by MARTHA ZEIN

Al tercer día Pantaleone casi tenía rostro. Si en el segundo encuentro apareció su nombre, su apodo (“Pictor imaginarius”, el pintor imaginario) y cargo (era el monje responsable de la historia que se ofrecía a nuestros pies) fue forzado por las circunstancias: me habían propuesto que explicara a un grupo de adolescentes cuál era el argumento de la obra y si era capaz de aclarar alguno de sus secretos. A esas alturas ya había pasado una noche imaginando la biblioteca de aquel Monasterio vecino (hoy en ruinas), cuyos monjes habían logrado rescatar y mantener viva en los años oscuros de la historia de Occidente. Llegué a soñar con traductores, copiadores e ilustradores de obras religiosas y profanas, trabajando en silencio a espaldas de los poderes civiles e incluso los religiosos; sentí el cuidado con el que llenaban de contenido las escuelas para los habitantes de la zona y supuse cómo habrían asumido el encargo de hacer ese mosaico y su voluntad de plasmar en aquel mosaico un conocimiento que estaba en peligro pues, tras el cisma de Occidente, se imponía una sola comprensión del pasado y del futuro.

Aquella boda fue el telón de fondo de un encuentro mágico en Otranto

La propuesta partía de Jacopo, el monitor de cinco jóvenes que recorrían el Adriático italiano en un pequeño velero en el que aprendían el lenguaje del mar. Aquel joven rubio y de rostro afable había escuchado la entregada descripción que le hacía a Beate de la obra y mis suposiciones y me pidió que se lo repitiera a sus pupilos al caer la tarde. Acepté el reto sabiendo que si bien había comprendido el papel del director de aquella película pétrea, eligiendo las escenas y personajes más interesantes de la historia de la humanidad de una manera que me parecía cercana al ensueño aunque respondiera a un concepto del mundo, necesitaba recopilar datos para poder argumentar mis intuiciones. La primera vez apenas me había importado la autoría, atrapada como había quedado con sus imágenes: la sirena, el unicornio, la serpiente alada, el minotauro, el dromedario rampante, el asno músico, el centauro… todos estos seres mitológicos asomaban a las ramas y frutos de la enorme higuera poblada también de hombres y mujeres.

Empezamos a mirar al suelo, fascinad@s por los tacones de las invitadas a la boda

Toni, Beate y yo habíamos tenido la fortuna de pisar aquellas pequeñas calizas policromadas y contemplar sus rostros y detalles de cerca, gracias a una fortuita boda en la que nos habíamos colado, confundid@s entre l@s invitad@s. Entre los tacones de la madrina y las invitadas, aquel mosaico se me ofrecía como una película ocre en la que no hacía falta seguir un orden cronológico. Eso fue lo que más me atrajo: tenía ante mí una narración visual y poética absolutamente reveladora y de cuya estructura podía aprender. Nueve siglos después de haber sido representados aquellos símbolos y metáforas confirmaban que son elementos imprescindibles si se quiere narrar una historia con imágenes.

Entre los invitados a aquella ceremonia encontramos un centauro con tres cabezas, una sirena, un hombre metamorfoseado en serpiente…

A medida que mis pies iban avanzando entre las escenas de aquella película inmóvil, era capaz de comprender su revolucionaria esencia, por lo me fascinaba aún más que hubiera podido sobrevivir a las agresivas invasiones de la historia, desde la turca de 1480 y a las nada inocentes hordas de turistas. Los monjes del Monasterio de San Nicolás di Casole, dirigidos por Pantaleone querían plasmar una visión del mundo que sabían que estaba a punto de desaparecer, pues tras el Cisma de Occidente era más difícil acceder a libros y traducirlos y comunicarlos… De ahí mi afán por leer entre líneas.

He aquí uno de los elefantes indios que sostienen el árbol de la vida. Proceden del relato medieval sobre Barlaam y Josafat, muy popular en su época en el que se describía la versión cristianizada de la historia de Buda.

Pude encontrar en aquel relato referencias a Alejandro Magno (ciclo helenístico) y al gato de Lausanne agrediendo al Rey Arturo (ciclo bretón); ahí estaban los elefantes indios del romance de Barlaam y Josafat, el poema Rubaiyat de Omar Kayyàm (poeta, matemático y astrónomo persa), la Metamofosis de Ovidio, el infierno y el cielo de Dante… Me fascinaba la solución cubista con la que habían representado la tentación de Adán y Eva, los guiños al Códice Cotton (siglos V-VI) cuando se trataba de representar los personajes de la torre de Babel, los detalles normandos en la escena del Arca de Noe, el expresionismo del toro… Aquella enorme enciclopedia que habían levantado los monjes del monasterio vecino, dirigidos por Pantaleón, era fascinante. El primer día me entregué a la obra como quien disfruta de un plato y no pregunta por su cociner@, así de orgánico fue mi placer.

Alejandro Magno a los pies de su público; tiene un papel importante en esta película sobre la historia de la humanidad.

Fue después de aquella primera vez cuando Jacopo me hizo su propuesta. Formaba parte del intercambio de favores que habíamos inaugurado 24 horas antes, cuando Toni le facilitó que abarloara su velero a una goleta inmensa –Idea Due, capitaneada por Ángela- después de que haber pasado una noche fondeados en medio de la bahía, zarandeados por vientos de 40 nudos. Horas después, recuperaban juntos el ancla que había quedado enganchada en el fondo durante las operaciones. A cambio el joven capitán se subió al palo de la mesana, con la ayuda de dos de los jóvenes de su campamento náutico, Toni y Beate. El viento le zarandeaba al final del mástil, pero logró atar el cabo que se nos había desprendido el día anterior con soltura. Ahora que todo estaba en orden sólo teníamos que esperar a que el viento amainara y esto suele ir acompañado de largas conversaciones en cubierta o en la tasca vecina.

Durante tres días el Tramontano fue seco y fuerte e hizo incómoda la estancia en cualquier barco. El Brancaleón se agarraba al muelle de Otranto con uñas, dientes y tres cabos, mientras a su lado las embarcaciones más pequeñas hacían una acompasada coreografía, llena de rizos, ondas y remolinos. El calor y el viento nos expulsaba de abordo cada tarde, lo que nos daba alas para recorrer los callejones de la ciudad amurallada, colarnos en el castillo de Otranto  y relamer una y otra vez el suelo de la Basílica de Santa María Annunziata. Es allí donde se situaba aquella narración pétrea.

Tenía gracia que la ciudad en la que nos deshidratábamos estuviera ligada etimológicamente con la palabra agua, no importa qué idioma se tomara como referencia, si el latín (Hydruntum), la lengua de los mesapios (Odoa), el bizantino (Ydrento’s) o si se trataba de esos vocablos que utilizaban los habitantes griegos e italianos de la zona para poder comunicarse (Hudrentum). Otranto se asienta en el valle de un torrente que no vemos pero cuyas huellas se adivinan en el foso de la muralla. Aún así, para nosotr@s se trata de la ciudad cuyo puerto conecta el Adriático con el Jónico y que mira a Albania, de la que estaremos a apenas 40 millas…

Muralla y foso del castillo de Otranto, escenario en el que se ubica el primer thriller de terror gótico de la historia de la literatura. En la novela escrita en el siglo XVIII el castillo de Otranto es objeto de una maldición, que va sembrando de cadáveres sus rincones.

No volveríamos a cruzar nuestros caminos en las siguientes 24 horas con Jacopo y sus acompañantes, de modo que aquella conversación que se quedó pendiente pasó a convertirse en un murmullo de fondo que saltaba a un primer plano mientras paseábamos por la ciudad. Los detalles de sus torres, iglesias, puertas… desvelaban su condición de “ciudad fronteriza” entre Oriente y Occidente y esto me permitía entender con más precisión la historia de aquel árbol de 50 metros: si lo recorría de arriba abajo conectaba con el planteamiento oriental que reivindica que es Dios quien baja hasta los hombres, trazando un camino claro y simple; pero si recorría iba de la raíz a la copa me encontraba con la mirada occidental, que asegura que es el hombre quien, anhelando a Dios, emprende su búsqueda, iniciando un largo y fatigoso camino… Algún resorte debí de mover sobre aquel enigmático árbol que al tercer día, cuando estaba a punto de ponerle el rostro a Pantaleone, el viento cesó y el Brancaleón logró desengancharse del puerto.

Beate, Toni y yo dejaríamos Otranto al caer la tarde y el Brancaleón cogió el testigo de esta suma de culturas que genera la convivencia en un barco.

Anuncios

Be Wind

25 de julio de 2012

by MARTHA ZEIN

Quien repita “be water”, la afirmación que hizo Bruce Lee en una película y luego reprodujo en una entrevista (y que popularizaría el anuncio de una compañía automovilística), le saldrá el eco del nombre de nuestra última compañera de viaje: Beate. A pesar de ello, esta brancanauta no encarna la naturaleza dúctil del agua sino la fuerza del viento. Quizás debería de llamarse Bewind.

Con ella llegaron los hijos de Eolo a adueñarse del escenario, afirmando aquello que ya sabía por el libro que en el 2004 publicaron Juan Rigo e Isabelle Mourau, Mediterráneo, cuaderno de vientos. En un rincón de sus páginas dicen, refiriéndose al estrecho de Messina: “… donde el viento se acanala en un sentido u en otro, Norte o Sur, liberando una batalla cuando menos espectacular (…) un viento caprichoso capaz de pasar de la furia a la nada, calma, en cuestón de minutos o de millas…”

Beate, sonriendo al viento

De aquella suma de vientos en el estrecho ganó la mano el del norte, denominado en Italia “Tramontano”, que se fue enseñoreando de nuestra ruta a medida que avanzábamos por la costa, haciendo que lamiéramos punta, suela y tacón de la bota de Europa en un constante diálogo enajenado… porque no hay nada más loco que tomar decisiones observando lo invisible con el único propósito de manejar lo intangible. Para much@s puede resultar un disparate que alguien dialogue con lo que no tiene forma ni empieza ni termina y sin embargo deja rastros como su dirección, humedad o intensidad.

Una de las cinco torres del capo Rizzuto, la torre de Scifo (siglo VI a.C). Es una columna dórica, único resto del templo dedicado a Hera Lacinia, protectora de las mujeres, de la fertilidad… y de las prostitutas. Quizás por eso me recuerde a un falo truncado…

El viento se ha vuelto el dueño de nuestras conversaciones, el agua apenas ha pasado a ser el resultado de sus fuerzas y la tierra, un refugio, a esto llamo “jornadas marineras”.

Beate ha traido los vientos fuertes, caprichosos y mandones, que en ocasiones han venido del oeste, otras del este, pero siempre con tendencia al norte, es decir, de cara. Con ellos hemos tenido que bailar, a veces como amantes y otras como púgiles en un cuadrilátero, adelantándonos a sus intenciones. No, no se trata de dejarse llevar sino de ajustar nuestros movimientos, como cuando se cabalga a los lomos de un caballo, sin bajar la guardia; no consiste en ponerse a su merced sino de una especie de enérgica y absurda doma pues al instante controlado le puede seguir otro salvaje, afirmando que el viento es siempre inabarcable.

Bóreas en la Torre de los vientos, en Atenas. Se le representa con el pelo y las barbas revueltas, es gélido y violento. Da su nombre a los hiperbóreos, pueblo mítico que habitaba los confines de la tierra. Sileno, en una de sus fábulas, decía que fueron los primeros seres humanos en ser visitados por los habitantes de otro continente más allá del océano y que, asustad@s por lo que se encontraron, regresaron a su país y no volvieron más.

Algo viejo sale del hipotálamo o del fondo de las venas y se pone en marcha. Lo sabe cualquiera que haya navegado (y más en un barco de madera), se trata de una entrega y reconocimiento de la propia fragilidad que obliga a observar la naturaleza con una atención infinita. No extraña que de aquella lengua franca que se manejó en el Mediterráneo del siglo XI al XIX, sean los nombres de los vientos las palabras que han sobrevivido al paso del tiempo, pues permiten a quienes navegan cruzar informaciones imprescindibles para la supervivencia.

El arte de manejar las velas, el placer de ganar velocidad y arrancar nudos al viento, el silencio arrancado a las forzadas horas a motor… ése ha sido el ejercicio cotidiano al lado de Beate/Bewind, una mujer de piernas tan largas como la bota que hemos recorrido a su lado, capaz de susurrar a la brisa o de enfadarse por la tiranía del Tramontano o del Mistral. Sabíamos que ella quería encontrarse con el viento,  todo lo demás quedaba en un segundo lugar. Las velas tan sólo eran el punto de encuentro de este diálogo infinito en el que ella dice bailar.

Génova y Mayor haciendo las orejas de burro para aprovechar las escasas ocasiones en las que el viento venía de popa

En estos días los vientos han alargado las jornadas de navegación, cancelando los fondeos y forzando el amarre en puertos que nada tenían que ver con nuestros deseos. Las pocas veces que hemos puesto el pie en tierra lo hemos hecho exhaust@s, envuelt@s en una felicidad pausada que nos retenía durante largos minutos en cubiert tras las operaciones de amarr y ralentizaba nuestros primeros pasos por el muelle. Se trataba de una dicha contradictoria, que nos hacía sonreír por lo sucedido y también por lo no sucedido. Con ese estado de ánimo establecíamos las primeras conversaciones, que siempre parecían arrancarnos plácidamente del agua a su envés, es decir, permanecíamos en el mismo eje y sin embargo estábamos en el lado opuesto. Habitando en ese estado de atención en el que hemos estado viviendo durante horas cualquier palabra adquiere un brillo inusual, quizá por eso las charlas suelen comenzar breves.

El castillo aragonés junto al que amarramos, visto desde el Brancaleón.

El primer puerto al que nos llevó el viento tras día y medio de navegación fue La Castella (“Los castillos”). Nuestra intención era alcanzar Crotone pero el Capo Rizzuto no parecía dejarse doblar, así que optamos por un pequeño refugio que se abría a los pies de un castillo horas antes del crepúsculo. Nada más amarrarnos al muelle, el anciano que sujetaba nuestro cabo en el noray señaló el nombre que llevamos escrito en popa. Así fue como nos enteramos que fue en ese castillo aragonés junto al que hemos amarrado donde se rodó una parte de la película “L’Armata Brancaleone”, que da el nombre a nuestro barco. Concretamente es el lugar en el que se levanta el feudo de Aurocastro, que el caballero Brancaleone de Nurcia (Vittorio Gassman)  al frente de su armada, quiere hacer suyo.

El viento, pues, que había forzado una travesía de más de 100 millas, nos preservaba la sorpresa de meternos en el escenario de “nuestra” película de referencia. Nuestra llegada, si bien alejada de la escena en la que el caballero llega al castillo, se tiñó imevitablemente del tono bufo de aquellos buscavidas medievales y, al mismo tiempo, el decorado en el testimonio documental del castillo y los habitantes del lugar a mediados de los años sesenta, cuando fue rodada la película.

Como no podía ser de otra manera aquella jornada terminó en una tasca cercana al puerto, con unos tragos compartidos con un grupo de navarros y gallegos que trabajan para una compañía que instala molinos de viento en la zona. Del mismo modo que hicieron generaciones de marineros, esta treintena de hombres dejan su tierra y, en muchas ocasiones, a sus mujeres, en busca de un salario (alimento)…  pero en este caso al medio al que se entregan es exclusivamente el viento.

Contaban los griegos que los vientos vivían en una isla flotante, Eolia… La última noche de Beate en el Brancaleón el viento trajo consigo una fuerte tormenta con vientos racheados capaces de arrancar a los barcos de sus amarres y levantar las mesas de los restaurantes de la costa. No fueron más que 30 minutos intensos, devoradores, que poblaron los monólogos ventosos de Beate con nuevos y recios contenidos.

A su lado me doy cuenta que mi confrontación con el viento, aunque respetuosa, es otra, pues termina teniendo una batalla cómica que, aunque me deja en silencio durante horas, termina llevándome al absurdo. Algo así como en el duelo de esta película. El viento es Vittorio Gassman (Brancaleone, de negro) y yo el de blanco (Gian Maria Volonté, que encarna a Teoffilato), y sibien sufro (por el árbol) termino partiéndome de risa ante mis propias torpezas. Así que va por ustedes y !que vivan los vientos y la madre que les parió!

by MARTHA ZEIN

El único estrecho que había conocido de cerca hasta ahora era el de Gibraltar (al sur de Cádiz), donde se abrazan el Mediterráneo y el Atlántico. El lugar protagonizó una de las escenas de nuestro documental “Feliz vida loca“, por eso sé que el agua y el viento adquieren en estas gargantas una fuerza especial. Si entonces viví la experiencia en tierra, en estos días sorteamos los remolinos de agua del estrecho de Messina y la sensación vuelve a ser inolvidable. Aunque sé que igualmente se trata del encuentro entre el Jónico y el Tirreno, se impone la certeza de que el continente (en la zona de Calabria) no logra abrazar a Sicilia. Aquí el viento y el mar parecen expresar esta impotencia con furia. El hecho de que Messina sea la ciudad más castigada por los terremotos de Sicilia no hace más que confirmar que todo obedece a una especie de voluptuosidad mal contenida.

Existe la teoría de que Homero sitúa aquí el encuentro de Odiseo con las sirenas, cuyos tentadores cánticos el héroe logra esquivar gracias a que es atado al mástil de su embarcación. La Odisea explica que Caribdis y Escila son dos monstruos marinos. Escila vivía en los acantilados y Caribdis tragaba enormes cantidades de agua tres veces al día y las devolvía otras tantas veces, adoptando así la forma de un remolino. Ambos monstruos estaban, pues, situados en orillas opuestas de un canal de agua tan estrecho que la distancia entre las dos tierras era la de un tiro de flecha, de modo que los marineros que intentaban evitar Caribdis terminaban cayendo presos  de Escila y viceversa.

Escena representada en un ánfora griega del museo de Oppidum de Ensérune (Roselló, Francia)

Entre Messina y el continente apenas hay media milla… Es decir, el relato parece hecho a la medida de este estrecho, por eso, cuando aparecieron aquellas decenas de hombres agarrados a sus mástiles no pude evitar las comparaciones. Toni aclaró que eran pescadores oteando la superficie del mar en busca de peces espada (por lo visto se mueven en la superficie y es fácil detectar sus aletas) pero… ¿No parecen la versión 2.0. del héroe griego?.

Pescadores de pez espada en una barca humilde

Las pequeñas barcas de vela de antaño (falucas) han sido sustituidas por barcos a motor ensaetados por mástiles que pueden llegar a medir 25 metros, en cuya punta otean de uno a tres hombres, mientras quien lleva el arpón espera en cubierta. Para tener más superficie en la que trabajar, estos barcos añaden una pasarela de unos 30 metros en la proa. Dicen que cuando aparece la presa, los oteadores lanzan gritos en voz lo suficientemente alta como para que los arponeros puedan lanzar sus “flechas”.

Pescadores de pez espada en embarcaciones grandes

No sé cómo imaginaban nuestros antepasados griegos las voces de las sirenas pero yo siempre las supuse cautivadoras y dulces y no alaridos broncos… El caso es que ninguno de aquellos barcos logró pescar una pieza delante de nosotros. La docena de embarcaciones se movía entre los remolinos como moscas alrededor de una bombilla, sorteando los cargueros y transbordadores que a esa misma hora pasaban por el estrecho, mientras nosotr@s hacíamos lo propio intentando rescatar una toalla que cayó al mar en un golpe de viento. El caso es que allí todo el mundo miraba la superficie con atención y sin éxito.

Cuando estábamos a punto de desistir en nuestra búsqueda, una embarcación vecina pareció encontrar su objetivo. Precisamente era la más pequeña, tanto como para no llevar mástil alguno al que pudiera agarrarse quien oteaba el mar. Lapersona que había visto la pieza era una joven que se sostenía en pie como una especie de mascarón de carne y hueso, quien lanzaba el arpón era su padre, quien manejaba el barco, la madre. Al otro lado del arpón… un pequeño pez luna que rompió el corazón de Toni. Estas especies pueden alcanzar una tonelada de peso y aquello que habían pescado apenas medía medio metro.

Después de ver el espectáculo, me alegré que en todo el viaje haya resultado tan difícil encontrar pescado fresco. Nuestra ruta pasa por numerosas áreas protegidas y en muchas ocasiones la pesca parece dirigirse principalmente al autoconsumo.

Aquel día preparé unas berenjenas a la griega para chuparse los dedos. Sí, fui yo la cocinera. Es más: estoy pensando en escribir un libro de recetas de cocina para barcos. Sé que en estos momentos quienes me conocen habrán caído fulminados al suelo porque es de sobra conocido que yo no cocino y cuando lo hago hiperventilo, pero llevo más de un mes al frente de los fuegos y he constatado que los comensales me hacen la ola. Probablemente algun@s estarán pensando que esto se deba a un espejismo o a un acto reflejo alimentado por el entorno, pero mis fuentes me avalan y las pongo a disposición de cualquier incrédul@ que quisiera contrastar mi afirmación.

Por el momento he logrado compilar media docena de trucos que me dispongo a compartir en este post porque los considero, humildemente, revolucionarios. El orden es cronológico, como lo son todas las recetas de cocina.

Ana supervisando la inmersión de Jaume y Rocío

Para empezar, sumérjase a los comensales en el mar durante, al menos, media hora. Cuanto más larga, activa y profunda sea la inmersión, mejor saldrá el plato. Los gruñidos placenteros, exclamaciones y beneplácitos de Ana se multiplicaban si en vez de nadar o hacer snorkel se llevaba para el cuerpo una inmersión de las reglamentarias, con el trajín de botellas, cinturón con lastre, etc. En el caso de Jaume, el placer se medía por la velocidad de la ingesta.

Un puesto del mercado de Cagliari (Cerdeña), atrás quedó la abundante variedad

Segundo truco: detecte los productos de la temporada (en este caso son tomate, calabaza, calabacín, pimiento y cebolla en todas sus modalidades, especies, tamaños y formas) y una vez que tenga en sus manos aquél que vaya a ser más troceado, cántele. No hace falta mirarle fijamente, se trata de cortar y cantar. Si ha olvidado la letra, tararee, si es perfeccionista, ponga su tema preferido de fondo. No importa que tenga mal oído, se trata de cortar y cantar, así de fácil. Yo últimamente tarareo Eu sei que vou te amar, entre otras razones porque la letra es fácil de recordar y a mí se me ha quedado en la cabeza desde que Ana la cantó a media voz…

Tercer elemento: remover mientras entra la risa tonta, importantísimo. En esto he tenido una gran maestra, Rocío. En los 15 días compartidos sólo hubo una hora en la que no sonrió: al día siguiente de darse el golpe en el brazo (bajó del Brancaleón al dingui en un momento de fuerte oleaje), el moratón hacía su trabajo y tuvo que tomase un analgésico. Incluso en ese momento, con sólo recordar la cara perpleja con la que se quedaron mirando ella y Jaume, de pie en el borde de la barca y antes de que ella saltara al mar (como si quisieran bailar un tango), comenzó a esbozar una sonrisa que una hora después se transformaría en carcajada. Ojo, en su uso culinario, no vale cualquier risada, si no provocar la que se conoce también como “risa floja”. Esta aparece de forma garantizada cuando se recuerda algún momento tonto. Una vez que se comienza a sonreír, se ha de seguir removiendo el guiso hasta que llegue la carcajada, ése será el momento adecuado para que repose lo que se tenga en el fuego. Se puede repetir tantas veces como lo requiera el plato.

Para poder hacer esto hay que tener una buena memoria cómica y Rocío la tiene. La he visto rodar por el suelo doblada por la risa con sólo sumar en solitario los momentos tontos que solíamos tener Ana y yo. Por ejemplo, la tarde en que estuve jugando con las cartas al solitario durante al menos 15 minutos sin darme cuenta que habían quitado los doses de la baraja; el momento en que Ana se quedó con la arandela de la lata de aceitunas en la mano y comentó, circunspecta, “vaya, ya se ha roto”; la noche en que, después de buscar infructuosamente el pimiento que había tenido en la mano, exclamé, entre incrédula y emocionada “nooo, no es el pimiento… sííí, sí lo es” después de que ella lo encontrara en la basura y yo me pusiera las gafas; las conversaciones de besugos que produce el viento como el día en que Jaume hablaba de hacer un nudo plano y Ana le contestó que sí, que se tiraría en plancha.

Toni, Ana y los delfines, asomados a la proa

Cuarto truco: Asomarse por la borda mientras se espera el punto de ebullición. En el caso de que se trate de poco tiempo, vale también asomarse a la ventana (más fácil cuando se trata de adaptar la receta a la cocina de tierra). Este es un punto conflictivo y reconozco que tengo que mejorarlo porque pueden producirse situaciones peligrosas, como que se le vaya la olla a quien cocina al escuchar !delfines, delfines!. En esos casos he sido conservadora, he apagado el fuego y me he lanzado escaleras arriba a jugar con ellos. Afortunadamente han aparecido a primera hora de la mañana, de modo que lo único que había en el fuego era el café…

El quinto elemento: introducir los elementos del entorno en la medida que se pueda, en los que incluyo el mar y el viento. Mientras no hay modo de que piquen, uso el agua de mar  siguiendo los pasos de Nuria, todo un legado en el Brancaleón. Al fin he descubierto las proporciones adecuadas: en caso de que se trate de una cocción larga, un vaso de agua de mar por dos de agua potable.  Para terminar: no se pueden  imaginar lo que sucede cuandoel alimento se enfría al ritmo de ligeros golpes de viento.

Stromboli en la distancia

by MARTHA ZEIN

Teresa amaba a otro hombre en aquellas fechas, se llamaba Albert y era su marido. Querían hacer realidad uno de esos sueños que algunas personas se disponen a cumplir antes de morir. Albert amaba las rocas, las montañas y tenía los días contados, de modo que aquel viaje al corazón del volcán no era precisamente turístico. Lo que no imaginaban es que Stromboli les cambiaría la vida. La muerte certera no le esperaba en el lecho de casa o del hospital, tal y como vaticinaban los médicos. 20 años después, ella escribiría un libro, “Matèria Viva” (Raval Edicions SLU, Proa), con el que ganaría un premio (Joaquim Ruyra de narración) y estrenaría su trayectoria literaria. Su primer relato, llamado “Escòria”, recuerda aquel momento en el que el destino dobló la esquina:

“El vent havia virat i la Marcel·la i jo tractàvem inútilment d’evitar que ens portés el fum i la cendra als ulls. En el moment en què ens posàvem dretes per canviar de lloc d’observació es va produir una explosió terrible. Davant nostre va créixer una columna gegantina, espessa i negra de fum i cendres, que va omplir el cel. Queien grans bombes volcàniques i vam tenir el temps just de veure quatre figuretes que s’allunyaven corrent del cràter abans de posar-nos nosaltres mateixes a refugi de la intensa pluja de lapil·li que se’ns precipitava al damunt.

Quan podem tornar a mirar el cràter no veiem ni l’Albert ni el Pere. Només els francesos que enfilen carena amunt.Vull pensar que són a l’altra banda del collet, que s’han quedat a mirar alguna cosa que els crida l’atenció… Però a mesura que passen els minuts creix la inquietud. No els veig. No poden haver anat enlloc. Arriben els francesos. Pregunto. Contesta ella: «Ferito, blesato, blessé». «Tots dos?», vull saber. «L’un, à la jambe, l’autre le tient». Està histèrica, parla mentre camina, no s’atura. Insisteix que no ens moguem de lloc, que allà baix és molt perillós, que ells se’n van al poble a buscar els carabinieri. I fa un gest de total impotència. No em crec que no puguin pujar un ferit lleu. Em pregunto per un moment qui és el ferit. Ha de ser greu. Automàticament la Marcel·la i jo comencem a baixar cap al cràter. Passen pocs minuts i el Pere surt de darrere el collet. Em crida. Només diu el meu nom. En aquell moment sé que l’Albert és mort. Són dos quarts d’una del migdia al cim de l’Stromboli”.

Toni es amigo de Teresa (ambos son biólog@s) y conoció a Albert. El libro pasea por casa desde que se publicó en 2009. Yo comencé a leer catalán con su relato. Durante todo este tiempo el encuentro con la muerte de Albert ha salpicado algunos monólogos y sin embargo Toni y yo apenas realizamos un par de respetuosos comentarios al respecto. Lo que no sabe Teresa es que hace años que ella tiene el rostro de Ingrid Bergman en  “Stromboli, terra de Dio” (1950)

Por eso, cuando nos recomendó que al llegar a Stromboli buscáramos la gelatería/restaurante Ritrovo Ingrid, una parte de mi corazón se levantó de la silla, como si mis secretos monólogos se hubieran desvelado y algo desconocido estuviera a punto de hacerse realidad. La fuerza del volcán quizá no se limitara a su erupción, quizá eso fue lo que comprendieron Teresa y Roberto (Rosellini)…

Voy de mis silencios a las risas. Aún quedan pocas millas para llegar a su costa y Toni y Ana quieren encontrar los restos de una embarcación hundida en uno de los islotes del camino, cerca de Panarea. Jaume y Rocío también harán una inmersión corta, estrechamente supervisados. Es especialmente divertido: el mar no arde pero las burbujas de las pequeñas fumarolas nos convierten en algo parecido a un guiso. La fuerza del volcán vecino se siente incluso debajo del agua.

El barco hundido a principios del siglo XX a los pies de un islote llamado Lisca Bianca

Sabemos que subir al cráter supone un trayecto de más de tres horas, que la ascensión en plena temporada alta podría asemejarse a un sudoroso paseo por la Gran Vía, que los precios a pagar obligatoriamente por los servicios del/de la guia son desorbitados (40 euros por persona) y que nuestros horarios de llegada no encajan con la oferta. Además, el sueño común es ver la actividad volcánica desde el barco, de noche, y observar cómo se desliza la lava roja en mitad de la oscuridad mientras nos mecen las olas a los pies de la ladera… Suficientes argumentos como para hacer el recorrido hacia Stromboli de la manera más hedonista posible.

La tripulación está dispuesta a seguir batiendo récords de baños, la mayor hace una sombra agradecida en cubierta, es un buen momento para hacer fotografías y disfrutar del recorrido. No tenemos prisa. Veremos la isla en todas las gamas de azul que permita la calima, hasta alcanzar el más oscuro, al caer la tarde.

Dormitamos, leemos, hablamos. L’Archiduc dice: “Algunas casas modernas tienen balcones con ménsulas de lava de Strómboli cubiertas de mármol de Carrara. En Stromboli se ven muchas edificaciones nuevas y no existen casas de alquiler, pues todo aquel que se casa se construye una nueva vivienda (…)  Todas se construyen con el dinero ganado con mucho esfuerzo en el mar, pues los strombolanos son gente de mar, que no sólo tripulan los 65 veleros que hay actualmente en la pequeña isla, sino que también navegan en otros barcos italianos. Campesinos de Lípari, Filicuri y Calabria cultivan la tierra, haciendo el trabajo al cual estos hijos de las olas no se pueden dedicar”. En Strómboli se construyen las casas con petra morta, una lava de escorias, rojiza y negra, muy abundante bajo el suelo”…

Petra morta… sonrío, ilusionada… entonces, sí, existen las piedras vivas. Tengo una amiga que duerme en un lecho de amatistas. Su calor la mece por las noches haciendo que ella, que antaño fue amapola, hoy parezca una rosa del desierto. Sí, hay piedras vivas. Me congracio con el volcán.

Será el último que pisemos en nuestro recorrido. Recuerdo a los habitantes de Stromboli en la película de Rosellini, rogando al dios del fuego que fuera benevolente con ellos. Creo que ya lo está siendo con nosotr@s.

Nos amarramos a una boya del muelle de San Vicenzo, pensamos estar tan sólo unas horas en tierra. El puerto se ofrece atestado de barcos; lo comprendo, sigue siendo el único modo de abandonar la isla en caso de erupción. Imagino que al menos hay una barca por familia. Además están las grandes embarcaciones que en el momento en que llegamos recogen a centenares de turistas. Antes de poner el pie en la isla nos enteramos que el volcán ha estado especialmente activo, lo que obligó a quienes hicieron a la excursión a la fossa el dia anterior, a volver sobre sus pasos sin cumplir su objetivo. Quizás por eso nos pareció que la ciudad estaba “descongestionada”.

Sé que la isla está en permanente vigilancia desde hace años. Miro la dedicatoria del libro  hago cuentas y comprendo que Teresa debió plantearse su escritura en 2007, la última vez en que el volcán entró en erupción. El habitual plan de seguridad en estos casos es invitar a los 450 habitantes de la isla, así como de las vecinas Panarea y Lípari, a que se alejen de la costa… Pero nada diría que estemos precisamente tan cerca de las piedras vivas. La sensación de alarma no se palpa en el ambiente; por el contrario, atravesar el pequeño pueblo de noche resulta delicioso; quizá porque es imposible vivir en ese estado de ánimo toda la vida o quizá, simplemente, no existe alumbrado público en sus calles, el aroma de los cañizales embriaga y porque el rumor que sale desde sus casas invita a la calma.

Por el camino encontramos la casa en que Ingrid Bergman vivió durante el rodaje de la película y en la que surgió también su apasionado romance con Roberto Rosellini.

La placa que recuerda el paso de Bergman por la isla

Por supuesto, fuimos directamente Ritrovo Ingrid, que resulta ser un restaurante situado en la plaza de la iglesia y desde cuya terraza se contemplan buenas vistas de la costa?Nada más llegar obedecimos al pie de la letra las indicaciones de Teresa: pedimos granita de limón y resultó que era cierto, era uno de los mejores que he probado hasta ahora (a este paso me convertiré en una experta). Estaba esperando un momento así para hacer un brindis por Joana, nuestra amiga menuda, la pequeña rosa del desierto. No ha podido venir, su lecho de amatistas no le permiten dormir en el Brancaleón, pero esta noche estará con nosotr@s contemplando cómo el Strómboli entiende de rocas vivas.

Antes de regresar al barco y dirigirnos a la cara oeste del volcán (donde pueden percibirse claramente sus explosiones), Toni nos hizo posar en el muelle, logrando que nos multiplicáramos por dos.

Rodear la isla de noche y esperar, al pairo, a que el volcán escupa trozos de su corazón, es emocionante. Contamos las explosiones como quien descubre estrellas fugaces en el cielo. Y yo las voy enhebrando, como si fueran cuentas de un collar, con retazos de esos Stromboli que forman parte de mí antes de llegar a éste: la dedicatoria del libro de Teresa (Escriure i recordar, escriure per recordar, Escriure per poder plorar si en el record no hi ha prou llàgrimes. Escriure per somriure si el moment va ser excessivament solemne. Escriure per entendre. Escriure per perdonar, per perdonarme. Escriure per compartir. Escriure per viure, per reviure, per sobreviure. Hivern i primavera, 2007); la escena final de Bergman clamando al volcán por su destino…

… y la sonrisa de Joana, la primera que me hizo creer en las piedras vivas, en la cristalización del alma, en la transmutación de las amapolas en rosas del desierto, en la capacidad del ser humano para atravesar los volcanes y arder en los fuegos de la vida…

 

Quien ama viaja dos veces

16 de julio de 2012

by MARTHA ZEIN

Si alguien pregunta en el Brancaleón en qué día estamos puede dar lugar a un breve debate en el que realmente tampoco importa el resultado. El nombre seguirá siendo un enigma; el número logrará deducirse en función del espacio y la experiencia; con el mes no hay duda (Julio); en cuanto al año… hay momentos en los que baila dentro del calendario, porque los impulsos del corazón, los sentidos y la memoria se alían para que viajemos a una densa cuarta dimensión.

Summertime,  And the livin’ is easy, Fish are jumpin’“, cantaba Ella Fitzgerald en 1968. Fue Ana quien la subió a bordo una mañana antes de partir. El ruido del mar y las velas hacían del rincón del barco un espacio de intimidad, por eso fuí la única que la escuchó, por mucho que estuviéramos en medio del grupo. Es verano, la vida es fácil, el sol empuja lentamente hacia delante y hacia atrás; aunque no exista ni pereza, ni siesta, ni moscas, ni haya vuelto a la infancia, los peces saltan…

Fondeamos en esta cala cercana al puerto de Lípari, a poco más de una milla de la costa de Vulcano

Es Julio y esto es Lípari. La pasión que ha despertado en mí el relato de L’Arxiduc hace que vaya y vuelva de 2012 a 1893. Esta mañana me levanté cantando y extendí mis alas, tomé el cielo y me colé en los posibles diálogos que Luis Salvador mantenía con su prima y amiga, la errante Elisabetta Amalia Eugenia von Wittelsbach, Duquesa de Baviera y Emperatriz de Austria (1854-1898), conocida como ‘Sissí’. Es posible que alguna vez él le explicara que a los habitantes de Lípari les gustaba acercarse a Vulcano “para gozar asando los frutti di mare capturados en la Punta di Juncu” o que el pálido color verdoso de los trabajadores de las sulfataras de Vulcano desaparecía de la piel de los habitantes de Lípari o recordara que en sus balcones “florecen las borlas de cardenal y el basilisco, verdean pequeños limoneros y los pequeños camuesos dan frutos de color rojo escarlata. En muchas casas trepa una vieja parra.”

…..Me sorprende que las calles tengan el mismo nombre después de más de siglo y medio de vida, son tan duraderos como el hermoso forjado de los balcones. Durante unos minutos el recorrido de Luis Salvador y el nuestro encajan de manera inevitable:  “Saliendo de la Marina Luonga, la Via Eolia, que ahora se tiene intención de ampliar, se ramifica y termina, tras dejar a la derecha varias callejuelas y a la izquierda la Via al Mare, con dos barracas de techo de ladrillo de piedra pómez y algunas casas recién construidas…” Aquel paisaje desapareció pero los pasos coinciden.

“El edificio del castillo de Lípari nos muestra ya desde el comienzo diversas edificaciones: una torre angular de origen moderno con una garita redonda arriba, después un fuerte torreón que sirve de entrada, y enseguida de nuevo un grupo de casas, a través de las cuales asciende el abovedado pasadizo…”. Ana y yo posamos para Toni e hicimos, sin darnos cuenta, el contraplano del grabado que luego encontraríamos en la edición limitada del libro editado por la Associació Amics de L’Arxiduc en 2008. No estuve en aquellas conversaciones, pero mi aquí y mi ahora resplandecen, tiñéndose de colores que antes no apreciaba. Así de generoso es el viaje para aquell@s que logran asomarse a otros ojos, movid@s por los verbos que sabe declinar el corazón.

Perfil de Lípari, desde el interior

Pero si aquello que sucedió hace siglo y medio puede abrirnos las puertas a un viaje  cautivador, cuando la mirada pertenece a nuestros mayores el recorrido se empapa de una cierta melancolía, y deja notar el peso de la herencia. Los padres de Toni, Jaume y Francesca, estuvieron en esta isla hace más de diez años. Unos días antes de poner el pie en Lípari, Francesca nos envió un mail: “Va ésser una experiència única: ens recordava molt la nostra antiga Mallorca, la que ja mai tornarà… quan anàvem  a esperar el barco a La Riba amb els bistros i les fondes, just darrera noltros… i molts ciutadans anàven a veure arribar el barco. Just aixó… “Esperar el barco”.

Desde el sillón de su cuarto, en Palma, Francesca sigue viendo a las personas que ella y su marido iban a esperar, a sus estimados padres, hermanos y hermanas, el tío Toni y la tía Henriette, las ensaimadas que compraban por el camino y el chocolate que preparaba su estimada abuela (que no iba al muelle)…. y los vecinos se acercaban a saludar que en ocasiones les convidaban a cenar en su casa… Summertime, la vida era fácil y Jaume estaba a su lado… Ahora,  a la sombra de los bambús, el rincón más fresco de su casa, junto a las hortensias, una brizna de tiempo le acaricia la cara y ella escribe un mail a su hijo, que está en Lípari, que termina así: “QUAN EL CAPVESPRE A POC A POC EL SOL ES COLGA / GRAN ENYORANÇA SENT DINTRE DE MI / LES PLANTES I ELS AUCELLS TAMBÉ T’ESTRANYEN / A DINS EL TEU JARDI / JAUME T’ESTIM”.

La mina de piedra pómez abandonada nos acunó al caer la tarde

Jaume, Rocío y Ana ya no están en el barco, tampoco ahora estamos en Lípari, pero quien ama viaja muchas veces, al menos dos en cada instante. Se fueron en apenas 24 horas pero pareció que abandonaban planetas distintos. Desde que empecé a compartir travesias largas con amig@s, hace ya cinco años, cuando llega el momento de la bienvenida y la despedida hago un juego: observo qué espectáculo les prepara el viento y el mar. He comprobado que a cada quién les aguarda un momento “a la medida”.

Jaume y Rocío partieron de forma intempestiva, el viento arreciaba, el mar parecía furioso y el puerto en el que habíamos fondeado no era seguro. Ell@s se llevaron los días plácidos, lentos, sensuales… El último beso fue casi robado y tuvimos que gritar a voz en pecho (cómo no) T’estim. El ruido del viento se comía nuestras palabras de amor. Unas horas después Ana también hacía las maletas. Para ella todo se puso en orden: amarramos sin prisas, con el tiempo suficiente como para hacer la última foto y sonar nuestra caracola.

Ahora, aunque no estén, canto a pleno pulmón (como Jaume) con una enorme sonrisa (como Rocío) el tema que me susurró Ana poco antes de partir: “Samertaaaaaaaaaimmmmm y la vida es faaaaaaaaciiiiiiiil”

(Ahí va el temazo, parte de la película Porgy and Bess -1959)


Tener tiempo en Vulcano

14 de julio de 2012

by MARTHA ZEIN

A medida que nos acercábamos a nuestro destino el sol se abría paso en el horizonte y la isla mostraba un insospechado color verde. Esperaba encontrarme un paraje desolado, tierra negra como el carbón o amarilla como el azufre en polvo, pero la cara noroeste de Vulcano aparecía cubierta de una capa vegetal que suavizaba todas mis expectativas sobre la aridez y sus consecuencias.

Podría haber acortado distancias abriendo el libro sobre las islas Eolias que escribió el Archiduque Luis Salvador (conocido como L’Arxiduc en Baleares) a finales del siglo XIX y que nos acompaña desde que comenzamos el viaje, pero quería dejarme llevar por la lentitud y esa curiosa ignorancia que obliga a mantener los sentidos alerta y a hacerse preguntas sobre cualquier detalle. No, no me gusta que me expliquen qué significa aquello que veo; en esta era en la que aprendemos que todo lo desconocido es peligroso prefiero algo tan antiguo como disfrutar con la sensación de que exploro un lugar por vez primera, porque es cierto, es mi primera vez en Vulcano y yo la descubro, no ante el mundo sino ante mí.

Paladeé con la mirada cómo la isla iba mostrando los secretos de su fisonomía a medida que el Brancaleón acortaba distancias: Vulcano como un minúsculo punto azul; Vulcano en la palma de la mano; la primera brisa trayendo el olor a azufrej mural clavado en proa; las arrugas y heridas de Vulcano… Me pareció que

se desnudaba esperando a que pusiera el pie en ella.

Fondeamos poco después de las seis de la mañana en la bahía de Poniente y a las ocho ya atravesábamos el pueblo, de camino a la boca de la montaña. Oh, sí, un volcán es hembra y sus laderas el monte de Venus.

En una curva en la que el firme de la montaña se vuelve gris y pedregoso, encontramos un puestecillo de plástico cubierto de hojas de palmera en la que una mujer inmensa vendía los tickets de acceso (tres euros por persona). La carne desparramada de su cuerpo,  y húmeda por el sudor, parecia encajada en la caseta. Con una agotada sonrisa admitió que los carteles que anuncian una ascensión de 800 metros quizá se hubieran quedado cortos. Toni llevaba, como siempre, el gps e iba marcando los grados de inclinación y las distancias reales; sabíamos, pues, que las cifras eran muy inexactas (había unos dos kilómetros y medio hasta la cima), sin embargo yo me entregué a esta contabilidad optimista en cuerpo y alma, celebrando cada cartel que anunciaba que la cima estaba 200 metros más cerca.

Lo que primero se ofrecía como un paisaje gris pasaría a ser ligeramente rojizo, hasta alcanzar un blanquecino amarillento ya cerca del cráter (la fossa). Las piedras del firme se fueron haciendo más angulosas y grandes, hasta adquirir formas caprichosas. El camino nos iba descubriendo espectaculares perspectivas de la bahía, en la que se balanceaba el Brancaleón. y del horizonte, donde apenas se dibujaban, azules por la calima, el resto de las Eolias.

Nos cruzamos entre las fumarolas con caminantes aún más tempraner@s que nosotr@s, que desandaban entre rumores o en silencio el recorrido. En lo más profundo de esa enorme vulva volcánica alguien (quizá se llamara Fra) escribió su nombre y dibujó un corazón atravesado.

Pienso en L’Arxiduc. Hace pocos días recibimos un mail de nuestra amiga, historiadora y guionista Silvia Ventayol en el que me recordaba que este miembro del imperio austro húngaro “es el precursor de hace 100 años del buen turismo, el responsable de que hoy muchos se aventuren a conocer el Mediterráneo o lo anhelen, o lo quieran desde allí donde estén, en movimiento o desde las rocas y la arena, con las algas en sus pies, esperando ver pasar un barco en el horizonte para poder partir o soñar“. Silvia es la comisaria de la exposición permanente sobre el Arxiduc que días antes de nuestra partida se inauguraba en la celda municipal de la Cartoixa (Valldemossa, Mallorca). En nuestro último encuentro en Es Mal Pas (Alcudia, Mallorca) hablamos del proyecto Nixe III  con el que un grupo de navegantes e investigador@s (Juan Ramis, Helga Schwendinger, Jaume Vidal, Rafael Sardà y Eva Mestre, entre otr@s) siguen los pasos del barco en el que Luis Salvador recorrió el Mediterráneo y sus islas.

Es decir, las ganas de encontrarme con la descripción del lugar  existen desde hace semanas, pero retraso el encuentro, quiero llegar a él con argumentos propios para convertirlo en una indirecta conversación con un apasionado por la geología, la antropología, los viajes y los idiomas y, por lo que cuentan sus biograf@s, una magnífica persona.

Cinco horas, dos litros de agua, una granita de mora y un chapuzón después seguía siendo temprano. Con deleite, en un rincón en sombra de cubierta, abrí uno de los dos tomos, concretamente aquel que describe este volcán y que L’Arxiduc completa con sus grabados. Su relato comienza así: “Cuando se va desde la costa norte de Sicilia a las islas Lípari, la primera que se encuentra es Vulcano, a sólo 21 millas. Por su gran cráter aún amenazador y por su agreste y ceniciento aspecto, auténticamente volcánico, esta isla tiene rasgos singulares. En su rocoso perfil, que a menudo se extiende en soberbias líneas, radica un particular encanto, el cual cautiva al visitante y queda en el recuerdo imborrable de todo aquel que la ha visto una vez” (Archiduque Luis Salvador, Islas Lípari, 1895, Traducció Associació Amics de l’Arxiduc, 2008). Para mi sorpresa, descubro que ambos hicimos la misma ruta y amarramos nuestros respectivos barcos por primera vez en la bahía de Poniente. La coincidencia hace que el viaje se vuelva circular y yo me deje llevar por su espiral.

He mantenido este tipo de diálogo con el paisaje y su entorno durante dos días. Primero hacíamos el recorrido con el Brancaleón y después lo contrastábamos con la experiencia del Archiduque, logrando que el tiempo se acortara y alargara de manera emocionante. He aquí las pruebas visuales del contraste de dos mundos… o quizá tres, porque Luis Salvador también tiene un recuerdo pretérito en sus retinas: cómo era la isla antes de su última explosión (que comenzó el 3 de agosto de 1888 y cesó el 22 de marzo de 1890)  cuando era un vergel próspero gracias a un escocés llamado James Stevenson, y cómo la encontró en 1893. Cuando una de las jornadas terminó casualmente en la Cantine Stevenson, lugar en el que antaño Stevenson fermentaba el mosto que obtenía de sus viñas, me pareció que el tiempo quedaba definitivamente abolido.

He aquí un sencillo detalle de la conversación con el Archiduque.

En 1893, el muelle de Poniente donde amarró el Nixe II ofrecía unos paisajes lo suficientemente atractivos como para que él buscara el lugar más adecuado desde el que realizar los grabados, que luego describiría con precisión: “El Puerto di Punenti, cuya orilla arenosa, con muchos trozos de piedra pómez, se prolonga por el sur apenas sobresaliendo y está formada principalmente por quijarros de obsidiana frente al Faragghiuni di Puortu di Ponenti; situado sólo a unos metros…”

Logramos encontrar el lugar desde el que Luis Salvador realizó su dibujo y allí Toni fue encuadrando y disparando, enfocando, y volviendo a disparar su cámara de fotos. Hoy el farallón ha perdido su forma  y donde hubo guijarros de obsidiana se levanta un pequeño muelle, al que una familia de bañistas se asomaba sin apenas despegarse unos metros de su coche…

by MARTHA ZEIN

Partimos hacia la isla de Vulcano desde el Capo d’Orlando (Messina), nombre que hace referencia al noble cristiano, paladín de Carlomagno, muerto en combate contra los musulmanes en Roncesvalles. Este hecho le convirtió en protagonista de un relato épico de la Francia medieval conocido como “La chanson de Ronald“, un cantar de gesta escrito a finales del siglo XI (tres siglos después de los acontecimientos reales) que lejos de ser comido por la historia, se ha ido replicando y reescribiendo hasta formar parte del actual imaginario siciliano.

La primera vez que encontramos al caballero Orlando matando dragones, enfrentándose al enemigo o salvando a su damisela (Angelica) por los rincones fue en Terrasini. Tras la final de la copa de Europa, nuestro amigo Giovanni se ofreció a darnos una vuelta por el pueblo y el primer sitio en el que paró fue en el puesto de pipas mas psicodélico de mi vida: estaba enmarcado por un retablo iluminado con decenas de bombillitas que representaba las hazañas de este caballero medieval. Su autor, el primo del comerciante.

Cada cuadro representa una escena de la versión de la historia que acuñó a su manera la iglesia de Roma en la época de la Primera Cruzada. La historia podría perfectamente corresponder a un de esas películas fantásticas de Hollywood. La película comienza en el momento en que Carlomagno ha conquistado  toda España de manos de los musulmanes y sólo le queda recuperar Zaragoza, que sigue en rnanos sarracenas. Después de pedir la paz, el rey Marsilio termina atacando a la retaguardia franca en Roncesvalles, precisamente conducida por el joven Orlando, sobrino de Carlomagno.

A pesar de que el paladín cuenta con la espada Durendal, regalo de un ángel, verá cómo a su alrededor irán cayendo, uno tras otro, sus guerreros, hasta ser él mismo herido de muerte.

Sólo entonces el caballero aceptará soplar el Olifante, un cuerno mágico, para llamar en su auxilio a su tío…

Orlando y sus delirantes hazañas han vuelto a cruzarse en nuestro camino varias veces, en puestecitos callejeros y tiendas de souvenirs donde venden muñecos que representan a personajes de la historia.

Los más reproducidos son  “il paladino Orlando”, “la bella Angélica”, y Rinaldo, el enemigo sentimental de Orlando, a quienes encontramos en lugares más sorprendentes, como motivo de decoración de los carros donde antaño se vendían verduras, frutas, helados… He aquí un ejemplo del que encontramos en Cefalú.

La historia tiene todos los ingredientes como para convencer al público más joven de ahora, pero ¿Cómo ha conseguido esta historia atravesar la historia y permanecer tan viva en Sicilia?. Para empezar la isla estuvo ocupada militarmente por la corona de Aragón, y la leyenda de Orlando relata derrotas españolas… Mirado así, el encuentro con el retablo en Terrasini el dia en que el equipo italiano perdió la copa de Europa no era tan vanal… Uhm.

Otra de las razones por las que la historia se ha mantenido en pie ha sido gracias a la tradición tan arraigada que tiene el teatro de títeres en Sicilia. Hasta mediados del siglo pasado, en el que el cine y la televisión se impusieron como espectáculo, las marionetas llamadas pupi causaban una gran expectación entre el público siciliano. La Opera del Pupi apareció en Sicilia a principios del siglo XIX. El origen de este tipo de teatro sigue siendo un misterio, aunque hay quienes aseguran que proceden de España, donde se usaban desde el siglo XVI, como consta en el Quijote.

Una de las obras más representadas durante siglos ha sido precisamente la de Orlando, sobre todo en la versión italiana (Orlando enamorado) en la que se incorpora la figura de Angélica, la amada que le hace llegar a la locura y cuyo amor ha de arrebatar a Rinaldo.

En los pueblos más pequeños estas representaciones teatrales se ofrecían en varias sesiones, de modo que durante unos días el público quedaba enganchado con las  hazañas y disparates de Orlando, haciendo que valores como la dignidad, el honor, la caballerosidad, etc. fueran valores vinculados con la seña de identidad siciliana.

Orlando, Rinaldo y, en el medio, Angélica

Cae la tarde y a lo lejos el castillo de Orlando se convierte en el referente de nuestra partida. Serán unas cuarenta millas y las haremos de noche. Mientras veo cómo nos alejamos lentamente del cabo, sigo dándole vueltas la propaganda que las Cruzadas hicieron de la muerte de Orlando, fundador de la ciudad que dejamos a nuestra espalda. Aunque los hechos acaecieron en torno en el año 778, la iglesia católica mantuvo vivo al personaje que representaba al cristianismo como referente de la verdad hasta el punto que en el siglo XVI hubo autores italianos que “remasterizaron” su leyenda. Uno de ellos es el popular Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, una versión irónica de los libros de caballerías y continuación del Orlando enamorado, de Matteo Maria Boiardo, en la que el caballero Orlando se enamora de Angélica, una mujer pagana de extrema belleza por quien realiza innumerables proezas…

Esta noche subiré al caballero Orlando al Brancaleón, a ver si consigo no cabecear en las guardias. Espero que me cuente cómo perdió la cabeza al saber que Angélica se había casado con Medoro, el soldado del que se ha enamorado. Para rescatar a su compañero de ese rapto de locura, un caballero inglés, Astolfo, tuvo que viajar con el carro de Elías hasta la luna, donde se encuentran las cosas perdidas y allí logró encontrar el juicio de Orlando. Mientras, sin saber qué le pasaba, el paladín estuvo luchando y odiando al marido de Angélica, hasta el extremo que si ella se salvó de su furia es gracias a un anillo mágico que le hace desaparecer…  ¿No es un peliculón?

Mafia para turistas

10 de julio de 2012

by MARTHA ZEIN

No quería caer en los tópicos pero a medida que avanzamos por Sicilia nos vamos encontrando de bruces con referencias directas a la mafia. La última ha sido en una tienda de souvenirs de Cefalú. Entre las ofertas de productos típicos de la zona encontré un librito que ocupaba un sitio propio junto al de recetas de cocina siciliana. Había ejemplares traducidos del italiano al inglés, francés, alemán, japonés y, claro, también estaba la versión en castellano, así que aquí estoy, hablando de lo previsible.

¿Un libro sobre la mafia en una tienda de recuerdos de Sicilia? ¿Cuánto de la realidad, por tremenda que sea, termina formando parte de la fantasía compartida, llena de tópicos y alimentada por tod@s? Compré el ejemplar, claro, y entre las líneas fuí reubicando las experiencias de los últimos días. Recordé, por ejemplo, que el primero en nombrar a la mafia había sido Giovanni, uno de los peculiares amigos que Toni suele hacerse en cada lugar que pasa. Mientras Italia perdía frente a España en el final de la Copa de Europa, este hombre enjuto nos cedía un asiento en su mesa.

Veíamos el partido en la plaza principal de Terracini, atestada de familias con el rostro pintado y banderas italianas sobre los hombros. Mientras iban cayendo los goles, este camarero, ebanista, albañil… no sólo no perdía el buen talante sino que negociaba el precio de nuestras cervezas y se ofrecía para conseguir una mesa en la trattoría en la que terminamos cenando al final del partido es decir, fuera de hora. Ana, que acababa de llegar directamente del aeropuerto, twiteaba los pormenores para ESKUP mientras Giovanni le iba contando a Toni algunos detalles de su vida,;entre otros, cómo su padre fue uno de los pescadores que tuvo que enfrentarse a la mafia para defender su sitio en el puerto.

Giovanni posando para Toni, junto a Jaume

Encuentro en el libro una referencia a la mafia organizada en Terracini. Nombra a Gaetano Badalamenti, el capo que ordenó el asesinato de Giuseppe Impastato en 1978 por denunciar los delitos y los negocios de este grupo con la droga a través del aeropuerto. Este siciliano se convirtió en un referente de la lucha contra la mafia y hoy es el nombre de la fundación que apoya la publicación de este libro. Calculo que el asunto del padre de Giovanni sucedió por las mismas fechas. Badalamenti no fue sometido a juicio y enviado a prisión hasta 25 años después, lo que habla del arraigo de estas familias de la mafia en las instituciones italianas. A medida que avanzo en la lectura, la marina en la que amarramos (Rosa de los vientos) y sus flamantes fuerabordas adquirieron otro sentido…

Uno de los balcones desde los que Cefalú se asoma al mar

Mientras íbamos descubriendo los rincones rincones de Cefalú, fui mezclando las leyendas de la ciudad con las explicaciones de este breve libro. Un paso adelante y otro hacia atrás, un pie en la realidad y otro en las leyendas, una forma de caminar por la vida más común de lo que parece. Esto me permitía hacer extrañas sumas: en torno a la roca junto a la que habíamos fondeado (y que da nombre a Cefalú porque los griegos la veían como una cabeza gigantesca, céfalo) gira la leyenda de Dafnis, un bello pastor (el Orfeo siciliano) a quien la diosa Hera, después de cegarle por haber traicionado a su hija, transformó en un colosal peñasco…

La Rocca con forma de cefalo…

De desentrañar la cara b del nombre de Cefalú pasaba comprender, mientras tomaba una granita, que la mafia es algo más que una organización criminal. Se trata de un comportamiento, una seña de identidad de un grupo, unos rituales, creencias, obligaciones, prohibiciones, costumbres… Encuentro el párrafo adecuado: “Un archipiélago de asociaciones criminales secretas inclinadas a la conquista del poder y de ganancias mediante estrategias violentas, sí, pero también mediante una trama sutil de complicidad simbólica, ética y relacional”.

Imagino que este referente secular impregna la moral colectiva de l@s sicilian@s, como la corrupción también mancha el comportamiento de una sociedad, tal y como sabemos en España y concretamente en Baleares. Incluso l@s ciudadan@s más honest@s aprenden que existen caminos paralelos para negociar y enriquecerse pues en ellos sus próceres campan por sus fueros. Es así como adquiere mayor sentido una de las “anécdotas” de los últimos días: la desaparición del dingui y la adquisición de su sustituto.

Habíamos ido a la isola delle Femmine, frente al capo Gallo, exclusivamente para bucear. La isla forma parte de las áreas naturales protegidas de la zona, lo que garantiza fauna y flora bella y abundante, además había un par de grutas marinas y algunos restos arqueológicos prometedores. Este enclave se encuentra aproximadamente a 800 metros de la costa en la que selevanta un pequeño y atestado puerto del que vimos salir barquitas y canoas para darse un chapuzón en esta orilla.

Ana bajo el agua, otro pez

Mientras Ana y Toni hacían su inmersión, Jaume y Rocio nadaban con peces y yo nadaba debatiéndome entre si el nombre del lugar provenía de la evolución de lo que podría haberse llamado “isla de Eufemio” o si procedía de la leyenda que habla de  mujeres turcas prisioneras en este pedazo de tierra… el dingui desaparecía de nuestras vidas. Dos horas después y tras una infructuosa búsqueda en las millas que rodean el punto en el que estuvimos fondeados, una barquita se acercó al Brancaleón con la noticia de que habían visto cómo otra, roja, se llevaba nuestra barca auxiliar a puerto. Ingenu@s, Toni y yo creímos, por un momento, que después de todo tendríamos suerte. No eran ladrones, eran rescatadores de barcas perdidas o algo por el estilo… pero no fue así. Después de muchas pesquisas  nos explicaron que, tal y como llegaron a la costa, “los de la lancha roja” (todos les habían visto, nadie les conocía) se habían llevado nuestra motora en un coche.

Carlo, Toni y el nuevo dingui (aún por hinchar)

Teníamos que encontrar la solución en Palermo, ahí es nada. Sin demasiados problemas Toni consiguió en pocas horas una alternativa a buen precio. Mientras le veía cerrar el acuerdo, sentí que tendría que volver a nacer para entender las medias palabras y los gestos con los que pueden negociar dos hombres como Carlo y Toni. Más allá de su indudable honestidad, en el imaginario de Carlo la mafia tiene una parcela propia como en el de Toni  lo tienen las historias de contrabandistas.

by MARTHA ZEIN

Se trataba del tercer ciclón subtropical sahariano que azota Italia. Como al Brancaleón apenas llegan las noticias de los informativos y no miramos el termómetro, nos enteramos del asunto por la vía de los hechos, es decir, por la actividad de nuestras propias glándulas. El primero, “Escipión el africano” afectó a las ciudades del norte y de él sólo recibimos los efectos secundarios. Decíamos “será que en tierra no corre la brisa a la que estamos acostumbrados”. Luego llegó Caronte, que nos hizo sudar sobre mojado, pero como la tripulación del Brancaleón está acostumbrada a los remojones constantes, lo único que sucedió es que hacíamos más paradas en medio del mar o en cualquier orilla. Pero llegó Minosse, la ola que está llevando hasta los 42 grados a Cerdeña y Sicilia… y entonces creímos que el mundo ardía. No extraña que el trayecto hasta Palermo nos salió 100% orgánico.

Los protagonistas de esta historia, en remojo

Habíamos salido de Mallorca con las vísceras preparadas para todo tipo de eventualidades. Para empezar, el estómago, de hecho en una de las hojas de mi cuaderno de viajes llevo la lista de platos sicilianos que habían hecho las delicias de Meritxell durante su estancia en Palermo: Cannoli, arangine, panelle, panino con la milza,  gelato con panino…  una deliciosa y contundente comida rápida que puede comprarse en cualquier puesto callejero o tiendecita de Sicilia. Pero además íbamos con l@s mejores detector@s de este tipo de manjares: Jaume y Rocío. Hice un experimento: no les daría el nombre de ningún plato, a ver cómo iban marcando la ruta.

Descubriendo el interior de unos arancini

Nada más poner pie en tierra en la isla de Favignana, su primer destino tras horas de navegación, descubrieron los arancini, unas croquetas redondas de pasta de arroz con azafrán, rellenas de infinitas posibilidades (carne estofada, ragú, pollo, cipolla (cebolla), requesón…) y fácil de llevar. El resultado es una bola de color naranja, de ahí que se les denomine “naranjitas”. El bocado es contundente pero, como ya he dicho, Escipión aún andaba haciendo de las suyas por el norte… El segundo día, esta vez en Trápani, toparon con los brioches rellenos de helado. Caronte empezaba a nublar nuestra vista, de modo que el encuentro fue concelebrado. La pastelería/gelatería situada tras la gasolinera del puerto ofrecía una variadísima carta de cremosos helados y granita (granizados), sin conservantes. Lo que no imaginábamos era que a la posibilidad del cucurucho, el vasito de plástico o la copa, se unía el brioche que, abierto por la mitad, podía aguantar todas las cantidades de helado que pueda imaginarse.

He aquí un brioche con gelato comiéndose a Rocío

La mezcla de nieve o hielo con jugos de fruta y leche puede encontrarse en los libros de historia gastronómica de los cuatro puntos cardinales de este planeta, pero, dicen quienes defienden el helado siciliano como el mejor, que aquí sus primeros creadores no sólo contaban con la nieve del Etna, la sal marina necesaria para reducir la temperatura de fusión del hielo, los cultivos de caña de azúcar y los limones más exquisitos… sino con la creatividad de una gran cantidad de talleres artesanales. Sea como fuere, para el Brancaleón la ciudad de Trápani fue nuestro lugar de estreno y nos dejamos llevar por la amplísima oferta. Los sabores más excepcionales son el de nueces, almendra (mandorla en italiano), pistacho (que no se ofrece de color verde brillante precisamente porque no se usan colorantes ni sabores artificiales), mora (del árbol de la morera)… Por lo que respecta a los granita, descubrimos que es es fácil que l@s sicilian@s desayunen uno de estos raspados de limón, café, almendra, fresa, zarzamora, jazmín, mandarina… en los que mojan el brioche (en siciliano se llama minna por su semejanza con un pecho de mujer).

Jaume a pleno pulmón

También contábamos con que la presencia de Jaume en el Brancaleón activaría nuestros pulmones. Nada más llegar a bordo estableció la costumbre de cantar a voz en pecho durante la navegación; no importa el repertorio, cantar oxigena los pulmones y es bueno para el humor. El récord lo batió en el recorrido de las Egadi a la costa siciliana; fueron cinco horas, en las que interpretó toda la banda sonora de Jesucristo Superstar, temas de Els amics de les arts, Ossifar, Estopa… y, por supuesto, las mejores piezas del repertorio de su grupo de Gospell The New Zombies. Cuando llegó la noche y las luces del funicular que lleva de Trápani al templo de Afrodita se encendieron, iluminando la bahía en la que fondeamos, Jaume activó los botones de portátiles y móviles en busca de música e hizo que el silencio de la noche llegara con retraso.

En primer plano, el castillo / templo de Afrodita, de fondo, Trápani

El botón más rojo estaba en el punto más alto del aquel monte, lugar de culto y veneración de las diosas del amor y la fertilidad en culturas sucesivas: Astarté para los fenicios, Afrodita para los griegos y Venus para los romanos. El asunto tiene una explicación poco mística: amén del culto a la fertilidad que practicaban sus primeros habitantes (los Elimos, en la edad de bronce) y que luego perpetuaron fenicios, cartagineses, griegos y romanos,  Erice   (la ciudad en la que se levanta el templo a la diosa de la fertilidad, la sensualidad y la lujuria) es un punto de encuentro de caminos. El hecho de que las sacerdotisas se prostituyeran con los numerosos peregrinos y viajeros se veía recompensada con donaciones cuantiosas, que mejoraban la economía del lugar.

Llegamos a Palermo por el muelle sur, a los pies del barrio antiguo, de noche y con unas ganas enormes de volver a poner el pie en el mercado de la Bocceria, que años antes nos cautivó con sus tenderetes de frutas y especies abiertas en medio de la vida noctámbula. De noche todas las ciudades ganan encanto y todos los gatos son pardos, de modo que los majestuosos edificios cubiertos de orín y los callejones estrechos y oscuros nos parecieron sugestivos caminos hacia los placeres gástricos en los que el aire conseguía rozar la piel. Por el camino sucedió algo extraño: Jaume apenas dió un mordisco al “pane con la milza”, tradición exclusiva de Palermo. El bocadillo mezcla bazo de becerro, esófago e hígado con recortes de pulmón., y se sirve en caliente  envuelto en un papel. No podía ser que rechazara la mezcla, al fin y al cabo el frit mallorquín también mezcla vísceras con cebolla, ajo, patata…

La milza sofriéndose en la característica cacerola inclinada

Por extraña que parezca la oferta, tiene el suficiente atractivo como para ser uno de los negocios extorsionados por la mafia. Sus comerciantes también son forzados a pagar el pizzo a cambio de protección. El caso es que en una de las trattorías del mercado cayeron  ‘spaguetti a la palermitana’, pero algo extraño estaba cociéndose también en el ambiente… De regreso al barco nos fuimos deshaciendo por las vías que cruzan Vía Roma, V ía Maqueda y la perpendicular, Vía Vittorio Emanuele que, a pesar de las horas, seguían acogiendo un tráfico ruidoso y alocado. Descubríríamos al día siguiente (cuando nos dirigimos al supermercado a compar 150 litros de agua) que la Plaza Quatro Canti, que en ese momento era una inquietante plaza iluminada, se conoce también como “Teatro del Sol” porque alguna de sus fachadas siempre está expuesta a la luz del sol, desde el amanecer hasta el anochecer. De noche, las fuentes  y estatuas que representan las cuatro estaciones, los reyes españoles de Sicilia y las santas patronas de los  barrios adyacentes parecían una gincana de objetos. La humedad hacía que el calor se hiciera más insoportable.

Jaume amanecería al día siguiente con un cólico nefrítico, que superó en pocas horas con el apoyo de tod@s, incluido el padre de Ana, la última tripulante que ha subido al Brancaleón. Cándido es urólogo y confirmó el diagnóstico y el tratamiento por tlf a las ocho de la mañana, desde León (cómo no iba a ser así si rima con nuestro velero). Con su arenilla en los riñones Jaume se ha convertido, sin quererlo, en la encarnación del título de este blog: “el envés del agua (piedra)”.   Quizás fue por este percance o por el calor sofocante y los olores del muelle sur en el que amarramos, que Palermo no lograra robarnos el corazón. O quizá porque ya bastantes vísceras habíamos puesto encima de la mesa, o porque Cefalú (cabeza/cerebro) se nos ofrecía como un destino también visceral y sin embargo dulce, el caso es que pasamos por Palermo como si fuera un ascua ardiendo.

Aquel día, en el que los riñones se convirtieron en los protagonistas del viaje  y nos amarraron al muelle durante una jornada, Ana batió todos los records de duchas: siete en cuatro horas.

Jaume al día siguiente, como si nada

Tiempo revelado. Una polaroid de Tarkovski durante el rodaje de “Nostalghia”

by MARTHA ZEIN

Deshecho el paisaje, la bruma consigue que todo parezca suspendido en el tiempo. Lo he visto decenas de veces en las películas de Tarkovski, lo pudimos comprobar hace un par de días: Cuando despertamos, una gasa azul se estaba comiendo la isla de Formica; las sirenas guiaban a los barcos, que avanzaban, ciegos, hacia ningún lugar; todo lo demás era silencio. Podíamos haber amanecido en cualquier rincón del mapa, formar parte del itinerario de no sé qué ruta (no importa si épica, histórica, mítica o cómica) pero nuestro corazón estaba esperando este instante desde hacía tiempo y antes de que nos levantáramos ya había elegido: Formábamos parte del viaje de Manuela y el de Rafa.

El ángel tocando el clarín en el muelle de isla Formica (hormiga)

Nuestros pulmones se hincharon para acompasar la respiración de Manuela. Con ella atravesamos el Atlántico en busca de un remedio para su hermana. El mar era una balsa. Acomodamos nuestro pulso al de Rafa, y a su lado altamos de avión en avión, de Zimbawe a Madrid, para llegar al entierro de su hermano. Manuela y Rafa nos recuerdan que el amor fraterno puede ser tan incondicional y profundo como para volver héroe a un simple ser humano. La brisa hinchó ligeramente las velas del Brancaleón y todo inspiró y expiró el dolor, el amor, el reconocimiento. El tiempo pareció detenerse y del otro lado de la bruma llegaron esos instantes bellos del pasado a acariciar las mejillas de Manuela y de Rafa.

Caballos esculpidos por uno de los jóvenes del centro flanquean la entrada de uno de los edificios rehabilitados

Pusimos el pie en Formica mientras el sol vencía a la bruma. No mide más de 2 km de diámetro, de ahí su nombre (hormiga). Es la más pequeña de las islas Egadi. Las blancas cruces que flanquean su minúscula costa habían recuperado sus formas y el ángel de bronce tocaba su clarín sordo en el muelle. A su lado un hombre vigilaba nuestros movimientos. Durante una hora Sergio se convirtió en nuestro guía y llenó de nuevos significados aquellas torres, capillas y jardines en los que nos habíamos colado la noche anterior. Nos desveló que la isla es hoy un centro de recuperación para jóvenes con problemas de drogodependencias, fundada por un hombre controvertido, el franciscano, Eligio Gelmini.

La iglesia del siglo III a la que acudían los primeros cristianos, huyendo de Sicilia

En medio de su recorrido Sergio afirmó que el verdadero mal que sufrían las personas que se acercaban a isla Formica era que tenían el corazón roto. “Para que estos corazones recuperen el sentido de la vida han de vivir rodeados de belleza”, afirmó, al poco tiempo de abrir la boca. Más adelante soltó la segunda frase: “Recuperar estos edificios es un trabajo simbólico, hacemos con ellos como con las almas rotas: las rehabilitamos dejando que la huella del tiempo no desaparezca del todo, porque las heridas son memoria, es decir, parte de la belleza”.

Imaginamos que Manuela y Rafa están rescatando del pasado momentos de aquel tiempo compartido con sus respectiv@s herman@s y así llenar el presente de sentido. Desde el Brancaleón les enviamos todos los pequeños instantes bellos que llevamos a bordo, para hermanar de algún modo nuestros trayectos y reparar sus corazones rotos.

El sol a esa hora en la que es capaz de deshacerse

Los delfines, cuando pasan tan cerca que crees poder tocarles

Los juegos que hace la cadena del barco en la arena