probado y me dispuse a repasar con detenimiento los movimientos del Brancaleón en sus primeras 48 horas en el paraiso.

Nuestra ruta había sido bien simple: rodeamos lentamente la isla, de la bahía de Ubli hacia el noroeste, siguiendo el sentido las agujas del reloj, hasta llegar a Pasadur, la pequeña localidad que se asoma a las bahías que forman la isla de Lastovo con su vecina Prezba, de nombres Malo Lago y Velo Lago. Hasta ahí, todo nos había parecido lo suficientemente anormal como para considerlo magnífico. Sin embargo, a la luz de mis pesquisaa aparecía una nueva distorsión espaciotemporal: a bordo de nuestro velero, los 3 kilómetros que separan por tierra Ubli y Pasadur se habían convertido en un recorrido de un par de horas durante el que pudimos disfrutar de la caída del sol, un baño al atardecer y un gin tonic mientras veíamos crecer la luna. Por supuesto que en ese momento fuimos conscientes de la incoherencia, pero consideramos que se debía a la octava pasajera del Brancaleón, la percepción, que volvía a hacer uno de sus juegos de manos. La galleta psicodélica debía estar más cerca de lo que imaginaba.

Magdalena, deshaciéndose en el paraíso

No se trataba de algo pasajero; al día siguiente nuestros sentidos hacían más intrincados los paseos a la sombra de los pinos y más empinadas las cuestas hasta la ciudad de Lastovo, nuestras conversaciones salían lentas. Magdalena fue la que parecía más afectada, llegando a padecer brotes de telepatía intermitentes. Esa tarde logró entender las conversaciones de una anciana croata con su displicente nieta, supo que la joven se negaba a aclararle hasta qué punto estaba fría el agua sin necesidad de manejar su idioma.

A medida que acumulaba indicios, el cuentakilómetros de Zeljka se convertía en el termómetro de una anomalía que adquiría un profundo sentido en mi cuaderno de viajes. Guardé entre sus hojas la ramita de ajenjo que encontré en nuestra excursión matinal y cerré los ojos, en busca de nuevas perspectivas que pudieran mejorar mi diagnóstico. El aroma de los pinos me llevó a esas flores dulces como la miel de las que se alimentó la tripulación de Ulises en la isla de los lotófagos, capaces de provocar el olvido y el desasimiento a quienes las probaban.

Quizá el secreto de nuestro estado se encontrara entre los dedos de los amables habitantes de esta isla, quizá la galleta fuera flor de loto y hubiera germinado a bordo… A mi lado Eugenio se liaba un delito. !En la terraza del mismísimo jefe de policía! Es verdad que no conocíamos la doble identidad de nuestro hostelero, pero sé de uno que pasó dos años en la temible prisión de San Quintín por poseer un cigarro dmarihuana. Se llamaba Neal Cassady, había conducido a Jack Kerouac hasta México en los 50 (este beatnik es uno de los protagonistas del libro “En la carretera”) y unos quince años después se ponía al volante de un bus escolar hasta arriba de jóvenes disparatad@s e irreverentes que buscaban abrir nuevos caminos a golpe de LSD. Abrí los ojos el velero se me figuró como una especie de embarcación lisérgica en sí misma, heredera de aquel viaje que tan bien narró Tom Wolfe en “Ponche de ácido lisérgico”.

La ciudad de Lastovo. Los tejados de las casas góticas, renacentistas y barrocas están salpicados de extrañas chimeneas, las fumari

Bajo esta perspectiva nuestros movimientos adqurían una nueva dimensión. Nos movíamos de forma lenta, como la sombra del mástil avanzando por nuestra piel, como minúsculos ciempiés a ojos de un gigante, y eso podía ser un síntoma contestatario. Lo único que podíamos aducir es que el Parque Natural del Archipiélago de Lastovo alcanzaba los 200 km² de extensión si sumábamos las pequeñas porciones de tierra y las grandes extensiones de mar, y en eso nosotr@s no teníamos nada que ver. Aquello que nos parecía tan sencillo, flotar en un lecho de millas nauticas, unas veces como insectos y otras capaces de retener un pueblo en la palma de una mano, con sus montañas, huertos y laderas, nos enlazaba con otros viajes locos, ácratas, distorsionados, juguetones.

Del mismo modo en que las medidas del mundo subían y bajaban, el calor parecía mucho y otras poco, haciendo posibles las mentiras e incoherentes las realidades. Al primer grupo pertenecían los fumari de Lastovo, unas peculiares chimeneas de mediados del siglo XVII que marcan la seña de identidad de las casas del lugar y que nos parecieron pequeños minaretes llamando a la oración. Imaginé los insectos que Alicia encontró al otro lado del espejo acudiendo a la cita: la mariposa melindrosa, la luciérnaga pastelera, el tábano-caballito-de-madera… en pía fila india, salvo las chicharras, que preferían la percusión bajo los pinos.

Primer plano de una de esas ancianas chimeneas, fumari, que parecen disfrazarse de minaretes.

Al espectro de las realidades incoherentes pertenece el viento del Este, aquel que l@s habitantes de Lastovo querían evitar en sus cocinas, de ahí el diseño de sus chimeneas. A las horas de nuestro paseo se asemejaba al aliento del dragón al que tuvo que vencer San Jorge. En este rincón del mundo, el noble santo proporciona tormentas salvadoras contra los ataques de piratas catalanes mientras que en las orillas catalanas es el patrón de los enamorados.

Ninguna de las dos opciones nos parecían descabelladas, pues llevábamos casi tres días retenid@s a capricho del viento en la edénica bahía de Zaklopatica. Nos pareció un tiempo breve y largo, como la hora de la siesta, que es corta para quien duerme y eterna para el que espera el final de la digestión.

Eugenio, aún a mi lado, ya libre de pecado, dilataba y reducía el tiempo de Magdalena (haciendo de un gesto, un rumor, un rostro, o cualquier detalle de nuestro entorno el protagonista de una fábula llena de talento) cuando el sol empezó a deshacer los rincones de la bahía, lo que facilitó nuestro reencuentro con la naturaleza y con los veranos de la infancia.

Zaklopatica, a vuelo de pájaro

Cualquiera que alcance Zaklopatica en velero sólo podrá entrar por la boca que queda a babor. Nada más asomar la proa encontrará en sus orillas a hombres y mujeres enfuundad@s en camisetas de colores diferentes para marcar los límites de sus konobas (restaurantes). Dueñ@s y emplead@s ofrecen un amarre gratis agua, electricidad e incluso wifi a cambio de que la tripulación cene o coma en su terraza.

De los cuatro ruidosos grupos de brazos que agitaban en el aire el cabo de sus muertos, habíamos elegido a los que menos clientes tenían por diferentes razones: mientras una parte de la tripulación sentía especial predilección por los perdedores, la otra pensaba que las operaciones del amarre siempre resultarían más tranquilas y las instalaciones menos solicitadas. Es decir, amarramos a sus pies por unanimidad. Del mismo modo, aquella noche, tod@s a una, elegimos pulpo como protagonista de nuestros platos, retomando un viejo sueño: la vuelta al mundo en 80 pulpos… un asunto que da para más de un post.

Octupus hecho en una peka, una campana de metal que tapa la fuente de barro y que  se cubre con las ascuas del fuego para hornear el alimento

Mientras esperábamos el pulpo “under the bell”, con el que coronábamos la séptima receta pulpera de nuestro recorrido gastronómico, Toni comenzó a mostrar las fotografías que había tomado durante la jornada, en la que aparecía nuestra amiga Zeljka con su compañera Zrinka descansando tras una inmersión con la que querian comprobar el estado de los fondos marinos. Aquella imagen las convirtió en un icono nuevo para mi galería de parejas con enjundia: nietas de los ratones Pixie y Dixie, primas de los agentes privados Hernández y Fernández, tías de los gemelos Tweedledum y Tweedledee con los que se topó Alicia al otro lado del espejo, sobrinas de Thelma y Louise…

Las primas de Hernández y Fernández que nunca aparecieron en las historias de Tintín

Todo parecía dispuesto: El sol derretido, los relatos de Eugenio de fondo, Magdalena con su don de lenguas, Toni buceando en la barriga de su cámara y yo dejándome llevar por los efluvios. Habían caído un par de copas de vino del lugar, de esas que aquí llenan hasta el borde, cuando aparecieron las fotos de las estrellas de mar, dispuestas a cerrarme el estómago. Unos decían que la estrella saludaba con un brazo, otros que más bien nos sacaba el dedo, había quien aseguraba que lo que hacía esa asteroidea era un corte de mangas… Pero a mí me dió por recordar una vieja alucinación lisérgica en la que un pulpo gigante se metía en mi lecho, estrujándome hasta el amanecer. Cuando llegó el plato a la mesa ya era demasiado tarde y sólo pude darme a las verduras, porque no iba a comerme yo a quien una noche de antaño fue mi acompañante…

Dicen que los estados de percepción alterados abren puertas al comocimiento, pero a mí en aquella lejana noche psicodélica lo que se me abrió fue la escotilla de un extraño submarino que ahora podría describir con detalle.

La estrella de mar sacándonos un dedo/brazo

La noche se alargó dulcemente. El viento, por fin, amainó, convirtiendo en suave murmullo las voces de la tripulación, y yo permanecí largo rato asomada a una de aquellas ventanas que hace años quedaron entreabiertas. Mientras jugaba con una hoja de regalíz que debía haber cogido en algún paseo, me repetí que antes, hace cincuenta, sesenta, cientos de años, hubo quienes celebraron la vida, abolieron las convenciones, los despachos y la productividad, jóvenes, hoy ancian@s, que abogaron por la revolución de las flores…

Sí, allí estábamos los cuatro, atrapados en el edén; hasta allí habíamos llegado sin haber forzado las puertas de la mente ni caido en ningún sueño, flotando todos los días en este viejo velero de madera sin pancartas ni bidones lisérgicos pero, al menos desde hacía tres días, con los sentidos alterados. Mientras Toni encontraba una estrella fugaz y Magdalena y Eugenio se debatían sobre la eficacia de lanzar deseos al viento empecé a preguntarme si los seres humanos somos capaces de sostener el paraíso.

En esta isla los jefes de policía te ofrecen lo mejor de su casa y salen a despedirte cuando partes… Una extraña forma de entender el paraíso.

by MARTHA ZEIN

Un día ToniPep me dijo que las islas eran el corazón del mar y yo asentí, muy seria, porque no me hace falta entender para tener certezas (ni siquiera me es necesario estar de acuerdo con ellas) y porque siempre he sospechado que el mar, la mar, tiene el corazón dividido en mil pedazos, de ahí que capitanes y marineros presuman de tener un amor en cada puerto, olvidando que ellos también forman parte del juego de las isleñas.

Del corazón y la cama de corsarias, bucaneras, piratas, capitanas y marineras apenas nadie habla y cuando corren los rumores y chascarrillos sus aventuras terminan abruptamente, dejándolo todo en puntos suspensivos, como aquella en la que Ariadna fue abandonada por Teseo en la isla de Naxos (según Hesiodo). Las correrías de la princesa de Creta se cortan en el momento más interesante, cuando da un quiebro a su destino y aprovecha la situación para liarse con Dionisos. Cambió a un mojigato arribista por un experto en placeres y éxtasis y parece que fuera una tontuna… aunque a ella y a mí plim, que ya sabemos lo que nos sienta bien.

El caso es que, después de varios días de costa continental, de nuevo nos lanzamos al Adriático, en esta ocasión no sólo para dar esquinazo a una tormenta fuerte (tirando a tremenda, de la mano del frío, seco y violento Mistral) sino para abrazar con todas las ganas nuestro destino. Lastovo es algo más que un simple refugio, es la isla a la que al fin llegamos, el punto en el mapa que desde hace meses es nuestro confín.

Beate, en uno de sus diálogos activos con el viento

Lastovo está marcada en nuestros mapas desde hace 1.500 millas, un hilo náutico que comenzamos a devanar hace mucho antes de zarpar. Este minúsculo botón de tierra (mide unos 47 kilómetros cuadrados), se coló en nuestros planes cuando apenas el Brancaleón entraba en nuestras vidas. Lo hizo de la mano de Sunce, una ONG croata que se había puesto en contacto con Toni, interesada en su conocimiento sobre la gestión de parques naturales y zonas protegidas.

Sucedió justo cuando empezábamos a mimar este barco de madera que desde hace dos meses es nuestro hogar. A medida que Brancaleón se curaba de sus heridas y volvía a tomar aliento nos íbamos haciendo una idea de cómo era aquél archipiélago que en 2006 fue declarado parque natural y que estaba compuesto por 44 islitas e islotes. Los fondos marinos de Lastovo eran objeto de debate entre científic@s, pescador@s, buz@s y expert@s en medioambiente y la ONG favorecía el diálogo entre las partes, lo que poblaba nuestra imaginación de azul y peces. Por eso sabemos donde encontrarla: en Dalmacia, al sur de Croacia, a unas 100 millas de las costas italianas.

La posidonia de Lastovo, clave en los desvelos de Sunce y Toni

Durante todo este tiempo, cuando alguien nos ha preguntado por el recorrido con el Brancaleón sólo hemos dado un nombre, Lastovo, mientras fijábamos la punta del bolígrafo en medio de Google earth (en la mayoría de los mapas no aparece). Por eso creo que cualquier brancanauta podría poner el dedo a ciegas en esa zona del Adriático en el que se levanta Lastovo, y acertar.

Nuestro itinerario por el Mediterráneo no ha estado plagado de certezas, tampoco ahora… salvo ese punto imperceptible que lanzamos como un ancla y que se ha ido convirtiendo en el ombligo de nuestro deseo. De ahí que no sólo sabemos dónde encontrar su orilla, sino que podríamos distinguirla al primer golpe de vista entre las 698 islas, 389 islotes y 78 arrecifes que rodean las costas croatas.

El Mistral empezó a hacernos guiños cuando aún faltaban diez millas para llegar a la costa de Lastovo

Me toca el último turno de la guardia. La tierra es redonda y hace que Lastovo parezca esquiva. Su cima más alta, el cerro Hum, apenas supera los 400 metros sobre el nivel del mar, por eso sé que aparecerá casi de golpe, cuando la tengamos en frente, eliminando el juego del si es/no es.

A las seis de la mañana, tras siete acompañantes y cuatrocientos brancanautas virtuales, aparece al fin al otro lado del borde azul y me recorre un ligero estremecimiento: la Aurora de rosados dedos puede ya acariciar lo que para mí aún está lejos, la piel de Lastovo.

Remedo a los antiguos amores por correspondencia, llevo conmigo un retrato hecho de datos y me pongo de puntillas en cubierta para ver si reconozco su rostro en el horizonte: es tan verde y arbolada como nos contaron, no parece tan pequeña, aquella boca es la de Ubli… En pocos minutos somos tres (Toni, Beate y yo) los que nos apuntillamos en proa, en popa y donde haga falta. Nuestra particular Itaca es bella.

Como quien alcanza detenidamente el rincón más deseado de su amante, entramos en la bahía de Ubli. El muelle se ofrece silencioso, tiñendo de dulzura incluso lo imposible, como esa patrulla militar de la que sale una enorme lancha atestada de hombres. Sólo uno de ellos lleva uniforme, todos usan musculatura y risadas. Llegamos casi a la par al puerto, pero ellos amarran antes y sin miramientos mientras que nosotr@ lanzamos cabos delicadamente a los pies del puesto fronterizo donde haremos oficial nuestra entrada.

El Brancaleón, esperando en la frontera

Cumplimos pausadamente con la ceremonia: el capitán baja con todos los papeles, la tripulación aguarda en cubierta. Son unos minutos que hacen aflorar la sensación de que podríamos ser expulsados de nuestro destino o impulsados hacia su interior. En las ingles de Lastovo esperamos la señal adecuada que nos permita levantar una alcoba en el que ha sido apenas un lunar verde durante semanas de viaje y habitar allí durante todo el tiempo del mundo.

Los paseos de Toni en tierra hacen evidente que el Brancaleón es oficialmente territorio italiano (la bandera que llevamos en lo alto del pabellón así lo indica) y esto favorece su condición de República Independiente. Al otro lado de la regala en la que Beate y yo colgamos nuestras piernas comienza Croacia. Su condición de país no europeo (hasta el 1 de julio del año que viene) me permite recordar que desde hace meses cruzamos muchas más fronteras que las oficiales. En esta época de recortes económicos e imposiciones neoliberales estamos asomadas al borde de la Eurozona.

Presto atención al entorno: no parece que sea un abismo sino un pequeño salto, al otro lado todo fluye…

Mucha, mucha, policía…

Por fin aparece alguien uniformado. Mueve las caderas de forma vertiginosa y firme, las gafas oscuras ocultan parte de su rostro, apenas sonríe. Sí, afirma Toni con picardía, la policía manda, mucho y lo sabe.

Pagamos 2.500 kunas por los derechos de navegación del Brancaleón & Cia., nos sellan los pasaportes, pero aquí no se acaban las gestiones. Necesitamos la confirmación de las autoridades del parque, lo que supone más tiempo de espera.

Esta vez ya podemos agotarlo en tierra. Sorbemos nuestros cafés y tés lentamente en la única mesa libre del único bar de Ubli. A nuestra derecha está la de los soldados gastando bromas con el walki-talki a quien, por lo visto, se ha quedado al cargo de las comunicaciones en la patrulla. A nuestra izquierda se levanta la mesa de la policía, que comparte con otra pareja no uniformada. Al fondo, la de las dependientas de la única tienda de ultramarinos de Ubli. Todas las fuerzas vivas desayunamos largos tragos de tiempo para arrancar el día en el mismo lugar, a la misma hora, mirando por la misma terraza. El ferry de las 10 de la mañana aún está lejos.

Beate escribe unas palabras para la botella azul del Brancaleón apoyada en el noray, antes de tomar el ferry de las despedidas; Detrás de ella, le guardo las espaldas

Este será el punto de partida y de salida de algunos brancanautas. El lugar en el que despediremos a Beate, el mismo al que llegarán Magdalena y Eugenio. ¿Cuánto se tarda en llegar a una isla? ¿Cuánto en abandonarla?

Toni regresará de la oficina de las autoridades del parque ofreciendo precisiones: Lastovo forma parte del reducido grupo de islas habitadas de Croacia (sólo son 47 las que tienen al menos un residente en invierno) y aquí la densidad de población es de 18 habitantes por km cuadrado. Cuento a mis vecinos del bar. Somos 17, contando a las camareras y a la mujer que estuvo atendiendo a Toni en la oficina. Me voy haciendo una idea de lo que nos espera en los próximos días.

Tomando las medidas de Lastovo desde la terraza ¿La podría abarcar con los brazos?

Por primera vez me gusta hacer cálculos… si Lastovo mide 46,87 kms cuadrados, apenas llegaremos al millar cuando estemos en tierra… Enseguida abandono las cifras para lanzarme sobre un folleto ilustrado de la isla. Quiero confirmar que aquí, desde hace setecientos años se “quema al pirata catalán”. Sucede por carnaval y el festejo se denomina Poklad.

El asunto hace mención a los años en los que los almogávares dejaron de trabajar al servicio de la corona de Aragón para montar el negocio de la piratería por su cuenta, lo que permitió que se popularizara la expresión “pirata catalán” para cualquier corsario que trabajara en la zona. El caso es que, según se explica en la publicación que tengo entre manos, en 1483 los piratas catalanes, tras conquistar Korcula, enviaron un mensajero turco a Lastovo para que sus habitantes se rindieran antes de su ataque. Mientras los hombres contemplaban las posibilidades del enfrentamiento, las mujeres y niños rezaron a San Jorge (Sv Jure, curiosamente al patrón de la caballería de la Corona de Aragón).

Como acostumbran los dioses, San Jorge les envió una tormenta tal que hizo naufragar las naves de sus enemigos y a continuación,  los habitantes de Lastovo tomaron al turco y lo lanzaron ladera abajo en medio de fuegos artificiales, una especie de pase por la quilla pero a lo grande, que repiten cada año desde entonces…

El muñeco que representa al “pirata catalán”, ensaetado de petardos, “cae” pendiente abajo..

Sí, Toni ha estado acertado: ha guardado la bandera catalana que ondeaba en uno de los mástiles durante todo este camino, no tanto pensando en su pellejo como por señal de respeto a una cultura de la que apenas sabemos. Conociéndole, sacará el tema a colación entre bromas, y yo me pondré a bucear en datos sobre esos valencianos, mallorquines, aragoneses, catalanes, sicilianos, sardos, calabreses, occitanos, griegos, turcos, gallegos y asturianos, que se unieron a las tropas del rey de Aragón durante la expedición por el imperio bizantino, que hablaban sólo en aragonés y catalán y que antes de entrar en combate clamaban !Desperta Ferro! Matem, matem!, mientras se encomendaban a  San Jorge.

Otro sorbo de té, otras risotadas de los militares, otro caderazo de la policía… ¿Cuánto se tarda en cruzar una frontera? No sé por qué pero las preguntas me salen contables.  Beate dió el primer paso la noche anterior a su despedida, su frontera medía 15 días de navegación, regresaba a Copenhague desde el otro lado de sus propios límites…

Magdalena, haciendo frente al viento

El periplo de Magdalena y Eugenio será una suma de kilómetros en coche, tren, avión, horas de espera en los aeropuertos, bus y ferry, pero también está formado por manifestaciones, huelgas, debates, titulares de noticias, declaraciones de ministr@s, recortes y sumas injustas. Han atravesado tormentas encaramad@s a sus propios veleros con una afirmación de fondo que puedo intuir: son seres libres, dueñ@s de sus destinos y conservan intactos sus paraísos interiores.

No, hay asuntos que no nos pueden robar, como la pasión por el conocimiento, el respeto a los demás y hacia nosotr@s mism@s, nuestros sueños…

Eugenio, negociando el rumbo con las olas

by MARTHA ZEIN

L@s narrador@s saben que se escribe antes o después de que todo suceda y, en cambio, se filma en presente. Este relato combina los tres tiempos. Comenzó cuarenta millas antes de llegar a nuestro destino, Monopoli, y termina ahora en tus ojos, donde izamos la bandera de la república independiente de Brancaleón. Aquí estamos, abordando tus retinas; en ellas instauramos alegremente nuestro caótico orden, del que no querrás salir porque en este barco viven hombres y mujeres que se reconocen libres.

Monopoli. El nombre de aquel conocido juego resonó en nuestras cabezas desde que lo encontramos en el mapa hasta que se convirtió en una alegoría que nos dejó expectantes durante todo el trayecto. ¿Cómo serían los habitantes de ese juego capaz de despertar al especulador que todos llevamos dentro? ¿Seres capaces de habitar en cualquier esquina? ¿Supervivientes por naturaleza? ¿Oscuros, brillantes? A medida que avanzaba en mis preguntas la fantasía se vestía de realidad y un coro de voces empezaba a cantar, todas a una, en algún lugar de esta nave de madera… o quizás procedía del fondo del mar.

Un barco abandonado en Otranto, el punto de partida de esta etapa. Se funde con el muro sobre el que se apoya

 Al Brancaleón le llegan a cuentagotas las noticias de un mundo oxidado. Parecen partes de guerra y estamos aquí y no allí, pero no miramos a otro lado sino que lo hacemos desde éste, que es otro, que es líquido y maleable y si se le da tiempo es capaz de comerse una montaña. Miramos de otra manera, entre la contemplación y la observación, intentando aprender de la naturaleza a la que pertenecemos y que nos constituye. Desde el Brancaelón la tierra es una línea ocre tras la que se levanta un estilo de vida cuya maquinaria chirriante lanza un humo oscuro. No es fantasía, es el paisaje que aquí también arde en verano: a nuestro paso el cielo se cubre de fumarolas grises. Árboles, arbustos y hasta la flor más pequeña gimen antes de hacerse cenizas. Les escucho detrás de las olas y de este rumor que se me ha colado en el oído y no es más que el flujo de mi propia sangre, líquido corriendo por mis sienes, y sonrío a mi mal porque me recuerda que soy río. Sí, ya lo descubrí junto al Ebro, sin embargo, cuántos despertares en el mismo sueño…

La costa es ocre, las calizas miran

Desde la república independiente del Brancaleón la tierra es ese balcón ocre que contemplo desde mi espacio azul. Soy la que mira a quienes dormitan en la orilla mientras bañan sus retinas en el mar; habito en el envés de ese instante en el que alguien contempla el horizonte antes de entrar en las páginas de un libro o sorber un trago refrescante y abandonarse en el caos de sus propios pensamientos. A diferencia de ell@s, no logro zambullirme en la dulzura, porque lo que observo duele, en tierra viven mis seres queridos, las rosas de Beate, las agujas de Nuria y parte de mi destino, en medio de su orín los tiranos se disfrazan de tecnócratas y las dictaduras de democracias.

Miro dos veces y observo las piruetas de mis propias preguntas

Camino de Monopoli, en medio de una travesía que de nuevo sumará día y noche, miro esa frontera ocre y despierto dos veces. La primera, cuando encaramo un ojo al balcón desde el que nos observan bañistas, turistas y niñ@s que hacen rabonas a la hora de la siesta para encontrarme con ellos e invitarles a subir a bordo. La segunda cuando contemplo este mar en el que me empino, plagado de rizos y cuyos giros se vuelven ojos que miran la planta de mis pies.

Miro dos veces, que debe ser algo parecido a decir contemplo, que es como observar el paseo de tus interrogantes y ver cómo se zambullen en aquello que encuentran, hasta perderse. Quiero comprender el mundo que ahora piso, que me constituye y del que provengo. Ése es el punto de partida pero no el destino, porque soy el camino por el que paso.

La respuesta no está al final, en el otro, en lo otro.

El 80% de nuestro cuerpo es agua. Sus remolinos y olas trazando círculos me recuerdan que también yo soy una suma de espirales. Observo, contemplo, es decir, miro dos veces. A mis pies nada se mueve en línea recta y el timón negocia con cada curva. Yo, como cualquiera, estoy hecha de tirabuzones, lo único recto es mi forma de andar (en ocasiones) y algunas preguntas, todo lo demás son círculos, semicírculos y espirales.

Los hombres y las mujeres de esta república independiente habitamos en ese lado del espejo al que se asoman quienes viven en tierra, por eso podemos recordar aquello que en la tierra olvidamos, quizá porque allí levantamos verticales y horizontales tiesas, quizás porque allí las olas apenas son materia ondulante y sólo la saliva de las iracundas se deja ver, simulando flequillos.

He visto la muerte de las olas

De pronto cae el sol, llevo horas musitando, y si embargo sólo puedo describir lo que ha sucedido en un segundo: he visto la muerte de las olas. Una por segundo. Mientras se deshacen musitan una solución, un método, un truco para que ese mundo, cuyas noticias nos llegan a cuentagotas, caiga y se renueve. Observo con todos los poros de mi piel, lo que está lejos y lo que está cerca. Sé que cuando el mar rompe contra las rocas se desprende de algo de su sustancia al tiempo que se lleva una parte de la tierra sobre la que se levanta. Comprendo: No importa la furia, lo importante es el acto. Comprendo: cada victoria entraña también una pérdida, toda transformación es intercambio. Recuerdo: En la costa se levanta la muerte cotidiana; la del agua es horizontal, la de la tierra, vertical. Sí, ya sabía algo de esto, caminé 42 días alrededor de una isla (Mallorca). ¿Cuántas veces tenemos que despertar para saltar del sueño a lo real?

El puerto de Monopoli nos recuerda que estamos en una ciudad de pescadores

Toni me dice que los rizos de la superficie son sólo las espirales más visibles, pues sus gotas se desplazan constantemente de forma vertical que horizontal, trazando espirales, que es posible que el agua que baña mis pies no conozca Egipto y sin embargo sepa de profundidades abisales, y a mí me sorprende, quizá porque estoy acostumbrada a vivir en tierra y allí las distancias se miden de forma horizontal (como la muerte del agua).

Imagino las cañerías de mis venas y mis ojos, que a veces son cuenca y otras manantiales, y pregunto al mar para entenderme pues en la naturaleza todo está interrelacionado y porque sus gotas son primas de las mías. Comadreo con el mar como si todo esto fuera un vestuario femenino sin muros, de ahí que esté desnuda, y voy de mis asuntos a los suyos, a los nuestros. Miles de gotas moviéndose a una, creando rizos que a su vez conforman olas, que cubren el mar y rompen en la orilla, taladran rocas, minan montañas… es cuestión de tiempo.

Detalle de la muralla que protege la ciudad y contra la que chocan las olas

Respiro y oigo respirar al planeta, con los flujos y reflujos. Formo parte de esa capa fina que constituye la biosfera, aislante, térmica, en constante movimiento, como los remolinos planetarios (pronto se hará de noche y veré la vía láctea). Comprendo el movimiento de las revoluciones: son giros que expulsan al tiempo que concentran energía, las flechas también trazan espirales en el aire cuando se acercan a la diana. También es importante el ritmo y la armonía. Sobre mí, la atmósfera, bajo mis pies, la geosfera, en constantes intercambios. El Brancaleón avanza por una sensible capa de vida que contiene todos nuestros factores vitales, los míos, los tuyos, los nuestros, los del planeta: oxígeno, carbono, agua… la materia de la que procedemos y que nos conforma. Aquello que pretendemos tumbar está también dentro de nosotr@s…

Las murallas también son minadas desde dentro

De golpe soy sirena, microorganismo, gota de lluvia, parte de la ola. No navego, me navegan, como el pez no nada sino que es nadado. Recuerdo que en el siglo III antes de Cristo el Imperio Romano esquilmó los bosques de estas orillas para construir una flota que le permitiera frenar a los habitantes del mar. Corsarios, piratas y comerciantes que querían hacer del Mediterráneo (que entonces no se llamaba así) su reino, al margen de los continentes, de los cuales sólo interesaban algunos puntos estratégicos de sus costas y sus islas. Otra mentalidad se hubiera impuesto, aunque probablemente hubieran olvidado lo mismo, ese “canto de los sonidos” para los que no hace falta tanto tener oído como tener piel; ese que volvemos a reconocer cuando contemplamos el mar desde un punto tranquilo de la tierra y el que nos mece desde este otro lado del espejo, a lomos del Brancaleón. Ese que suena a orquesta sinfónica interpretada por miles de gotas, todas a una.

Un pescador en jarras observa el mar tras una de las puertas de la muralla

Desde el envés del agua, en el que habitamos desde hace dos meses, las conquistas, los fracasos, los éxitos, las primas de riesgo y las tías arriesgadas, las aventuras y los vividores, adquieren una uniformidad ocre que permite el desapego, por eso pregunto al mar por sus revoluciones, en busca de pistas. Soy toda oidos de sorda y aprovecho cuando me zambullo para oír mejor y no bajo la guardia cuando llegamos a tierra. Monopoli es residencia de pescadores, ellos sabrán. Al pasar un marinero saluda: ¡Salve!, y a mí me parece que la historia me viene a visitar en medio de pequeñas soluciones. Pateo sus calles prístinas, me fijo en todos los detalles de las casas humildes que se encaraman a los monumentos históricos, particulares parásitos arquitectónicos cubiertos de flores y a cuyos pies transcurre la vida, mientras los muros se deshacen lentamente.

El hombre trabaja con lo poco y me asalta un recuerdo que no he vivido: aquel largo verano del 36 en el que todo parecía suspendido