by MARTHA ZEIN

Como si quisiera facilitarnos las cosas, el Brancaleón parecía manejarse solo.

Normalmente los sueños o se deshacen o te despiertas dejándolos a medio terminar, pero… ¿Cómo acaban los que se han hecho realidad?. Buscando una respuesta desnudamos el Brancaleón, como si la llevara escondida entre las velas. La ceremonia duró una semana, el mismo tiempo en que dios creó el mundo según el Génesis, qué casualidad.

La respuesta comenzó a perfilarse en Grado. Aunque había amanecido con el cielo despejado, lo satélites (que todo lo ven) aseguraban que en 24 horas se desencadenaría una tormenta, de modo que pusimos rumbo a Venecia. Sabíamos cuál sería el escenario de nuestra despedida. Un amigo de Giacomo había ofrecido su amarre en el canal de Treparti, al norte de la laguna de Venecia, para que el Brancaleón pudiera descansar durante un tiempo. Así fue cómo quedó marcado en el calendario el final de nuestra navegación, no por un acto de libre albedrío. Quizá los sueños de carne y hueso terminen por razones ajenas a la propia voluntad…

Aquel hermoso canal no sería el último amarre del Brancaleón

Deshicimos con largos silencios las más de 50 millas que nos separaban de aquello que parecía un inapelable destino. Begoña contemplaba nuestro frenético ir y venir por el velero con una complicidad apabullante. Había tanto que cerrar…  Imagino que parecíamos hormigas horas antes de la lluvia. Sin apenas viento, las corrientes de agua que se forman en la boca del Lido, por donde entramos, fueron las únicas protagonistas de las que pensábamos que serían nuestras últimas diez horas de viaje. Pero en nuestro destino nos aguardaba una sorpresa: aquel amarre tan plácido era poco profundo para el Brancaleón. Cada vez que maniobrábamos para tirar el cabo a tierra, tocábamos fondo. Para colmo, la marea estaba bajando y la luz caía rápidamente.

Encontraríamos un improvisado refugio en una marina destartalada situada apenas a una milla de allí llamada Lio Grando. !El nombre le sentaba como un guante a nuestra situación!. Nos ofrecían un hueco en un renqueante pantalán de madera y aceptamos sin dudar. Si aquella hubiera sido la escena de alguna película, de fondo hubiera sonado un tango.

Ya era de noche cuando estrujábamos con un abrazo a María y Nuño. El embarcadero crujió, como si a él también le emocionara. Nuestros amigos nos habían traído la furgoneta desde Mallorca  y ahí estaban, dándonos la bienvenida al final de la aventura. Sí, quizá así acaben los sueños cumplidos: por donde empezaron…

Nuño empezaría llevando el timón, pero sería María la última en hacerlo

La lluvia llegaría con 12 horas de retraso, el tiempo suficiente como para doblar y guardar las velas, llenar el maletero del coche con los objetos más pesados (empezando por el compresor y las botellas de buceo) y dejar a Nuño y María junto a la plaza de San Marcos. Conocíamos el rincón donde podrían saltar a tierra. Dos años antes habíamos amarrado en la marina de Santa Elena, cercana al centro histórico de Venecia. Ya sabíamos algunos de los secretos de la laguna.

Bego se fue haciendo cada vez más pequeña…

La primera en practicar el acto de la separación fue Bego. Se había preservado unos días más en Trieste, ciudad a la que volvería por tierra. Se dio la vuelta y fue alejándose hasta perderse entre los mástiles del muelle de Santa Elena, donde nos habíamos trasladado mientras buscábamos un nuevo destino para el Brancaleón. Aunque los adioses siempre me parecieron insoportablemente simples, observé con detenimiento cómo se hacía cada vez más pequeña. Concluí que para acabar con un sueño real hay que separar la vista y tras ella llevarse el resto de los sentidos, aunque, paradójicamente, sean ellos los que creen los puentes de la memoria…

Siguiendo sus pasos, media hora después sería yo la que me separaría del velero, aunque sólo por unas horas. Como si el azar quisiera hacerme un regalo de cumpleaños, estábamos fondead@s a cinco minutos andando de los Gardini de la Bienale de Venecia. Después de cuatro meses perdida en la naturaleza y con los pies en el agua, pasar un día buceando entre las propuestas arquitectónicas de este evento cultural me produjo una especie de borrachera cuya resaca aún dura. Mezclé emociones: el chirrido que me produjo el premio a Urban Think Tank, la fascinación por el bosque hecho con hilos de luz que se mueven cuando captan la presencia del público (en el pabellón de Canadá), la reflexión que me provocó el método con el que el japonés Toyo Ito buscó una solución para l@s afectad@s por el tsunami de 2011…

El mal de tierra en la Bienale da mucho juego. (propuesta de el japonés Toyo Ito)

Cuando regresé a bordo Toni ya había encontrado un destiino para el Brancaleón. Se llamaba “Marina di Sole”, sí, como aquella que nos recibió en Cagliari, tras nuestra travesía a Cerdeña. El final es el principio, lo de arriba es lo de abajo… la coincidencia dio para más de un comentario. El caso es que estaba a unas 20 millas del corazón de Venecia, pero no podíamos llegar allí hasta un par de días más tarde porque en el camino teníamos que desmontar los mástiles.

Aquellas 48 horas de espera se convirtieron en un sabroso idilio en el que rebañábamos cada detalle como si fuera un regalo. Tampoco resultó muy difícil. Para empezar, el fondeo que conseguimos añadir a nuestro recorrido era frente a Burano, una pequeña isla de la laguna de Venecia. Lo impactante es su colorido: las paredes de sus casas humildes están pintadas de rosa, malva, verde, azul, naranja… versiones más lúdicas del tradicional “rojo veneciano”. Aquellos atrevidos tonos estaban combinados hasta en sus más mínimos detalles:  las ventanas hacían juego con las cortinas de las puertas, que armonizaban perfectamente con las persianas… !Y con las de la casa del vecino, que ya es tener buen gusto!.

Dicen que antiguamente los pescadores pintaban sus casas de diferente color para poder ubicar sus hogares en la distancia…

Lentamente, rebañando el interior de la laguna, fuimos acercándonos a Chioggia, el lugar en el que el Brancaleón se desprendería de sus mástiles. Como sucedió con Bego, esta vez fueron Nuño y María quienes tomaron el timón y llevaron a nuestro barco (cada vez menos velero) al siguiente puerto. En el interior, Toni y yo seguíamos descarnando nuestro sueño como si fuera la pulpa de un fruto maduro.

El Brancaleón en su descarnado striptease

Aquellas 48 horas de regalo acabarían de forma acelerada. Nuño y María continuarían su viaje después de que el Brancaleón se desprendiera de sus mástiles. Sin palos, nuestro velero pareció menguar. Desmochado, nos parecía abrumaduramente frágil. Sansón sin su melena. Un león sin dientes. Un ave desplumada… Toni le condujo lentamente al último puerto, como quien acompaña a un anciano a tomar asiento.

Una tormenta y muchas horas después, nos dimos la vuelta y nos fuimos haciendo cada vez más pequeñ@s.

Así se quedó el Brancaleón, recibiendo al invierno

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by MARTHA ZEIN

El secuestro de nuestra democracia vista desde el mar (Rapto de Europa, óleo de Fernándo Botero)

Bego llegó con noticias frescas bajo el brazo. Estaba en Barcelona cuando se llevó a cabo la manifestación por la independencia. Nunca había participado en una convocatoria con una respuesta tan apabullante. Las avenidas y calles de Barcelona estaban abarrotadas de banderas esteladas. El otoño se presenta caliente en el país que dejamos atrás hace cuatro meses, aunque no tengamos ni para pagar la calefacción. El secuestro de la Democracia se vuelve real paulatinamente mientras el Brancaleón acorta distancias. Apenas nos quedan unas millas para volver a Europa. Intento memorizar qué he aprendido en estos meses, me lo apunto en el cuaderno de viajes, en los márgenes de los libros, en la palma de la mano. He aprendido, por ejemplo, a manejar lo innegociable. ¿Cómo lo hemos hecho?. No consiste sólo en tener la información, aprender a utilizarla para adelantarse a los acontecimientos…

Adiós a Rovinj

Se trata de hacer que el otro entre en nuestro juego. Me refiero al acto de jugar en su sentido más lúdico y vital. Jugar con absoluta entrega es bueno para vencer lo oscuro. Lo sé desde que fui a la escuela de payasos Mallorclown. Andreu, nuestro maestro, nos hacía calentar el músculo de hacer reír con un largo rato de juegos. Uno de ellos era el preferido de mi infancia. Es fácil: un@ se pone contra la pared y cuenta hasta diez. Mientras dice los números en alto, el resto del grupo, situado a su espalda a cierta distancia, debe avanzar hacia su lado antes de que termine la cuenta y se de la vuelta. Cuando esto ocurre, l@s participantes deben quedar quietos, congelad@s, sin mover ni una ceja, de lo contrario quedarán eliminad@s. Para lograr que se muevan, quien “la pocha” puede provocarles con comentarios, muecas, sustos… pero no tocarles.

Estuvimos varios días haciendo que el voluble Bora hiciera lo que más le gusta, jugar, pero esta vez no se trataría del “yo soplo y tú pegas saltos”… Digamos que iniciamos el juego de “tú la pochas y nosotr@s nos moveremos a tu espalda” y que él pareció darse la vuelta y contar hasta diez. Durante varios días, después de calibrar las posibilidades, usamos los pequeños intervalos de tiempo en el que el Bora no nos miraba para abandonar el refugio en el que estábamos amarrados, sabiendo que una vez que se girara y nos mirara de frente debíamos quedar petrificad@s, de lo contrario, con nuestras velas se haría tirabuzones.

El Brancaleón en la frontera de Umag

Así pues, zarpamos de Rovinj mirando al cielo y contando para nuestros adentros,  1, 2, 3… El Bora pareció hacer lo mismo: fuerza uno, dos, tres… fue aumentando su potencia lentamente. Nuestra estrategia era asomarnos al golfo y, en función de la dirección del viento y el estado del mar, elegiríamos entre costear Eslovenia o ir directamente a Trieste. Incluso estábamos dispuest@s a volver sobre nuestros pasos si la situación lo requería.

Lentamente y mirando al cielo nos acercamos al borde de Croacia. Dejar atrás Istria tenía un valor especial: regresábamos a aguas europeas. Pero ¿a qué Europa? ¿Esa diversa y sin fronteras, solidaria y dispuesta al diálogo de culturas, o la Europa de los mercados? Irónicamente, nuestro primer pie en tierra europea será Trieste, una ciudad cuya reciente historia demuestra las contradicciones de las fronteras. Mi pasión por los payasos me llevó a leer “Microcosmos” del triestino Claudio Magrís, aunque parezca increíble. Todo por  una cita que me enviaron en la que el escritor, en una conferencia realizada en Argentina, había hecho referencia al circo y los payasos. Dijo así: “Tolerancia significa también esa libertad de expresión en las cosas aparentemente pequeñas o mínimas, ese sentido del mundo como un teatro de marionetas en el cual todos gesticulan como pueden, cómicos y torpes como lo es cada uno de nosotros en su difícil existencia mortal de albatros prisionero. La vida es también un circo en el cual todos somos clowns y tolerancia significa también recitar improvisadamente, respetar las improvisaciones propias y de los demás“. Pues bien, Magris me enseñó que hay ciudades que tienen las fronteras dentro, ciudades como heridas desgarradas por la historia… Magris se refería a Trieste y yo, que entonces no imaginaba que llegaría por mar a ella, me entretuve en recordar la ciudad en la que nació mi abuelo paterno, alemán, que desapareció cuando nació Polonia… en las heridas que siempre dejan las fronteras. 

El caso es que Trieste, aquella ciudad-estado inventada por los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, se nos ofrecía como el primer puerto de nuestro regreso a Europa. Estaba tan sólo a 18 millas, pero el viento llegaba a fuerza 5 en el puerto fronterizo de Umag (Croacia)…

Así es Bego, llevando el timón

Cuando doblamos el cabo de Savudrija y vimos que en sus cuentas el Bora aún andaba por el 6, desplegamos todas las velas rumbo al NE. Hacía muchos días que la mayor, el génova y la mesana no se hinchaban juntas, pero a bordo tod@s sonreíamos de medio lado. Hasta que no tuviéramos al Brancaleón amarradito en puerto no cantaríamos victoria. Poco antes del atardecer encontrábamos un sitio en el molo San Giusto, muy cerca de la Piazza della Unitá, haciendo evidente que, por esta vez, éramos l@s ganador@s.

A modo de premio (con los debidos respetos al Bora) nos regalamos una estancia en la ciudad. Bego traía información sobre los elegantes edificios que dan al lungomare (paseo marítimo), de modo que, mientras nos acercábamos a Trieste pudo ir reconociendo el nombre de cada palacio. El desplegable que había traído de Menorca hacía que Trieste pareciera el decorado de unos grandes estudios de cine hecho para que nos envuelva la nostalgia ajena. No me importaría si supiera a quién pertenece esa melancolía y qué añoran ¿La Piazza Unità con las motocicletas nazis de la Wehrmacht en la Piazza Unità? ¿Los jeeps de EEUU transitando por lo que irónicamente se denominó “territorio libero” cuando en realidad era “territorio administrado por las fuerzas estadounidenses y británicas”?

Sin embargo, una vez en tierra, nos pudo el espectáculo. Al fin y al cabo, estam@s acostumbrad@s a entrar en los lugares de la ficción y hacía muchos meses que no me entretenía en uno. Absolutamente entregada al juego, en los descansos me dediqué a marcar en el mapa los edificios con los que nos habíamos topado mientras deambulábamos por plazas y callejones.

No hay nada que más me guste que dejarme llevar por el azar en ciudades que no conozco. Ésta, además, está llena de referentes literarios. No he leído a Italo Svevo pero tengo la suerte de haberme topado con uno de sus personajes, Zeno Cosini, un ser mediocre que se deja vivir y que dedicó toda su vida a dejar de fumar en una época en que Trieste era uno de los puertos comerciales más importantes de Europa. Aquella tarde buscaba referentes sobre el acto de fumar para incluirlos dentro de un documental y allí estaba él, esperándome en el océano que es Internet. Me prometí leer La conciencia de Zeno, pero nunca lo hice. Me gustan este tipo de encuentros, dejar que el azar intervenga y me cambie el rumbo…

Un pitillito con Italo Svevo

Cuatro meses en el Brancaleón han hecho que me habitúe a las “casualidades”, las saludo como si me dieran la razón en algo, como si las estuviera esperando. Por eso, cuando encontré el cigarrillo de Svevo en una de las fachadas que dan al jardín del Museo de Ciencia Natural, sonreí y acepté dar una caladita. Enfrente estaba la estatua de bronce, pero no llevaba el pitillo en la mano. Horas después, en uno de los puentes del Canal Grande, me toparía con otra, de James Joyce. Leyendo uno de los folletos de Bego me entero que fue su maestro de inglés. Por aquel entonces el joven escritor irlandés era todavía un desconocido que andaba enfrascado en la composición de lo que luego sería Dublineses, además de en el alcohol, (según él mismo recordaba, Trieste le había “comido el hígado”). La relación de ambos fue tan intensa que, por lo visto, se inspiró en Svevo para dar vida a Leopold Bloom.

El tercero en aparecer sería Umberto Saba, que paseaba con el bastón por la vía Dante Alighieri, tan congelado como los anteriores… Con quien no me crucé fue con Magris, quizá porque no apareció en mi camino el café de San Marco (por lo visto allí ha concebido y escrito alguno de sus libros). En su lugar, tomé un café con riquísimos cruasanes en el del Borgo, probé unos vinos locales en el Café Tergesteo… En fin, fuimos llenando de sentido aquellos lugares que aparecían en el mapa, y en ellos incorporé a los que no aparecen, como Mauro, el único mendigo que encontré en la ciudad, y que habita en las puertas de la iglesia románica vecina al Castillo de San Giusto.

Veleros de madera en Trieste, primos del Branca

Toni inorporó a la ruta referentes marineros que apenas aparecen mencionados en las guías turísticas. Uno de los hallazgos que más nos impresionó estaba precisamente al lado de la marina en la que habíamos amarrado. Se trataba del muelle Sartorio, lleno hasta la bandera como el de San Giusto pero con un aliciente especial: uno de sus pantalanes estaba ocupado por decenas de veleros de madera, de diferentes metros de eslora y algunos contemporáneos al Brancaleón. Nos emocionaba pasearnos por ese punto de encuentro de amantes de los veleros de madera, después de cuatro meses de vivir en uno valoramos el mimo y la dedicación que encontramos depositados aquellas embarcaciones. Otro de los hallazgos fue la fauna que habitaba a los pies del Brancaleón. Las aguas del puerto son lo suficientemente limpias como para que en las paredes de nuestro muelle encontráramos abundantes mejillones, ostras, cangrejos… y enormes medusas.

Un detalle de la fauna que habita en las paredes del muelle de San Giusto

Al día siguiente el Bora empezó soplando de manera tan suave que tuvimos que poner el motor y arriar las velas. Sospechando de tanta docilidad, marcamos nuestro destino final en Grado, una ciudad-isla situada a tan sólo 20 millas de nuestra partida. Después de la densidad de Trieste y su historia, apetecía perderse en un lugar sin referentes culturales y con una enigmática situación geográfica. De Grado apenas sabíamos la descripción del acceso a sus canales en el pilot, que comparaba su laguna con la de Venecia.

Canal de acceso a Grado, flanqueado por las barcas

Para llegar a ella tuvimos de atravesar una laguna con poco fondo, de unos 90 kilómetros cuadrados, salpicada por unas 120 islas de diferentes tamaños. Una de ellas es Grado, formada por varias islitas menores unidas por puentes, en forma parecida a Venecia. El acceso a su canal está marcado una milla antes por unas estacas clavadas en el fondo arenoso. Si al Bora le diera por desmelenarse podría crearnos verdaderas complicaciones. Mientras reducíamos la velocidad y sorteábamos las fuertes corrientes, fuimos entrando en un escenario absolutamente cinematográfico: a ambos lados del canal los pescadores recogían las redes y aperos de sus embarcaciones. Aquellas barcas parecían hechas del revés: llevaban el ancla en la popa mientras que en proa tenían unos dispositivos peculiares con los que arrastran el fondo en busca de almejas. Los edificios ayudaban a hacer aún más seguro aquel refugio. Bora 0, Brancaleón 2. Quizás estuviéramos tentando demasiado a la suerte.

Al final de aquel pasillo encontramos un hueco donde amarrar. Cuando terminamos de atar los cabos tomamos conciencia de que estábamos en medio del casco antiguo. Comer en cubierta fue como hacerlo en una terraza céntrica.

El Brancaleón, en el sereno corazón de Grado

Fuera de la temporada de verano, Grado parecía una ciudad feliz. La ausencia de coches convertía las calles en un espacio silencioso por el que paseaban en bici l@s vecin@s. A Bego y a mí nos llamaron la atención las mujeres mayores que pedaleaban de dos en dos, perfectamente maquilladas y con el bolso de bandolera.

Grado sería nuestro último puerto del viaje, antes del definitivo, Venecia, de modo que aquella tarde alargamos los minutos del paseo, hasta hacerlos horas, y el silencio de la noche, y las estrellas que el cielo, aún despejado, nos regalaba, y el movimiento del mar bajo nuestros colchones…

by MARTHA ZEIN

Los monstruos marinos existen. Para nosotr@s desde hace unos días se llaman Bora. http://es.wikipedia.org/wiki/Viento_bora Nos salvamos de sus dentelladas como los buenos de las películas: por los pelos, por un golpe de suerte, por precaución… Estamos de camino a Venecia y no podemos evitar recordar aquella ocasión en la que la travesía fue algo más que intensa.

Sucedió hace un par de años. En el velero íbamos Oskar, Marta, Jaume, Manuela, Katia, Toni y yo. Las previsiones indicaban que el viento podría alcanzar fuerza 7, pero la superó. Hubo un momento en el que ganamos cada ola y jaleábamos cada milla que nos acercaba a nuestro destino mientras se montaban tornados detrás de nuestro velero. Afortunadamente, nunca nos llegaron a alcanzar. Alcanzamos la laguna de Venecia exaust@s y felices, en medio de la bruma. Tan afortunad@s nos sentíamos que saludábamos con nuestra pequeña trompeta a todos los grandes cruceros con los que nos cruzábamos frente al Lido.

Boreas representado por Rubens. Según cuenta Ovidio en Las metamorfosis Boreas secuestró a la princesa Oritía mientras ella jugaba con un río

Esta vez regresamos a Venecia por un camino más largo: bordearemos el golfo de Trieste. Si tiene que aparecer, el monstruo lo hará allí. Tenemos amigos que nos han contado hasta qué punto es cierto que el bora es un viento cambiante capaz de aparecer en medio de un día despejado y convertir la navegación en un infierno a tan sólo ocho millas de la costa…

Aún nos quedan unas 40 millas para llegar a este destino, sin embargo parece que Boreas ya quiere marcar su territorio. Han anunciado dos días de vendaval con rachas que podrían superar los  50 nudos (fuerza 10). Ante tales perspectivas, abandonamos a primerísima hora Pula y buscamos refugio a 17 millas, en la marina de Rovinj.

Rovinj visto desde nuestro amarre en la marina. De fondo, la tormenta.

Llegamos con el tiempo suficiente para ver cómo los pantalanes, que estaban vacíos, se iban llenando con veleros a medida que avanzaba el día. El último llegaría poco antes de que se desatara la tormenta, a eso de la siete de la tarde, con un viento que ya alcanzaba los 20 nudos. Estábamos doblemente satisfech@s por haber acertado en nuestros cálculos. No hay nada tan satisfactorio como esperar en un buen puerto a que pase la furia, a esto llamo yo “una tormenta perfecta”.

El Brancaleón salta en el muelle y las nubes precipitan el atardecer. De fondo tenemos la selección de música que me pasó Alice; sobre la mesa hemos desplegado el portulano, los mapas, el gps, un par de tisanas generosas y humeantes, los papeles y folletos que ayer recogimos en Pula y un par de buenos libros. Llevo unos días fascinada con “Universos paralelos. Los universos alternativos de la ciencia y el futuro del cosmos” de Michio Kaku. Editorial Atalanta. Es riguroso y al mismo tiempo fácil de entender para quienes no somos expert@s en física cuántica y astrofísica. Ahora estoy en la parte del libro en la que el autor explica con seriedad, aunque de manera especulativa, cómo una civilización avanzada podría utilizar las leyes de la física para abandonar nuestro universo para entrar en otro más hospitalario o incluso hasta qué punto podría saltar en el tiempo y regresar a la época en la que el universo era más cálido. En fin, recomendable.

Así estaba el anfiteatro romano la noche en la que se proyectó una película en 3D durante el Festival de Cine de Pula

En los huecos relamo nuestro última noche en Pula. Habíamos fondeado el barco frente al anfiteatro. Hace dos años paseamos por su interior y conocimos de cerca su historia. Fue construido en torno al año 79 d.C.por el emperador Vespasiano y rematado por su sucesor Tito, en el 81 d.C. Su construcción se realizó sobre  un pequeño anfiteatro de piedra erigido durante el principado de Claudio y antes existía en el mismo lugar otro, de madera, levantado durante el gobierno del Princeps, Augusto. Es decir,  el lugar lleva más de 2000 años ofreciendo representaciones, haciendo que el público viva dos veces… Visto desde el mar, aquel monumento parecía mirarnos sobre los hombros, apostado al borde del malecón. Me conmueve saber que es en este edificio (se le conoce coloquialmente como “la arena”) donde se celebra el Festival Internacional de Cine de Pula  (Festival igranog filma u Puli, en croata), que este año cumplía su 59 edición.

Entre los papeles que cubren nuestra mesa está el pequeño folleto que aún rondaba por uno de los bares de la ciudad. En él se incluye una reseña de una de la velada del festival (se organizó entre el 14 y el 28 de julio) en la que se proyectó una película en 3D. Lo deduzco por las fotos, porque sigo sin entender el croata. Por otra parte, las cifras son universales, de modo que comprendo que aquella noche el anfiteatro alcanzó el record (lo escriben en inglés) de público: 5.920 personas.

Zeljka también se coló en la exposición (el cartel, de fondo)

Dos meses después de aquel evento, nuestra noche en Pula también tuvo algo que ver con el cine. Frente a la terraza del pequeño konoba en el que departíamos con Zejkja, empezaron a pasar hombres y mujeres con ese aire que tienen l@s artistas y creador@s del audiovisual. Me resulta muy fácil identificarles, aunque no sé exactamente cómo argumentarlo. Podría decir que les delata su ropa negra (que rompen con colores y complementos atrevidos), las camisetas con diseños en un idioma que no es el local, el color y modelo de las gafas… o quizá sea la forma de andar o ese color desvaído de quien pasa muchas más horas delante de una sala de edición… el caso es que empecé a decir en alto que algo se estaba cociendo en la ciudad vinculado con el mundo de la imagen.

Tanto insistí que Toni se acercó a un chico que me recordaba a nuestro amigo Toni Lara y le preguntó a dónde iba. Resulta que al día siguiente se inauguraba TU SMO 3 (que significa “Estamos aquí” 3), una exposición internacional multimedia en el edificio de una antigua imprenta y aquella noche organizaban el pase para los medios e invitad@s más cercanos a l@s artistas. El evento, organizado por el Museo de Arte Contemporáneo de Istria, incluía exposiciones, intervenciones urbanas, performances, proyecciones de video e instalaciones de un@s 150 autor@s. De la mano del doble croata de Toni Lara, nos colamos en el edificio, en el que algun@s estaban aún culminando su instalación.

En la exposición había referencias a esas películas que nos montamos y que palpitan tras nuestras crueles realidades

Sí, definitivamente tengo buen ojo para distinguir a “un@ de l@s mí@s”, aunque después de esta experiencia en el Brancaleón soy incapaz de saber a qué universo pertenezco. ¡A ver si la respuesta la tiene Michio Kaku!.

De regreso de la pequeña aventura artística, encontramos el anfiteatro iluminado. Su fulgor se colaba por las escotillas de nuestro velero, arrullando las lecturas en nuestro camarote. Aquella noche me resultó más fácil imaginar el mar de gentes que, a sus pies, vieron aquella peliculita en 3D. Digo “peliculita” con cariñoso respeto porque si bien no hay nada comparable a la emoción que genera una tormenta real, un beso real, un rugido real, ellas, las peliculitas nos permiten sentir aquello que no nos sucede. El problema es que terminan pesando en nuestro imaginario, ese lugar en que Goya localizó la fábrica de monstruos.

El anfiteatro romano, de noche

Mientras el viento se crece en el exterior del Brancaleón, saco la lengua al miedo. Para empezar, en la vida real los monstruos tienen nombre y apellidos, son finitos y falibles, y si se trata de fenómenos de la naturaleza, tienen un principio y un final por terribles que sean.  Sé que mientras existen parecen interminables y si están por suceder se crecen, pero ahora no es el caso. El Bora que está abriendo su boca sobre el Brancaleón ruge con fuerza fuera de la marina.

En ocasiones como ésta, en la que el viento ulula entre los cabos y mástiles, mi imaginación está tentado a convertir el mar en un monstruo devorador. Creo que me arrepiento de haber visto ciertas peliculitas, por magistrales que sean. “La tormenta perfecta” (2000), por ejemplo, me impactó doblemente porque está basada en un hecho real vivido por pescadores de pez espada de Gloucestger (Massachusetts, EE.UU). Aunque si dejo que el miedo hurgue, puede sacar de su chistera un híbrido formado por vídeos de Internet y los monstruos y tempestades de esos relatos de terror decimonónicos que me gustaba leer de adolescente, como los de William H. Hogdson (“La nave abandonada y otros relatos”, “Un terror tropical y otros relatos”…). Ay, prefiero este viento de carne y hueso.

¿Cómo lo estará viviendo Bego?. Sabemos que partió de Venecia con tormenta y que el ferry llegará a Robinj con una hora de retraso porque nos ha mandado un par de concisos mensajes. Si, Bego vuelve. Hace unos días que confirmó que cruzaría con nosotr@s el golfo de Trieste. Ha visto las imágenes de la Barcolana, una regata espectacular que se celebra el segundo domingo de octubre, y quiere llegar a esta emblemática ciudad por mar. Con su regreso se convierte en el broche  de oro de nuestra aventura: hizo la travesía de Menorca a Sicilia con Nuria y Maria José y ahora se apunta a otro trayecto marinero.

La Barcolana da un golpe de timón a mi imaginación, que empieza a ponerse turbia. La imagen de 2.000 veleros sorteando el Bora en un recorrido de 16 millas náuticas levantan el ánimo a cualquiera. Lo que me parece más divertido es que en la carrera puede participar cualquier velero de más de 6 metros de eslora, lo que permite que principiantes, aficionad@s, familias… compartan la línea de salida con profesionales y embarcaciones grandes.

Una imagen de la “Barcolana”, una regata que este año cumplirá su 44ª aniversario

Las tormentas son mucho más cómodas en tierra, además, no hace frío, de modo que cogemos los chubasqueros y nos acercamos al puerto a dar la bienvenida a nuestra amiga. Por el camino, voy recordando los detalles de Rovinj, localidad en la que ya fondeamos hace un par de años. Las decenas de pequeñas embarcaciones amarradas en el puerto parecían saltar del agua como boquerones acosados por las caballas. Una imagen menos lírica que la que vimos entonces, al atardecer de un día despejado, sin embargo no dejaba de ser “pintoresca”. Sólo cuando entramos en el ecomuseo que aún se mantenía abierto en un edificio del s. XVII situado junto al muelle al que llegan los ferrys, aquella suma de barquitas adquirieron su verdadero sentido. Se llaman batanas y son un tipo de barco de pesca tradicional reconocido en Rovinj como seña de identidad.

La batana se vuelve, en este museo, la clave en torno a la que gira el patrimonio cultural de la localidad, desde las bodegas en las que se reunían los pescadores en días de tormenta como éste a las especialidades culinarias y esas canciones que los hombres cantan a capella y que recuerdan a las habaneras. En ellas aún puede escucharse el rovinés, un idioma a punto de desaparecer pues hoy sólo lo hablan l@s ancian@s.  Se trata de la “bitinada”, que los pescadores cantaban mientras cosían las redes. Normalmente uno de ellos improvisaba y tiraba del grupo, que le acompañaba la melodía imitando el sonido instrumentos de cuerda, creando armónicos. cuyas letras hablan de amores, atardeceres, el canto de las aves… y, por supuesto, las tormentas.

Para mantener la tradición, una vez al año el pueblo construye una batana, tal y como se puede ver en esta crónica realizada por una televisión local.

Cuando Bego puso el pie en tierra, el cielo pareció romperse en dos, pero a nosotr@s qué: volvíamos a estar junt@s y nos quedaban días por delante, así que nos metimos en un bar local, dejando que las nubes hicieran su trabajo, que no hay tormenta perfecta ni cuerpo que la resista.

 

by MARTHA ZEIN

!Buenos días!

Nada más abrir los ojos exclamé ¡Focas!. El cielo estaba despejado, la tormenta había amansado el mar de tal manera que parecía agua dulce y con un azul tan claro sería fácil ver una foca monje buscando alimento. Aquello era buscar una aguja en un pajar, ya sé, pero nos habían dicho que entre la isla de Cres y Pula habían avistado un ejemplar de esta especie en peligro crítico de extinción. Aunque hoy apenas sobreviven 600 ejemplares en todo el planeta, sabíamos que nuestro encuentro era posible.

Hace años que Toni participa en actividades vinculadas con la recuperación de la Monachus Monachus en el Mediterráneo, en 2009 le encargaron en su momento una campaña de información sobre esta especie tras el avistamiento de una hembra en las aguas de Mallorca. Sabemos cómo son, sus costumbres, el cuidado que se ha de tener en caso de que nos topásemos con una… Es decir, estábamos preparad@s para un encuentro amigable y pacífico, todo era cuestión de suerte. Por otra parte, ya habíamos algún ejemplar de cerca.

Viktoria antes de ser liberada

“Mi primera vez” fue en febrero de 2008. Fui con Toni y Joan Mayol al parque natural de las islas Espóradas del norte (Alonisos), para asistir a la liberación de un ejemplar que habían rescatado en la zona.

En aquella jornada pude contemplar el dulce rostro de una foca monje. Se llamaba Viktoria, tendríamos más o menos la misma altura, es decir, aún era muy joven (un ejemplar adulto llega a medir 3 metros y pueden llegar a pesar 300 kg), sus movimientos en tierra eran tan torpes y su actitud tan mansa y confiada, que generaba una enorme ternura a su alrededor. No me extraña que la mujer que la rescató se lanzara al mar embravecido como si fuera a salvar a un ser humano. Débil y agotada, la cría tenía sólo 4 días de edad y pesaba 15 kg cuando la encontró.

El día en que devolvieron a Viktoria al mar

Y ahí estábamos ahora los dos. Apenas despuntaba el día cuando, Toni por estribor y yo por babor, ya habíamos tomado posiciones. Sí, estamos dispuest@s a encontrarnos con una de esas “…focas de natáfiles pies, hijas de la hermosa Halosidne, que salen del espumoso mar exhalando el acerbo olor del mar profundísimo…”, que es como las describe Homero en la Odisea, aunque en realidad no hacemos otra cosa que pensar en el paradero desconocido de Victoria y en la figura huidiza del cachorro con el que nos encontramos casualmente en septiembre de 2008.

Así aparecen las “focas dnatáfiles pies, hijas de la hermosa Halosidne” en el mosaico de Otranto

Terminábamos el recorrido de aquel año por el Egeo cuando Toni y Bruce decidieron hacer su última inmersión de la temporada. Durante el trayecto encontraron una cueva que cumplía todas las condiciones para que una hembra pudiera instalarse allí. Nada más asomarse a ella encontraron a una pequeña foca. Para evitar su estrés, salieron suavemente de su refugio, sorprendidos por aquel hallazgo.

El mar subraya, convirtiendo en una joya cada objeto.

Se trataba de tentar al azar y mirar detenidamente, nada más. Sabiendo que se encontraba en las inmediaciones, ya habíamos bordeado Cres con detenimiento, haciendo que el salto a la costa continental de Istria fuera especialmente lento. Además, Cres sería nuestra última isla, queríamos saborear la solitud que facilitan las islas y más en esta zona, en la que abundan islas, islotes y peñascos sin huella humana.

Como en otras ocasiones en nuestro recorrido por el archipiélago croata, encontramos ruinas de sencillas casas de labranza, pequeños muelles en los que probablemente no se refugie una barca desde hace un par de generaciones,.. Queríamos navegar con lentitud, la única premura la marcan los nubarrones negros, que determinan el lugar en el que pernoctamos y dejamos pasar la lluvia, como sucedió ayer: Nos quedamos apenas a nueve millas de Pula forzados por una inesperada tormenta, lo que nos permitió disfrutar de un enclave que ya Toni ya había marcado en el mapa. Se trata de una bahía a la que no logramos poner nombre, situada frente a un islote llamado Sekovac.

El cielo compitiendo con la belleza de la costa, en esa bahía sin nombre frente a un islote llamado Sekovac…

Preferimos fondear a amarrarnos en un puerto y evitamos los clubs náuticos, un destino que en cuanto abandonemos Croacia y saltemos a la costa italiana será forzoso. Es decir, elegimos calas, bien orientadas al viento que gobierne el día, en las que solemos ser la única embarcación, como sucede desde hace más de una semana. Ahora que lo pienso, vendríamos a tener un comportamiento parecido al de la foca monje. Si alguien tiene todas las papeletas para encontrarse con una somos nosotr@s.

Los pescadores ya estaban en sus barcas, con los anzuelos en el agua, cuando arrancamos el motor. “Apenas hay viento, quizá la foca se esté paseando entre las redes, uhm, para ellas son todo un super…”, me animo. Probablemente algunas de estas embarcaciones procedan de Zaljev Rasa, el puertecito en cuyos aledaños fondeamos hace un par de días, cerca de la boca en la que desemboca el río Rasa. En el único restaurante del lugar, donde cenamos, encontramos fotografías que muestran cómo era el lugar a principios de siglo, cuando la extracción del carbón era una importante actividad económica en la zona. Reconocemos algunas de sus casas, parte del muelle actual… La bahía no ha cambiado tanto, aunque sí su uso: hoy los oxidados barcos pesqueros marcan la humilde actividad del pequeño puerto.

Cónclave de cormoranes a las puertas de Pula

Fijamos la vista en todo lo que sucede en el horizonte, ensimismad@s. El mar parece un templo. La búsqueda de la foca monje impide que me pierda en mis mares interiores. En ocasiones levanto los ojos del azul para observar la costa continental, a la que empiezan a asomarse las urbanizaciones ambiciosas. “Adiós a las islas y sus microcosmos”, murmuro.

Pula está al final de esta lenta cuenta atrás. Conocemos la ciudad, hemos recorrido sus calles en otros viajes. Sabemos que antes de entrar en el puerto tendremos que bordear su descompuesto rompeolas, dejar a un lado los astilleros con sus oxidadas instalaciones y toparnos de frente con el coliseo romano (siglo II) que parece apostado en el malecón.

Los graffittis de los numerosos edificios abandonados saludan a quienes acceden por mar a Pula

Pula tiene la rancia belleza de las ciudades que fueron gloriosas y cuyos habitantes las mantienen vivas al margen de su pasado. El hecho de que en sus inmediaciones se encuentren las islas de Brijuni (elegidas por el Mariscal Tito para pasar sus vacaciones, hoy Parque Nacional) da sentido a los numerosos edificios militares abandonados que hablan de un pasado en el que la ciudad tuvo un mayor peso administrativo y geoestratégico.

Cuando apenas quedan dos millas para llegar a la ciudad asumimos que el encuentro con la foca pasará a ser uno de los mitos de nuestro viaje.

Aquella noche, hablando con Zejlka (sí, la mismísima “prima de los agentes Hernández y Fernández”, aquella asesora medioambiental con la que trabajó Toni en Lastovo), veré el vídeo que han colgado unos turistas alemanes en youtube. En él muestran cómo encontraron el ejemplar de la foca monje en Cres y el estúpido trato que le dispensan. Imagino el estrés del pobre animal.

Siete grados

17 de septiembre de 2012

by MARTHA ZEIN

Una suma de detalles desordenados como los botones en el caja de costura, así son los últimos días. El hilo es el silencio, la luz, esa cantidad inagotable de pequeñas tareas que genera el mantenimiento del barco (en las que, por supuesto, se incluye la escritura) y el recuerdo de las experiencias compartidas.  Con este hilo hemos cosido los siete grados que distan del paralelo 39 al 45. Siete grados. El resultado es algo así como un licor que permite “ver más”. Por ejemplo, l@s brancanautas no saben hasta qué punto estaban sincronizad@s. La última noche que durmió en el Brancaleón Marcus me mostró el libro que había traído como compañero de viaje: “El cisne negro” de Nassim Nicholas Taleb. De este modo quedó enlazado con Juan, a quien nunca ha conocido. Durante su estancia en el barco, Juan me había explicado que los sucesos raros tienen mayor impacto en el desarrollo de  nuestras vidas que los sucesos esperados y repetitivos en los que creemos que se basa nuestro mundo. Se trata de una teoría a la que llaman del “cisne negro” porque antes del descubrimiento de Australia, las personas del Viejo Mundo estaban convencidas de que todos los cisnes eran blancos basándose en las pruebas empíricas de su realidad.

En Zadar decimos adiós al último brancanauta (Marcus)

Marcus fue el último brancanauta en abandonar el Brancaleón. Le dejamos en el muelle de Zadar, cerca de donde canta el viento, una instalación sonora situada en la zona monumental del muelle de la ciudad. A su lado un chico joven cortaba el pelo a su compañera y a su espalda los habitantes de la ciudad se confundían con los turistas que bajaban del último ferry. A esas alturas Izilda y Mariona ya habrían llegado a Pula y estarían a punto de saltar a Venecia.

Habíamos rebañado cada actividad compartida, desde recorrer el mercado situado cerca del arco de la muralla que rodea la ciudad, a los largos con vela o su último baño en el Mediterráneo antes de que regresara a Compenhague. Tras él estaban los días compartidos con Meritxell, Nuria, Bego, María José, Jaume, Rocío, Ana, Beate, Magdalena, Eugenio, Mamen, Juan, Sergi, Montse, Quique, Linda, Mariona, Izilda… 18 personas con quienes hemos intercambiado algo más que unos días en un velero de madera. Aquella fue algo más que su despedida. Marcus permaneció muchos minutos en el muelle de Zadar, diciendo adiós con la mano y contemplando cómo nos alejábamos. Nosotr@s le vimos hacerse pequeño lentamente.

El joven corta el pelo de su amante en el muelle

Zadar se convirtió, de este modo, en un punto de giro del viaje. Aquella noche la luna llena se cubrió de un halo blanco. Fondead@s en el extremo más norte de la isla de Ugljan, la lluvia que esperábamos nos alcanzó dulcemente. Sabíamos que Septiembre trae tormentas y que la temperatura iría bajando a medida que avanzáramos hacia el norte. No teníamos prisa. Nuestro único plan era alcanzar Pula recorriendo las islas que no conocemos. A partir de entonces el ritmo de la navegación, las rutas y nuestros horarios se adaptarían a los claros en el cielo, las horas de calma y los huecos que la lluvia dejara en el horizonte.

El agua tamborileó la cubierta del Brancaleón de forma intermitente durante varios días, es decir que navegamos de forma intermitente, que es lo mismo que afirmar que vivimos al ritmo de la lluvia. Tal y como preveíamos, fuimos perdiendo paulatinamente las coordenadas y las millas fueron expandiéndose y encogiéndose al margen de las medidas reales, logrando que nuestra vida se convirtiera en una ristra de instantes enlazados por largos silencios. Uno de aquellos hitos en los que anclamos la memoria fueron las risas que llegaron desde tierra aquella noche en que fondeamos en cala Muline (en Otok Ugljane). Los rayos iluminaban la noche dejando a la vista un mar plano. Al día siguiente, después de 20 horas seguidas de lluvia, descubriríamos que las carcajadas procedían de la única fonda del pequeño pueblo, y allí nos tomaríamos sendos tragos de raki (orujo croata), brindando por su buena compañía.

El puertecito de cala Muline tras la tormenta

Horas después, azuzad@s por un anochecer prematuro, buscamos refugio en Trtljuz (también en Otok Ugljane). A oscuras, con un fuerte viento por proa y una lluvia fina, el Brancaleón embarrancó. Aquella estrecha y desolada cala era menos profunda de lo que anunciaba el pilot y nuestra sonda, evidentemente, había dejado de funcionar. Después de tres horas de ingenio, esfuerzo y compenetración, logramos arrancar el velero de aquel fondo arenoso. La solución tuvo tres patas: por un lado enganchamos el palo de la mayor con un cabo que pasamos por tierra para hacer palanca y a base de dar vueltas con el molinete fuimos inclinando el barco por estribor. Al mismo tiempo, facilitábamos el trabajo del ancla con otro cabo, con el que íbamos avanzando por proa a base de molinete y de hacer presión sobre la cadena con nuestro propio peso. La puntilla fue vaciar el tanque del agua (tiene capacidad para 400 litros) con el fin de aligerar el peso. En esas tres horas la naturaleza decidió colaborar: la lluvia cesó y el viento amainó, de modo que dejó de arrastrarnos contra el fondo de la bahía.

En Croacia cada ser humano es un detalle en el paisaje. El número de habitantes de este país apenas supera los cuatro millones de habitantes. Había días en los que apenas nos encontrábamos con un alma. Allí y allá, en medio del azul, veíamos a lo lejos pequeñas barcas. En ellas un puñado de hombres solitarios agitaban el sedal con el que pescan calamares. Sé que manejan la potera, pero de lejos parecía que se fustigaran la espalda con un invisible látigo. Su soledad horizontal era tan inmensa que me asalta a la memoria la película “Simón en el desierto”, de Buñuel. En aquel caso el ermitaño se subía a una columna cada vez más alta en busca de un aislamiento imposible. Ahí va una escena, en la que es tentado por una inocente diablesa.

La luz plateada de los días de tormenta ayuda a abolir el tiempo y a veces los encuentros afianzan esta sensación. En el parque natural de Telásica nos topamos con un joven que manejaba una extraña embarcación de madera: en lugar de velas, su mástil sostenía un bodegón de frutas y verduras pintadas en una madera con vivos colores. Ofrece estos productos a los veleros que aún fondean por la zona y a los propios trabajadores del parque. Nos acercamos a comprarle algo, no importa qué, tan sólo queremos alentar su pequeño negocio. El joven nos contará que lo montó su padre hace 30 años y ahora se encarga él. Me impresiona la noble humildad de su herencia.

Un supermercado en una barca de madera

A base de sumar temporales y rachas de viento hemos adquirido una gran soltura a la hora de despejar la cubierta. La más intensa fue la que vivimos en Lucina (Dugi Otok). Nos acercábamos con el dingui al barco (después de pasar apenas una hora en el pueblecito) cuando nos dimos cuenta que nos seguían a gran velocidad unos densos nubarrones. Los cúmulo-nimbos descargaron sobre nuestras cabezas apenas pusimos el pie en el barco e hicieron que el Brancaleón demostrara toda su capacidad para agarrarse a tierra. Fuera, nuestra botellita azul también parecía imperturbable. Por cierto, han sido decenas las veces que se nos han acercado, alarmad@s por si “eso” que llevamos colgando es el alargador de la electricidad. Casi siempre es Toni quien, una y otra vez, termina explicando que son “palabras para el mar”.

Quizá viajar en el Brancaleón haya sido subirse a un cisne negro; quizás haya sido capaz de que cada un@ de nosotr@s rompa con la tendencia que tenemos a fijarnos sólo en los casos que confirman nuestra visión del mundo…

Fuera, la tormenta, dentro, la calma (mientras el Brancaleón baila)

by MARTHA ZEIN

Pessoa llevaba a bordo ya ocho días. Sabía que nos encontraríamos. Montse  le había nombrado días antes, la propia Izilda había colado una de sus afirmaciones en un mail (“Navegar é preciso; viver não é preciso”)… No hacía falta más que esperar. Había aprendido que los tiempos de antaño difícilmente vuelven, sin embargo Pessoa estaba encima de la mesa, debajo de un pañuelo, en una esquina de la bañera, junto al mástil de la mesana. Tarde o temprano terminaríamos a solas.

Le ví embarcando en el regazo de Izilda. Nos rozamos por azar, entre los pareos, mientras ella aprendía a tirarse de cabeza desde la borda, pero no fuí yo quien dio el primer paso, quizá porque Pessoa rima con amores descarriados, retazos ingenuos de vida disoluta, y una voz que musitaba poemas sobre aquello que sucede aparentemente fuera pero que no existe sin el que sueña o ama. Sucedió en los años en los que escribía en mayúsculas Literatura, Amor y Vida y todas ellas me esperaban detrás de la puerta, entonces él soñaba traducir a Pessoa y amaba a las mujeres de una en una mientras entraba y salía de sus propios heterónimos. Extrañamente, un día todas se llamaron igual, usaban la misma piel, se reían del mismo modo… pero ya era demasiado tarde porque ella se había ido a Lisboa, dejando atrás al traductor y cogiendo de la mano al poeta. Aquellos intensos años están ligados a Pessoa, el descubrimiento de los fados y la voz de Cesária Évora ampliando la geografía de la saudade con sus mornas. No, no sería yo quien diera el primer paso.

Un día, a la hora de la siesta, Izilda empezó a leer a media voz uno de sus poemas. Mariona reía a su lado con los juegos de palabras. Contemplar cómo entre dos personas nace la Amistad, también con mayúsculas, me cautivaba, por eso me acerqué a escuchar. Decía, con su melodioso acento brasileño: “Cuando yo muera, hijito, / sea yo el niño, el más pequeño. / Cógeme en tus brazos / y llévame dentro de tu casa. / Desnuda mi ser cansado y humano / y acuéstame en tu cama. / Y cuéntame historias, en caso de que despierte, / para volver a dormirme. / Y dame tus sueños para jugar / hasta que nazca cualquier día / que tú sabes cuál es” y el mundo se ordenó como antaño.

Ruinas del castillo de Pakleni, probablemente construido por los ilirios

En las jornadas siguientes sus versos fueron cayendo del libro de “Poemas de Alberto Caeiro. El guardador de rebaños” como frutos vencidos por un largo verano. Los tomé uno a uno, en una especie de acto clandestino, mientras Marcus levaba el ancla, Mariona ajustaba las velas, Izilda adujaba los cabos… Yo iba de babor a estribor, de proa a popa, con el sonido de sus versos cerrando aún más mis oídos. El primero lo saboreé bajo la luna creciente que ya apuntaba redondeces, durante la navegación nocturna, en la que Izilda fue poniendo nombre a las estrellas. Después en Pakleni, tras una copiosa cena. Y al día siguiente, a plena luz del sol, agotad@s por el largo paseo entre los restos de una fortaleza pre-románica en la que Marcus descubrió lo que podrían haber sido los baños termales….

 “Leve, leve, muy leve / un viento muy leve pasa, / y se va, siempre muy leve. / Y no sé lo que pienso / ni procuro saberlo”… susurraba Alberto/Pessoa detrás de mi oído cuando los 152 peñascos, islotes e islas calvas de Kornati abandonaron el horizonte y se enfilaron por proa, demostrándome que era cierto aunque fuera imposible en un velero. De hecho, el viento nos había permitido jugar con los veleros vecinos. Mariona y Toni disfrutaban ajustando los  largos, bordos y ceñidas. Los jóvenes veleros veían cómo el nuestro, vetusto y de madera, lograba sacarles algunos metros de ventaja. Sonreíamos, felices y, sin embargo también le dábamos la razón a Pessoa: “navegar es necesario”.

Izilda, Marcus, Mariona… Afirmamos que navegar es necesario

Jugamos en medio de la desolación. El Parque Nacional de Kornati es una suma de meteoritos calizos hundidos en el azul. Antaño, cuando Marco Polo y Colón ampliaban el horizonte haciendo que el mar fuera menos tenebroso, estaban cubiertas de bosques, pero nosotros, los seres humanos, y nuestros incendios devoradores las vaciamos para siempre.

Así podría ser el fin del mundo, imagino, y Pessoa, como si ya lo hubiera pensado, añade: “El viento, alto en su elemento, / me hace más solo -no me estoy / lamentando, él se tiene que lamentar. / Es un sonido abstracto, insondable / venido del elusivo fin del mundo. / Profundo es su significado. / Me habla el todo inexistente en él, / Cómo la virtud no es un escudo, y / Cómo la mejor es estar en silencio”.

Un árbol, solo, en medio de la tierra

Sabía que me sobrecogería aquella aridez, que su tierra blanca por los fósiles volvería a dejarme muda por dentro, como ya sucedió hace dos años. Por eso esperé a que apareciera el árbol perdido en el islote, capaz de hermanarse con nuestro velero, también solitario, en medio del mar. Sólo entonces tomé el timón.

Un velero, solitario, en medio del mar

Mientras escuchaba el viento en las velas y el paisaje seguía regalándonos hallazgos (como cuando dejamos a un lado aquel muro de piedra que seguía dividiendo en dos la nada), sentí que éramos dos los que llevamos el Brancaleón: “Como quien en un día de verano abre la puerta de la casa / y observa el calor de los campos con todo su rostro, / a veces, de repente, me golpea la Naturaleza con fuerza / en la suma de mis sentidos, / y me quedo confundid@, perturbad@, queriendo entender / no sé bien cómo ni qué…” El fin del mundo debe de ser así, una huella absurda en medio de la nada.

Aquella muralla que dividía en dos la nada resultaba insoportablemente leve

Horas después comprendí que, al seguir el juego a Pessoa, yo también me sembraba de heterónimos, de modo que podía tener varias vidas al mismo tiempo. Podía bailar con Alberto Caeiro/Pessoa mientras celebraba con el resto de la tripulación que el Brancaleón había logrado pasar por el ojo del puente sobre el estrecho Zdrelac, que une (o separa) la isla Ugljan con la de Pasman. Podía seguir platicando con Álvaro de Campos/Pessoa bajo el pino sin sombra de la colina, mientras que quel que hablaba por la boca de Bernardo Soares/Pessoa leía, junto a la sartén en la que se freían las patatas: “no distingo entre la realidad que existe y el sueño, que es la realidad que no existe. Y así intercalo en mis meditaciones del cielo y de la tierra cosas que no brillan de sol ni se pisan con pies -maravillas fluidas de la imaginación!” (del “Libro del Desasosiego” ). El cuarto aún se zambullía junto a Ricardo Reis aquella mañana que el Brancaleón amaneció tan dulce cuando ya estábamos haciendo las operaciones de desembarco en Zadar.

Kornati nos regaló este despertar, estaba próxima la despedida

by MARTHA ZEIN

08:00 a.m. El Brancaleón leva el ancla rumbo a Uvala Luka (Korcula) para hacerse con provisiones. Probablemente no volvamos a tocar un puerto en una semana.

Un barco es un micromundo. Éste mide 13 metros de eslora (largo) por 3.4 metros de manga (ancho). Es decir, la tripulación, que hoy suma 5 brancanautas, convive en unos 41 metros cuadrados. Aproximadamente tocamos a 8 metros cuadrados por persona. Creo que en los submarinos el espacio vital es más reducido.

Una buena forma de empezar el día: la sonrisa de Mariona

 Después de más de tres meses recibiendo compañer@s de navegación, me he acostumbrado a observar cómo el uso de nuestro reducido espacio cambia en cada turno. Por ejemplo, hay quienes apenas se asoman a proa y en cambio los hay que se procuran largos ratos de soledad en ella. Hay quienes hacen “casita” en cualquier rincón, con un par de pareos o en torno a unas defensas, en cambio otros se sientan “al caer”, como si sólo necesitaran sus auriculares con música para sentirse cómod@s.

Sin lugar a dudas, el lugar común más importante del barco es ese pequeño rectángulo en el que se vive durante horas cuando se navega: esos 4 metros cuadrados que mide la bañera. Allí se sestea, se otea el horizonte, se come, se departe, se declinan todos los verbos vinculados con la navegación a vela: drizar, izar, arriar, rizar, trabuchar, virar, ceñir, cabalgar por las olas… No es lo mismo tomar asiento junto al molinete (lo que obliga a implicarse de manera activa porque si no se entorpecen las maniobras) que tomarlo en una de las dos esquinas que coronan el asiento de quien lleva el timón, mucho más reposado y desde el que se controla el recorrido del velero sin tener que retorcer el pescuezo o el torso. No siempre estos espacios son ocupados indistintamente por tod@s los brancanautas.

A estas alturas podría elaborar un juego psicológico que dijera “dime dónde te sientas en la bañera y te diré quién eres”.

Por fin ponemos cara a Marcus: !Es así! (de simpático).

09:30 a.m. Café en tierra. La tripulación decide la ruta del día de forma consensuada y el reparto de las comidas a bordo. Cada persona comprará los ingredientes necesarios para elaborar el plato del que se hará responsable. Toni ha consultado las previsiones de viento y de lluvia: partiremos antes de las 12 a.m. para navegar con las condiciones óptimas.

Cualquiera que sube al Brancaleón sabe que ésto no es un charter. No se trata de poner dinero encima de la mesa y que te traten como a un/a niñ@, que es lo que sucede cuando te lo dan todo hecho. Nadie es cliente, el reparto de roles que podría esperarse de una embarcación de alquiler queda totalmente derogado. Si bien el capitán es el responsable del barco (y por tanto tiene la última palabra), las decisiones sobre la ruta, la elección de si se fondea o se amarra, etc. son siempre consensuadas. Tan pronto puede estar frente al horno dispuesto a sorprender con una buena receta en la cocina como dándose un baño con el resto de la tripulación o limpiando la cubierta.

Tampoco hay servicio a bordo, o dicho de otra manera: la calidad de vida es responsabilidad de tod@s. Esto significa que las tareas se reparten equitativamente, desde la limpieza del WC al baldeo, pasando por el cabotaje de las viandas, etc. No hace falta hacer turnos, simplemente se trata de hacer un cálculo honesto y pensar en las demás personas del equipo. Por jemplo, en diez días cada cual tendría que ponerse al frente de la cocina al menos 4 veces; lo mismo sucede con poner la mesa, recogerla, lavar los platos…

Otro ejemplo: el mantenimiento de los espacios comunes son responsabilidad de tod@s, piensa por ti mism@ y haz algo por el bien común: vacía la sentina, limpia la nevera a fondo, o lo que se te ocurra. En el Brancaleón todas las actividades son dignas y propias de cualquier navegante que se precie.

Izilda y Marcus, nos ponemos en ruta y todo parece en orden.

Cada una de las personas que ha subido al Brancaleón sabía que éste sería el orden del mundo durante los días que estuviera a bordo. Era, casi casi, lógico: si éste ha logrado partir de Mallorca, ha rebañado las islas del Mediterráneo y aún se mantiene en ruta no ha sido obedeciendo a criterios de mercado. Es más: nos hemos puesto la rentabilidad económica por montera.

Por tanto, abolido el “gran principio” que parece gobernar nuestras vidas (la rentabilidad o viabilidad económica), lo único que hemos tenido que hacer tod@s l@s brancanautas es seguir siendo coherentes: Aquí se cambian las reglas del juego, de modo que las responsabilidades no se reparten según las habilidades o capacidades, el criterio no es hacer las cosas “mejor” sino lograr que todas las personas que estén a bordo tengan las mismas oportunidades de probar su relación con las velas, el gps, el horno, el dingui e incluso asomarse al motor si lo desea. Nos da igual si es la primera vez que lo hace o si tiene título que le avala, el hecho de que tod@s tengan su propia y singular experiencia náutica permite no sólo que se produzcan situaciones divertidas, sino que en ocasiones da lugar a soluciones innovadoras.

14:30 Dejamos atrás la península de Peljesac. Hemos comido en ruta. El viento comienza a subir, tal y como estaba previsto. Sacamos todas las velas. Vamos a cinco nudos. La navegación empieza a ser excitante, aunque nos aleja de Vis. Cambiamos de rumbo, vamos a Scedro.

A pesar de todo, es difícil dejar atrás ciertos cánones. El sistema neoliberal, tan pendiente de la productividad, la rentabilidad, la optimización de cada acto, se ha arraigado de manera tan profunda en nuestras mentes y corazones que por ejemplo, hay quien aún cree que la galantería y el cuidado significa amarrar el pesado cabo a tierra, impidiendo de esta manera que su compañera a bordo busque sus propias soluciones. Irónicamente, ejercida de este modo, la educación siembra debilidad, ¡qué manera de malgastarla!.

El viento manda siempre, pero a veces, más.

Otr@s tienen tan arraigado que las cosas se han de hacer de la mejor manera (y normalmente sólo hay una), que obran bondadosamente en consecuencia. Normalmente quienes suelen defender esta postura creen que conocen el camino, por eso se ponen al frente de la acción, considerando que es “lo natural” en tanto que es “obviamente lo óptimo”. Por supuesto que están dispuest@s a ceder este lugar, siempre y cuando si obren de forma óptima, es decir, siempre que compartan sus mismos criterios, sean tan rápid@s, eficaces… es decir, a “un@ de los suy@s”. No se dan cuenta que tanta inteligencia siembra estupidez a su alrededor. Olvidan que la persona sabia no es la que enseña sino la que deja que los demás realicen su proceso de aprendizaje y, por tanto, está dispuesta a que sucedan “otras cosas”.

Este tipo de confusiones en torno al poder se mezclan con otros patrones de conducta que quien se pasee por un club náutico verá con cierta facilidad, por ejemplo, quien lleva el timón suele ser el hombre. Del mismo modo, las labores del exterior del barco (fundamentalmente el uso de las velas) parecen más importantes que las del interior, pues se asemejan más al tradicional papel del cuidado que se otorga a las mujeres. Cuando los papeles se vuelven del revés es fácil que las mujeres se sientan “más poderosas” (incluso orgullosamente más “varoniles”) cuando llevan el timón o toman decisiones sobre el estado de las velas, en cambio cuando un hombre se pone al frente de la cocina, no sólo no baja un escalón sino que gana reconocimiento e incluso se puede entender que comienza a comportarse como un “viejo lobo de mar”. No, el asunto, evidentemente, no sólo pasa por intercambiar los roles, y no, un grupo de personas no suelen autorregularse de forma equitativa de forma “intuitiva” porque nuestro imaginario está muy conquistado. Por el momento, en el Brancaleón hemos hecho lo que hemos podido de la manera más sencilla posible: procurando que cada brancanauta encuentre su “minuto de gloria”.

El horizonte no siempre trae un atardecer perfecto.

17:50 La navegación se ha hecho lo suficientemente intensa como para sacar los arneses y montar las líneas de vida. De seis, siete nudos, el viento a pasado a nueve nudos. Toni decide plegar velas. Centramos la atención en todos nuestros movimientos.

Cuando la fuerza se impone y llega de la mano de la naturaleza (es decir, al margen de las voluntades, las intrigas, los intereses, las ambiciones y las lógicas humanas), todas estas consideraciones sobre el poder se convierten en juegos cortesanos. Es entonces cuando actúa el instinto de supervivencia, que en algunos casos va acompañado del compañerismo y la solidaridad, rasgos del ser humano que sólo parecen adquirir su color más diáfano en las situaciones difíciles.

17:20 A dos millas de Scedro, decidimos volver, el motor del barco no puede remontar la fuerza del viento. No controlamos el timón, el mar nos lleva en sentido contrario. Las olas crecen, calculamos que algunas llegan a los 2 metros.

Volvemos sobre nuestros pasos, hacia algún punto de Braj o de Korcula resguardado del viento de poniente. El velero que llevábamos en proa realiza la misma operación.

A nuestras espaldas el cielo se cubre de un manto gris. La tormenta avanza hacia nosotros lentamente. En el camino nos cruzamos con una pequeña barca motora que se atreve a remontar el viento; parece hecha de papel.

Al día siguiente vimos hecha realidad nuestra peor pesadilla.

19:30 Fondeamos en Uvala Kneza (Korcula), apenas a unas cinco millas de nuestro punto de partida.La lluvia apenas nos ha tocado. Es la cuarta vez que esta bahía protege al Brancaleón. La descubrimos después de un fondeo agitado en Braj, cuando intentábamos alcanzar la isla para que Eugenio y Magdalena tomaran el ferry que les llevaría a tomar el avión en Dubrovnik. La segunda ocasión fue en compañía de Mamen y Juan, aunque en aquella ocasión fue simplemente para tomar aliento y alcanzar Scedro. En la tercera, el viento arreció cuando la tripulación de amantes disfrutaba de la siesta y decidimos pasar allí el resto del día. En esta ocasión llegamos in extremis. La tormenta se ha ido deshaciendo por el camino.

De cerca, aquella embarcación estampada nos sobrecogió

Tras una noche dulce, al día siguiente volvemos a remontar el canal. Esta vez el viento racheado llega a pasar de 6 a 9 nudos en un instante. Adaptamos el chiste: “Ni de poniente, ni del NE, éste es de Bilbao, y los de Bilbao nacen donde quieren”. Hemos ajustado de nuevo la ruta, esta vez pasaremos Scedro de largo y alcanzaremos algún punto a buen resguardo en las Pakleni. Nada más acercarnos a ella nos topamos con la peor de las pesadillas: un barco a motor (como el que vimos la noche anterior, enfrentándose a la tormenta) ha chocado contra las rocas. Al día siguiente un periódico local titulaba “Kamikaze ruso”.

Hay risas que retrasan las tormentas

10 de septiembre de 2012

El impactante cartel de la peli, me sigue gustando el diseño

by MARTHA ZEIN

 

Si alguien tiene a mano el largometraje, Sergi es el niño que empuña una tijera con la intención de hincársela en una pierna a un adulto cuando es detenido por un golpe que éste le atesta con un remo. La escena se grabó varias veces: plano corto, medio, detalle…

Mientras Sergi contaba que aprendió que un minuto de una película puede tardar en rodarse horas yo no pude parar de reír: ¡Cada plano era un golpetazo con el remo!. Le imaginaba regresando a casa tras el rodaje, exultante por una experiencia de la que había disfrutado con la entrega de los payasos; podía hacerme una clara idea de su sonrisa imperturbable mezclada con el cuerpo magullado. Cuando empezó a contar que uno de sus amigos aprendió a adelantarse a uno de aquellos golpes para que doliera menos y que Ibáñez Serrador en persona le retuvo por los hombros para lograr que el plano corto de la caída resultara creíble, los torcijones de la risa me tiraban al suelo.

El protagonista de esta historia, Sergi, con su amor, Montse

He de decir a estas alturas que una de las muchas facetas de Sergi es la de actor, por tanto su forma de relatar la historia era deliciosa. La anécdota llegó a su clímax cuando describió la velada en la que el director estrenó su película de terror en Menorca como una forma de agradecimiento a sus habitantes, lo que hizo que el cine estuviera abarrotado.

Un fotograma de la peli, quizá uno de los niños del fondo sea Sergi

Empezaba la trama a subir de tensión cuando la actriz principal exclamó “Oh, qué aguas más cristalinas”, refiriéndose al lugar donde minutos después comenzaría la tragedia. Aquel año precisamente esa cala (el puerto de Maò) en la que había sido rodada la escena había sido cerrada por la contaminación generada por infinidad de vertidos, de modo que la sala entera rompió a reír estrepitosamente. Imagino la cara de estupefacción de Ibáñez Serrador al comprobar que su película !En vez de provocar miedo causaba risa!. Aaaaay, que me despiporro, aaay.

Con el tiempo aquel niño asesino se convirtió en director de teatro, medioambientalista, economista, socioambientalista… una trayectoria digna de recordar en estos tiempos de crisis.

Izilda trajo la dulce melodía brasileña al Brancaleón

En fin, el caso es que Sergi y la fábrica de risas seguía a bordo cuando embarcaron Izilda y Marina, haciendo real el “síndrome del segundo hijo”. Montse y yo habíamos acuñado el término semanas atrás para referirnos al malestar de alguna de nuestras amigas cuando daban a luz a su segundo retoño. Al darse cuenta de que eran capaces de amar al nuevo bebé del mismo modo que amaban al primogénito sentían que estaban cometiendo de alguna manera una infidelidad, por absurdo que pareciera. El cambio de turno en el Brancaleón había sido tan rápido que aún no había comenzado el pequeño duelo de la despedida cuando ya llegaba el alborozo por la llegada de la nueva tripulación. Era inevitable abrazar con efusión a Mariona, cuya alegría de vivir ya me había contagiado en otros viajes náuticos, mientras que el melodioso acento brasileño de Izilda me devolvía a periplos de juventud, aquel viaje por Salvador de Bahía junto a mi amiga Yolanda…

Nuestro corazón volvió a expandirse, por imposible que nos pareciera, como viene sucediendo desde que salimos de Alcudia hace meses y nos despedimos por primera vez de Jaume (Roselló)… Esta vez lo hizo lentamente, contagiado por el paisaje: en la bahía de Komolac, cerca a la ciudad de Dubrovnic, el Mediterráneo se desenlazaba de la ría con el detenimiento de quien ha disfrutado de un intenso y largo beso. El verano también iba dulcificando sus rigores, haciendo que fuéramos reduciendo el número de baños casi de uno a uno, como los niños chupan sus últimos caramelos.

Con Mariona e Izilda, una cervecita tras dejar Lopud

A partir de ahora, cada vez que levamos anclas el mar nos recibirá algo más altivo, pero el entusiasmo de las nuevas brancanautas, dispuestas a vivir la experiencia del viento resulta contagiosa… y, como ellas, retenemos los detalles del recorrido. Ahí estamos de nuevo en Lopud, parte de ese canal de Calamotta que describió el Arxiduc en 1910 y en el que ya nos hemos bañado en varias ocasiones, pero es sólo ahora cuando lo apunto en mi cuaderno de viajes. Este canal empieza por el sur delante de Dubrovnik y termina en el norte en el canal de Ston (entonces Stagno) un lugar que tenemos marcado en el mapa. Las islas que lo forman son conocidas como las Elafitas y el Archiduque hace referencia a tres de ellas: Calamotta (hoy Kolocep), Mezzo (ahora Lopud) y Giuppana (Sipan, la mayor de las Elafitas).

En “Der Kanal von Calamotta” (Praga 1910), el Arxiduc describe así el Canal de Calamotta: “Reúne como ningún otro una cantidad grande de sitios ideales para anclar. Son tres islas sin contar las pequeñas que están cerca: en el norte Giuppana, en medio Mezzo y en el sur Calamotta, cual dio como la más cerca de Ragusa, el nombre al canal. Muy diferentes en sus estratificaciones están situadas aproximadamente en la misma distancia de la tierra firme  (…)

Cae la tarde en el canal de Ston, que se asoma al fondo

Así lo vió en 1906 el Arxiduc

Con doble excitación vamos recorriendo el canal de Ston, una estrecha y larga raja abierta al mar, por la que llegamos, después de casi una hora de navegación, a una salina semi-abandonada de Ston. La mar está tranquila, el día es claro, Izilda y Mariona estrenan sus primeros días a bordo. Las murallas que lo rodean nos recuerdan a aquella impresionante vista de Kotor (Montenegro) con la que nos encontramos hace un par de años… Hoy recorrerlas por encima es uno de los atractivos turísticos de la localidad, que se divide en Veli Ston y Mali Ston. Este punto es muy peculiar porque es un pequeño itsmo de un kilómetro por el que han de pasar todas las comunicaciones con la larguísima península de Peljesarc (de 70 kms). Toni lo compara con el rabillo de una hoja.

En 1906, el Arxiduc Luis Salvador las describe así: “Stagno grande y Stagno piccolo parecen pueblos antiguos donde no ha cambiado nada; viejos muros, viejas casas – todo es viejo, hasta la enarenación; todos testigos mudos de historias pasadas. Las almenas medio destrozadas salen desde los muros que los rodean de una manera fantasmal.”

Veli Ston aparece ante nuestros ojos, en 2012

Veli Ston en un grabado del Arxiduc Luis Salvador, 1906

Si  bien para el Arxiduc aquella ciudad era un lugar “sumamente extraño”, con “callecitas  que corren en la parte plana paralelamente y suben luego en escalones hacía las alturas de las colinas de detrás”, para nosotr@s es un pueblito tranquilo tras la resaca de la temporada alta. Compramos melocotones (manjar para la boca de Izilda) y los primeros higos de la temporada. Es decir, deshojamos voluptuosamente el calendario, desafiando a los pescadores de Mallorca, que dicen que el verano termina con la Mare de Deu de Agosto (que cae el 15 de ese mes). ¿Acaso aquella dulzura equivalía a la calma previa a la tormenta?. No en vano Lluis  Ferrés Gut, en su libro “Secretos del Mediterráneo” (que está a bordo por el impulso de Nuño y María) asegura que en este mar sólo hay dos estaciones: el verano, corto, y el larguísimo y duro invierno en el que las embarcaciones se atan a tierra.

Los primeros higos…

Comienzan los indicios: La humedad nocturna hace cada vez más incómodo dormir bajo las estrellas, el viento ya refresca, enfría. En cambio, cada salto a tierra se convierte en algo especialmente emocionante: es la calma después de la tormenta turística. Las terrazas muestran sus sillas vacías como cuando termina un espectáculo, aparecen entre ellas restos de programas de mano, envoltorios de dulces y chucherías, la actividad ahora sucede entre bambalinas. L@s camarer@s ya no estaban de pie, sino sentad@s, hablando consigo mism@s. Las plazas se desnudaban devolviendo el protagonismo a l@s niñ@s y sus juegos. Los souvenirs se hacen evidentemente más horteras e inútiles ahora que ya no hay sol que de sentido a sus gafas de plástico, pareos y sombreros imposibles.

Y a nosotras, plin, que entre los restos de la temporada alta aún hay agua…

En su retroceso, la ola turística deja a la vista huecos en los muelles, facilitando el encuentro de quienes se lanzan al mar apurando el verano. Fue así, por ejemplo, como nos cruzamos con Giuseppe y Marc. Les encontramos en el muelle, observando de cerca los detalles del Brancaleón. Se habían fijado en el velero al verle entrar en el puerto porque también navegan en un barco de madera un par de años más jóven, Astarté II. El nombre, por supuesto, forma parte de su atractivo. Astarté hace referencia a la diosa fenicia de la naturaleza, la vida y la fertilidad. Istar es la Gran Diosa Madre del Neolítico, personificación de las energías reproductivas de la naturaleza que con el tiempo las religiones y sus hombres transformaron en el santificado negocio de la prostitución, apropiándose de forma unilateral de los placeres de la carne.

Detalle de los relucientes latones y exultantes barnizados Astarté II

Giuseppe lleva años recuperando su embarcación, con ella ha participado en varias regatas de vela clásica (ganó una de ellas en Mallorca). En su móvil, como si fuera un miembro más de su familia, lleva el retrato del nuevo mástil de madera que le está construyendo un maestro veneciano… Mientras tomamos un vino en su impoluta bañera, Giuseppe nos cuenta que ha navegado en el Brancaleón, pues conoce a Giacomo. La conversación duró horas. No somos ni hombres ni mujeres, ni abogados, narradoras o medioambentalistas, sino personas que amamos los barcos de madera.

Giuseppe y las brancanautas

De noche, las tertulias en cubierta se hacen más cortas y las lecturas a la luz del candil más largas. El hecho de que dentro de unos días Marcus llegue a Split procedente de Copenhague para incorporarse a la tripulación orienta mi curiosidad hacia el palacio de Diocleciano y las experiencias que ya hemos tenido en aquel puerto. Juan ya me había comentado, fugazmente, que este emperador romano era uno de sus personajes históricos favoritos. Desvelada, busco en la pequeña biblioteca del Brancaleón alguna historia que me arulle a esas horas en las que todos resoplan, bufan o roncan. En una guía turística encuentro que parte de las canteras de Hvar dieron piedras para aquel palacio en  el que se recluyó el emperador cuando cumplió los 20 años al frente del gobierno, tal y como había previsto durante su estancia en el poder. En este sentido, una coherencia ejemplar para nuestr@s gobernantes.

Detalle del palacio de Diocleciano en Split

Es así como, tirando del hilo, me encuentro con los bagaudas, el ejército de campesinos, libertos, esclavos, pequeños propietarios arruinados,  braceros, bandoleros, desertores, colonos… que se enfrentó al ejército de Roma poco después de que Diocleciano fuera aclamado emperador. Hartos del peso de los impuestos, el aumento del autoritarismo, la corrupción administrativa, la opresión y la pobreza… se sublevaron contra Roma con la intención de crear una sociedad libre gobernada por leyes que no fueran las de aquel Imperio en decadencia. Sé que Diocleciano fue nombrado emperador y acabó con aquella tormenta,  pero terminaré soñando con que Axterix y Obelix aparecían en Mallorca, dispuestos a enfrentarse a Bauzá.

Cuando abro los ojos Toni lleva horas mirando el mar en silencio. La hoja de ruta manda, este turno debería terminar en Pula. La abundancia de islas en Croacia es tal que siempre parece que es fácil encontrar un lugar cerca en el que refugiarse en caso de mal tiempo. Sabemos que es una trampa y que la calma es un bien perecedero, pero las ganas de Izilda y Mariona de probar los límites son contagiosas y nos olvidamos por un rato los indicios…

En tierra, islas de cipreses, que no se sabe muy bien por qué juntos impiden que avancen los incendios

by MARTHA ZEIN

Uno de los ecosistemas característicos del Mediterráneo es la maquia, o al menos eso es lo que aprendí de niña en los libros de texto. Para quienes nacimos tierra adentro esta afirmación fue una especie de dogma escolar en el que debíamos de creer aunque nunca hubiéramos visto un jaguarzo o un lentisco, unos arbustos que imaginaba la mar de divertidos a parte de aprender que formaban parte de dicha vegetación costera.

Crecí sin poner en duda que la maquia estaba compuesta por matorrales y arbustos perennes y que podría encontrarlos cuando llegara el verano en las laderas que finalizaban en el mar, que era lo mismo que decir Valencia. Es decir, que crecí creyendo en la maquia a pies juntillas, aunque en mi Mediterráneo no hubiera más que los girasoles, sandías, mazorcas de maíz, uvas e higueras (que ya me iban la mar de bien) que encontrábamos tras la hora de la siesta en la huerta valenciana. Esto explica por qué aquella formación vegetal quedó enlazada para siempre con mis jugos gástricos, su ausencia y la merienda.

Maquia de libro en Mljet con brancanauta al remojo

El asunto entraba, además, dentro de mis parámetros: la maquia debía de ser uno de esos dogmas de fe en los que tenías que creer si querías hacer la comunión, solo que vinculado con la ciencia, la escuela y la profesora que repartía aprobados y suspensos. Es decir, aquel “ecosistema característico del Mediterráneo” era tan invisible como los ángeles, arcángeles y demás coros celestiales. Pronto comprendí que los libros de texto estaban plagados de incorrecciones e improbabilidades, por ejemplo, resultó que la tierra no era redonda sino ovoidal, que las líneas rectas eran imposibles en la naturaleza y que los planos lisos que conocía nunca lo fueron tanto.

Del mismo modo, las huertas de la infancia se fueron cubriendo de asfalto y cemento, enterrando para siempre aquel vergel jugoso y fértil de la infancia… pero no así la maquia, porque nadie puede hacer desaparecer lo que de por sí es invisible.

Y aquí, maquia al cuadrado (por tierra y agua)

Recordé mi relación gatrointestinal con la maquia el día en que los tres ambientalistas que viajaban en el Brancaleón quedaron impresionados con las maquias incólumes del parque nacional de Miljet y del parque natural de Lastovo.

Durante las más de 2000 millas náuticas que llevábamos a nuestras espaldas la maquia y los huertos mediterráneos habían sido igualmente excepcionales, unas veces comidos por el abandono, otras por las urbanizaciones o por el fuego, pero la emoción y el agradecimiento que nos generaba el encuentro puntual con una tierra cultivada cancelaba nuestra atención hacia la maquia “auténtica”.

El Brancaleón, mirado desde el reposo (Lastovo)

Curiosamente, cuando saltó Quique a tierra a ver de cerca la exultante maquia de Uvala Boroba (Lastovo), esa tan característica en el Megiterráneo y sin embargo tan inusual, mi estómago se puso en pie. Podría haber conectado con la frustración que me genera comprobar, de nuevo, que nuestra forma de acceder al conocimiento sigue plagada de esferas perfectamente redondas que expulsan la realidad y sus miles de espirales irregulares, dejando huérfanas las intuiciones, los impulsos, lo impredecible, las metáforas, l@s diferentes… En su lugar me puse a organizar el reparto de la granita de melón que Toni arrancaba a la termomix.

“Oh, sí” – pensaba, mientras pedía una segunda ración” – “encima el sistema económico al que pertenecemos fortalece esta rigidez”. El neoliberalismo añade el contundente adjetivo “improductivo” a todo lo que no es línea recta, figura geométrica muy valorada porque es la forma más corta, y por tanto eficaz y rentable, de unir dos puntos. Sin embargo, el mundo en el que habita la humanidad, con sus arbustos y sus olas, sus nubes y costas, aquel por el que transita nuestro velero de madera, es rugoso y variable.

El monólogo empezaba a crecer demasiado como para no prestarle atención, no había más granizado de fruta… la maquia seguía allí. Había llegado la hora de cerrar los ojos y seguir el flujo de mis pensamientos.

… “Es más, el universo entero tampoco es uniforme ni simétrico en absoluto, sino que presenta cordilleras accidentadas, volcanes, huracanes, esteroides rocosos y estrellas que estallan. Aquello que por fortuna hoy pueden decir en alto l@s cosmólog@s sin pasar por poetas o loc@s, pende sobre el cuello de este viaje como una especie de espada de Damocles, que fácilmente puede ser clasificado de lírico, banal e improductivo precisamente por no ser absolutamente redondo, no apostar por la línea recta o no ser reglamentariamente productivo”.

Ah, no, eso no sucedería de ninguna manera, dijeron mis papilas gustativas, en vista de que no pronunciaba palabra. Probablemente tuvieran razón, afortunadamente, cuando el Brancaleón apenas contaba dos años, un matemático, Benoit Mandelbrot, encontró una manera de incluir la COMPLEJIDAD de las formas naturales en las rígidas tablas de medir el mundo. Demostró que una ciencia tan exacta como las matemáticas podía hacer cálculos más ajustados a la realidad si atendía a los detalles que aparecen en cualquier escala en la que se observe ésta y su forma de repetirse periódicamente.

Como nadie antes que él había planteado tal posibilidad, Mandelbrot se inventó una palabra, “fractal”. El término explica que los pétalos de una rosa se distribuyan en torno a un mismo eje de manera periódica, hasta qué punto las conchas de las caracolas giran sobre sí mismas siguiendo una pauta matemática, porqué la arboladura de nuestros pulmones es similar a la del más pequeño de sus alvéolos… y sirve para calcular cuánto mide la costa de una isla tan grande como la de Gran Bretaña.

Puesto de pescado en Korcula

A esta cadena, formada por rosas, helechos, caracolas y los alvéolos de nuestros pulmones, podría enlazarse el viaje del Brancaleón… para empezar, la ruta traza curvas y espirales, gira, que es el movimiento más repetido en la naturaleza, de los huracanes a las estrellas.

Estaba atando cabos entre este convencimiento, la maquia y todos los coros que habitan en el cielo de mi paladar cuando Montse empezó a explicarme que en su tesis (en la que vincula el teatro y la educación) apelaba a “los filósofos de la complejidad”. No me hizo falta saber más para comprender que tenía razón.

Me dispuse a buscar detalles fractales en nuestro viaje, pero la tripulación en pleno se dispuso a hacer un particular guiso con lo que compramos el día anterior en el mercado de pescado de Kórcula y dejé el asunto para otro momento.

Limpiando el pescado en cubierta (detalle)

El asunto duró horas, porque el lugar merecía la pena más de un baño y más de un salto a tierra y porque, en vez de usar el fuego de nuestra pequeña cocina Toni envolvió en un saco de dormir la olla en la que habían empezado a hervir los cefalópodos la olla y dejó que hicieran su particular siesta.

El plato fue bautizado como Pulpota a la brut porque el kilo de calamares resultó ser una mezcla de pequeños pulpos y calamares de pota en idénticas proporciones. El sueño de la olla les había dejado increíblemente tiernos y sabrosos.

Nada más llevarme el primer bocado empecé a señalar de memoria en el calendario los días que habíamos puesto la olla a dormir. Si la memoria no me fallaba, lo hicimos 13 días atrás, durante aquella jornada ventosa en la que viajábamos Toni y yo hacia Dubrovnik; y 8 días antes de esa fecha cuando disfrutamos de la memorable fabada compartida con Mamen, Juan, Eugenio y Magdalena; y 5 más atrás, 3, 2 días… la cuenta atrás desembocó en el risotto al curry que hizo Beate y que inauguró esta particular serie de ollas durmientes.

Ramona era ella

Entre unas y otras el Brancaleón había trazado espirales en el mapa, dibujando tirabuzones en las islas de Dalmacia. Entre ellas Lastovo parecía generar una particular fuerza centrípeta: volvíamos a poner nuestras nalgas en su orilla. Lo interesante es que, a pesar de que en ocasiones amarrábamos en los mismos rincones, no era precisamente entonces cuando asaltaban las coincidencias. Por el contrario, las diferencias se hacían más notorias, casi abismales. Para empezar, encontramos a RAMONA, dueña del pequeño bar con vistas a la frontera de Ubli en el que Toni y yo habíamos respirado profundamente semanas atrás. Su nombre había salido de la boca de Zeljca, por ser la única mujer a la que ella había podido entrevistar en su ronda con las personas emprendedoras del parque natural.

Toni la quería conocer, yo también. Al final quienes facilitaron el encuentro fue una de las brancanautas, que ya se había fijado en aquella mujer en otras ocasiones. Es decir, nos habíamos estado cruzando constantemente con Ramona, incluso habíamos hecho la misma cola en el supermercado… simplemente, no sabíamos reconocernos.

Detalle del laboratorio montado en la cocina (concretamente me refiero a lo que asoma por la escotilla)

El problema de enlazar el paladar con nuestros FONDEOS TRANQUILOS por Miljet y Lastovo es que la búsqueda de detalles cíclicos que avalaran la naturaleza fractal de nuestro viaje quedaba una y otra vez en un segundo lugar. Sólo quienes hayan probado los postres del restaurante de Porto Rosso (Lastovo) podrán entender por qué resulta casi inevitable hacer un hueco en el pensamiento a la tarta de manzana cubierta de chocolate, el crepe de crema de nueces, la tarta helada (por cierto, me enteré que se trataba de un postre menorquín), el semi-frío de higo…

El caso es que aquel día, entre mordisco y mordisco de Pulpota, deduje que si la realidad está plagada de lo que llamamos incertidumbre, desencuentros o azar se debe, simplemente a que no sabemos mirar. Probablemente nuestro día esté lleno de indicios invisibles y sin embargo reales y mesurables. Recordé que cuando llevábamos un mes navegando a bordo del Brancaleón la comunidad científica reconoció oficialmente la existencia del bosón de Higgs, la quinta fuerza fundamental presente en la naturaleza, que nuestras grandes máquinas no puedan retratarla no significa que no exista, la suma de indicios era irrefutable. ¡Sí, la combinación maquia/paladar podría ser un buen foco para iluminar esos detalles repetidos que constituyen el universo fractal y que confirmaría que este viaje tiene otra dimensión!.

Así que revolví entre los detalles gastronómicos y encontré una joya: La costumbre de que a bordo se cocina con lo que ofrece el camino (es decir, la combinación de los productos locales con lo que haya en la nevera) ya había tenido un día de gloria frente a la bahía de Saplunara (Mljet), a los pies de una bahía mansa a la que se asomaba una maquia incólume.

Aquel día el deleite de bucear entre las rocas encontró una nueva actividad: hacernos con una de esas piedras porosas habitadas por algas, esponjas, briozoos y pequeños crustáceos, para llevar a la práctica una receta que dos años antes habíamos leído en el ensayo “Breviario Mediterráneo” de Pedraj Matvejeric.

Sopa de piedra en la olla

Elegimos la más generosa y pusimos en marcha la “sopa de piedra”, guiados por la intuición. La pusimos en agua dulce (a falta de agua de lluvia), le añadimos algunas especies, amén de el chorrito de aceite de oliva…

Cuando el caldo ya era oscuro y despedía un fuerte olor a marisco, retiramos la roca y en su lugar añadimos un puñado de granos de arroz. Según Pedraj Matvejeric, la sopa de piedra se había servido en la mesa de pelasgos, ilirios y liburnos, es decir, era “tan antigua como la pobreza en el Mediterráneo”. Así fue como nuestro paladar quedó enlazado con hambres del pasado y demostró que aquella buscada DESCONEXIÓN con la que había soñado más de un brancanauta en realidad era una reconexión con el entorno y lo invisible. Se trata de permitirnos otro tipo de percepción, abrir esas puertas que cerramos con tanta frecuencia.

La constelación de Orión reflejado en el mar, con la superestrella roja Betelgeuse en cabeza

Hay quienes lo hacen con facilidad, como Sergi, que vio en el mar ESPEJO DE LAS ESTRELLAS una noche en la que el tiempo y el espacio parecían haberse congelado. Aquella imagen demostraba que sí, que el movimiento de las estrellas y las partículas elementales están relacionadas, que los misterios más profundos del cosmos tienen su reflejo aquí, a nuestros pies, y que, por tanto, nuestras pequeñas respuestas pueden desvelar sus secretos. Sí, aquello que contemplaba Sergi daba la razón a aquella frase que podría haber sido formulada 3.000 años antes de Cristo (“Como lo de arriba es lo de abajo, como lo de abajo es lo de arriba”), cuando las matemáticas no e ran ciencias y las ciencias no estaban separadas de la maquia. Perdón quise decir, magia, es que ha vuelto a aparecer una pizca de maquia en el paisaje y el estómago ya vuelve a hacer de las suyas…

by MARTHA ZEIN

Cavtat se quedó atrás con dulzura

Y embarcaron las mujeres y con ellas los hombres que amaban. Sucedió en un momento incierto del pasado, que es lo mismo que decir que hace poco o ayer o quizá hace ya demasiado tiempo.

Aquel día (no importa dónde aunque fue en Cavtat) las velas del Brancaleón silabearon al zarpar “e-ra-seu-na-vez”, como si ya todo lo que iba a acontecer hubiera sucedido. Quizás se debió a que ellas y ellos habían colado palabras dulces entre los pliegues de su equipaje, concretamente junto a la ginebra y el Oporto, y eso que hacía que parecieran más ligeros… El caso es que la navegación comenzó más alada de lo acostumbrado, como dicen que alado es el amor.

Todo se dispuso de tal manera que los hombres que amaban, ellas y sus tiernas sombras fueron incluid@s en la línea de salida de un cuento fantástico, al margen de que ningun@ hubiera incluido aquella voluntad en la maleta.

Hasta los pies hacían arrumacos, al margen de sus dueñ@s

El velero zarpó como si sucediera una vez que se era. El fenómeno se debía probablemente a que al poner sus pies a bordo, los hombres que amaban a las mujeres y ellas, las mujeres, generaron un martilleo sensual.

Ellos, que en realidad sólo amaban a esas mujeres porque las mujeres no son especies, ni fauna, ni la alternativa al amor hacia uno mismo y porque a la hora de desear con el cuerpo, una piel es una y la otra es la otra y cada boca es concreta y diferenciada y no sustituible como los objetos de esta sociedad de libre-mercado, y porque se puede amar a esa o a aquel y a ese y a aquella, pero no a “las” o “los”, a no ser que se sea místic@ y entonces hablemos de otra cosa… el caso es que si ellos surcaban los primeros verbos de un cuento no se debía a un arrebato fantástico sino a algo absolutamente físico: sus besos furtivos producían unas tensiones mecánicas sobre el Brancaleón y la energía que generaban quedaba almacenada en la materia entera del barco, de la quilla a su arboladura, haciendo que la navegación pareciera un sensual tango con las olas. No extraña que batieran el récord de la lentitud a vela: 4 millas y media en tres horas, lo que equivale a unos 2,5 kilómetros por hora; no extraña que cada oscilación pareciera una suma inteligible de sílabas: e-ra-seu-na-vez-que-see-ra.

En cuanto a ellas, bueno, para empezar ya estaban acostumbradas a que los cuentos se contaran solos sin que nadie les pidera permiso.

 

Porque sucedió que una vez iniciado el silbido del cuento éste decidió narrarse solo animado por el hecho de que el Brancaleón puso rumbo a Miljet sin que nadie recordara que significaba “miel”. Un destino tan dulce hacía que la ruta saliera de la chistera de un mago amante de esos cuentos turísticos fabricados en serie para ocultar la realidad. Es conocido que este tipo de relatos tienen muy buena acogida en un sector muy amplio del público, de ahí que Mallorca, por ejemplo, sea un escenario recurrente de millones de lunas de miel.

El caso es que el cuento aprovechó el hueco que dejaban los requiebros de ellas y de los hombres que las amaban para coger las riendas del viaje a su manera, haciendo que el Brancaleón siguiera las normas de estilo de los relatos populares. De manera más ordenada de lo que parecía, salpicó horas y rincones con lluvias de estrellas fugaces, saltos de delfines y atardeceres rojos. Hubo casos memorables como aquella ocasión en el que el ocaso cayó tras el puerto medieval de Dubrovnik ellos, los hombres que amaban a aquellas mujeres, y ellas, se dieron cuenta que algo extraño sucedía: aquella mujer subida a la parte más alta de su lujoso yate había esperado a que el velero de madera pasara por delante para hacer la foto y ligar la hermosura y su recuerdo para siempre, como si el destino más hermoso fuera el de l@s tripulantes del Brancaleón.

El atardecer no “parecía” sino que fue un ascua ardiendo dulcemente en el horizonte

Aparentando que aparecía por casualidad, el cuento cruzó en el camino una cueva de enormes dimensiones, horadada en su techo. Era lo suficientemente atractiva como para que los hombres que amaban a esas mujeres se lanzaran por la borda en medio de una mar picada. Ellas, bien porque estaban ebrias de dulzura o simplemente porque eran las únicas serenas, se dispusieron a hablar con el viento, ceñir sus cuerpos con los tules de la espuma y ensartar las infinitas gamas del azul en sus retinas. Les placía desasirse, quizá por eso las amaban ellos o quizá fuera una amable coincidencia.

Probablemente el amor no sea más que una chisporroteante sincronía y el encuentro con la cueva en la que Calypso retuvo a Odiseo durante siete años un hallazgo inesperado, pura serendipia.

La llaman Cueva de Odiseo (Mljet), cuando la historia bien indica que su dueña era Calypso

Lo cierto es que aquellos que partieron mitad por calor y mitad por juego, regresaron con la mirada exaltada por una belleza de cuyos tentáculos habían escapado, para regresar, exhaustos, a los cuerpos de las mujeres que amaban ellos, los hombres. Quizás hubieran transcurrido siete años o apenas unos minutos, pero regresaron.

Del mismo modo también es cierto es que ellas no tenían que ver ni con la envolvente Calypso ni con la fiel Penélope ni con los millones de cuentos que otros han fabricado a sus espaldas. En el Brancaleón todo era oxígeno y el aliento pertenecía a cada garganta, por enamorada que estuviera.

Fueron días en las que todo se besaba, incluso las botellas de buceo flirteaban entre sí.

Poco a poco el cuento que parecía estar abocado al final con campanas de boda comenzó a distorsionarse, quizás porque del amor no se sabe o quizás porque no sea más que un encuentro azaroso en el espacio-tiempo, tan inesperado como el vino y el queso que encontraron en una cala sin nombre cercana a Uvala Saplunara (Mljet).

Quizá el amor sea algo tan fortuito como aquella combinación justa de viento y mar que permitió pasar la noche en un lugar imposible.

La verdad mariposeaba entre las velas. Vistas de cerca nadie dudaría que sus frágiles alas pueden generar futuras tormentas pero en este caso su revoloteo simplemente ayudó a que las cosas se fueran poniendo en su sitio. Es cierto que recorrer la costa de Mljet recordaba al gesto que hace un dedo cuando bordea el perfil amado pero no es verdad.  Y como allí todo el mundo iba desnudo, ella, la verdad, se quitó la ropa y mostró toda su voluptuosa rotundidad. Fue así como hizo obvio, por ejemplo, que en Polace la miel se vendía en tarros a l@s turistas y que las abejas, avispas y mosquitos no eran precisamente acompañantes líricos.

Turistas, ríos de carne en torno a ciertos rincones de Mljet

Sin embargo la verdad tampoco pudo resisitirse a los requiebros y aceptó dejar algunos asuntos en sombra, como que ellas y los hombres que amaban a ellas exudaran almíbar, haciendo que los insectos dibujaran dianas en sus nalgas, pechos y caderas. Al fin y al cabo era irrefutable que los insectos no hacían más que reafirmar el trabajo que ya había hecho Cupido y, por otro lado, había pruebas: flechas o aguijones, mal o bien, los zumbidos se colaban en los camarotes por las noches, robando caricias y sustituyéndolas por palmetazos propios y rascaduras auto-infligidas.

Al día siguiente en la piel de ellas y de ellos se dibujaban arañazos que nada tenían que ver con la pasión, o sí.

El cuerpo fue diana de aguijones y flechas dulces

A pesar de sus rotundas curvas, la verdad y sus sensuales certezas no lo tuvieron nada fácil. Las aguas cristalinas parecían querer que aquello fuera un cuento fantástico e hicieron excepcional la realidad una y otra vez, como aquila noche en la que los hombres que amaban a aquellas mujeres volvieron a saltar por la borda para acariciar noctilucas que sólo ellos veían, quizás porque el amor enajena. Batieron los brazos en medio de la oscuridad preguntando a las mujeres que amaban si veían el brillo verde y blanco en su pecho, entre los brazos que antes las habían mecido, lamiendoles la piel que solía fundirse cuando las tocaban… y ellas, riendo, les dieron la razón porque poco importaba si era cierto, porque aquellos hombres eran ninfas, sirenas irregulares, y eso bastaba.

Unas y otros dejaron para el día siguiente que la luz discerniera lo evidente de lo fantástico, y aquella noche, como cada una de las que pasaron en el barco, intercambiaron los papeles y ellas eran las mujeres que amaban a aquellos hombres, esos que las amaban, a ellas. Ibn Hazm de Córdoba hubiera estado orgulloso de cómo l@s brancanautas podrían dar las razón a sus poemas (El collar de la paloma), 11 siglos después de haber sido concebidos. “Mis ojos se han refrescado con tu cercanía / tanto como ardieron en los días que te celó la distancia” (53)

En ese sueño de una noche de verano el Brancaleón se fundió con el paisaje de Mljet

Tuvieron que aparecer las ruinas para dar el definitivo golpe de timón a esta historia. El nombre por el que se las conocía (Palatium) no facilitó la labor, pues no hay cuento fantástico que se precie que no incluya un palacio, aunque en muchas ocasiones sean precisamente jaulas en las que se encierra a las mujeres. En primera instancia resultaba tentador convertir sus muros en el decorado de uno de esos relatos en los que los príncipes salvan a princesas débiles y bellas o bellas y malvadas, pero en realidad no fue sino un señuelo perturbador, pues ni esas mujeres ni esos hombres que amaban tenían sangre azul sino roja y algun@s incluso callos en las manos.

El señuelo servía para atraer a l@s turistas más ingénu@s e ignorantes y a l@s amantes  perturbad@s, como era el caso. Aquellas ruinas sembraban las semillas de una historia silenciada en sus oídos de modo que sólo hacía falta el paso del tiempo para que madurasen sus frutos.

En los cuentos no hay palacios en ruinas, si acaso palacios dormidos

Una noche, aquella historia olvidada, tan oculta como las raíces de un árbol y tan real como las tumbas de nuestros antepasados, empezó a susurrarse en el Brancaleón. Sucedió en el año 231 a.C. aunque bien podría tratarse de uno de esos momentos del pasado que podrían encajar en “hace poco” o “ayer” o “hace demasiado tiempo”, porque quienes escriben la historia de l@s vencedor@s talan hermosas ramas.

Fue entonces que una mujer tomó las riendas de un país llamado Iliria. Sucedió tras el fallecimiento de su esposo, Agron, quien había muerto de un coma etílico mientras celebraba su última victoria, la conquista de Epiro (aunque hay quien dice que murió de neumonía). Como mandaban los cánones de aquella época, esa mujer, ella, se vistió de hombre, abrazó el celibato y empezó a comportarse en público como el más varón de los mortales. Se trataba de los rigores de una institución denominada Mashkull, palabra de la que proceden nuestros “músculos”, creada por una sociedad patriarcal que sólo de este modo permitía el acceso de una mujer al frente de la tribu. Travestida de la manera adecuada, aquella mujer tomó las riendas de Iliria, que por aquellas fechas empezaba a adquirir los visos de imperio, abarcando la actual Albania, Croacia, Bosnia y Montenegro y siguió las pautas expansionistas de su marido.

Así imaginan el rostro de la iliria Teuta en Albania

Los próceres romanos y griegos, que por entonces también estaban ocupados en ser las principales potencias de la zona, saltaron de sus sillas cuando esa mujer ordenó a los suyos ocupar las islas de Fenice, Antigonea y Corfú; fundamentalmente porque esta última era un enclave importante para el comercio de ambos países por mar. Para colmo, Corfú había capitulado sin luchar, es decir, sin que hiciera falta derramar una gota de sangre ni echar mano de grandes ejércitos.

Encima, el modelo de gobierno de Iliria chocaba frontalmente con los modos y formas del imperio romano y las ciudades-estado griegas, los ilirios eran tribus que vivían tanto de la agricultura y la ganadería como de la piratería, formaban una inestable coalición basada en objetivos comunes y en una identidad compartida basada en el arte de la navegación; por eso aquella mujer no era reina, ni princesa, ni emperatriz, ni generala, sino Teuta, que significa “la que dirige al pueblo”.

Para poner límites a esta expansión y reclamar compensaciones, el senado de Roma envió a dos embajadores a negociar con Teuta. Su respuesta fue que sus ataques cesarían si Roma la reconocía como la única portavoz de la piratería. Sabía que su reconocimiento le daría automáticamente entidad no sólo a su gobierno sino a Iliria como país sin estado y sentaría a los ilirios y si piratería en cualquier mesa negociadora. Uno de los romanos consideró aquello intolerable y otro fue tan despectivo que aquella misma noche los hombres de Teuta acabaron con su vida. Al día siguiente Teuta envió los dos cuerpos, uno vivo y otro muerto, a Roma, comenzando así lo que la memoria de los vencedores denomina Guerras Ilirias, de las que romanos y griegos salieron victoriosos.

La historia que narran l@s vencedor@s borran las huellas de l@s vencid@s, por enlazados que estén sus pasos.

Quienes narraron la historia de los vencedores negaron el nombre a aquella mujer, que pasaría a duras penas a formar parte de sus anales por su cargo, Teuta. Tampoco explican porqué apenas sobreviviría unos meses al final de aquella guerra, en el año 228 a.C. Ni siquiera hay una descripción de su rostro o sus ademanes, de hecho los ilirios apenas son una mota de polvo en sus crónicas. Lo único reseñable  para ellos fue que la principal razón de su derrota fue la traición de Demetrio de Faros pues, con el tiempo, también les engañaría.

Los ilirios se convirtieron con el tiempo en un intrigante eslabón de la historia de Mljet, cuya presencia se hace evidente por el nombre de algunos lugares, las fosas comunes y algunas construcciones en piedra y que respira tras las ruinas de este castillo romano conocido por todos como Palatium.

La mañana en que levamos anclas Mljet confirmó que como lo de arriba es lo de abajo… y los brancanautas no supieron si izaban las velas o las arriaban

La tiranía de quienes narran es así. Del mismo modo que pueden reducir al mínimo el papel de Teuta, logrando que de actriz principal pasara a ser una extra con frase en este capítulo de la historia, pueden poner el final que quieran a sus historias, no importa si sus protagonistas estén de acuerdo o no. Ésta, por ejemplo, que tenía todos los visos de terminar con perdices, acaba con una caja de cacahuetes.

Que conste que no fue por capricho, sino por la marca: Kiki Riki. Suena mucho más sexy que el bobalicón colorín colorado, ¿No os parece?.

Las perdices de este cuento son sustituidas por cacahuetes “Kiki Riki”, porque suena mejor y probablemente dé mas gustito

by MARTHA ZEIN

Las letras y los signos ortográficos guardan poemas en su médula; todo el mundo lo sabe pero nadie lo recuerda, salvo cuando aparecen seres como Joan Brossa y juegan con ellos a la vista de tod@s. Como aquel día en el que demostró que los dos arcos del paréntesis son las mitades de un lunar, como resultó evidente.

… A mi me pasa al revés: veo eñes coronando las olas y a los puntos suspensivos salpicar por proa, por eso sé que Chema Madoz no miente: vió una lluvia de horquillas desbaratando su pelo, lo sé aunque nadie estuvo allí.

Quizás sean los efectos secundarios de estos tres meses en el envés del agua los que me permitan afirmar que Split es el primero de dos paréntesis, que es lo mismo que decir que es el primer hoyuelo de una boca sonriente o la ceja izquierda de unos ojos desorbitados por la sorpresa o la curva más cercana de esa cadera siempre generosa. Split no es sólo un lugar sino la corona torcida de una frase que empezamos a pronunciar ahora pero que no tendrá sentido hasta llegar al final (Dubrovnic).

¿Quién lanzó este anzuelo? ¿Somos su pieza deseada o simple cebo?

Ponemos el pie en tierra en la marina de la bahía Luka Poljud, vecina a Split y la arquitectura nos sigue el juego. Un anzuelo gigante se asoma a la escollera del paseo marítimo y todos somos peces o quizá el cebo de una especie mayor. En el otro extremo de nuestro recorrido espera Dubrovnik, haciendo de estos días una exhalación en la que navegamos sol@s, entre el tierno duelo de la despedida (una suma de adioses a los que se han añadido Mamen y Juan) y la inquieta alegría de los que vendrán (Sergi, Quique y compañía). Split y Dubrovnik no son un lugar sino las asas de una tinaja inmensa desbordada de azul.

Una mariposa se asoma al plato. Quizá crea en el verde un absoluto, un destino convincente. Como todo el mundo sabe, las mariposas son cortas de vista. En ausencia de acompañantes, el silencio de las presencias minúsculas atrapan aún más y permiten que otras imágenes sea hagan presentes, no importa que vengan de atrás o sean simples suposiciones. L@s brancanautas nunca se van del todo, aquí está el aceitito de Mamen, el cuarzo de Nuria, los guantes de Begoña…  Su presencia transforma la comida y veo corazones en mi plato.

    

Bordeamos Brac en medio de un silencio alado, viendo como se rebela el viento y empuja con fuerza al Brancaleón por popa. Va de la risa a la ira con facilidad, que para eso son casi emociones palíndromas. Llevamos en  las retinas imágenes locuaces, como las que hicimos en Uvala Luka (no hay isla que se precie que no tenga su propia “Uvala Luka”, que vendría significar “Cala Puerto”) al pequeño konoba en el que jugaban l@s niñ@s, mientras sus progenitores atendían a los pocos y sonrientes clientes. Uno de ellos, flaco, estaba entregado a un imposible: lanzaba cubos de agua al mar, como si fuera él quien hubiera llenado el Mediterráneo.

No sé cuándo Mamen me envió en un mail una lista de recuerdos compartidos: El tomillo de Otranto, el romero de San Clemente, la lavanda de Hvar, el vino de Scedro, el queso de Peljesac, las anchoas de Lastovo, las algas fosforescentes de Luka Tiha, las estrellas de Luka Saline, los cormoranes de Pakleni, los bancos de melanuros, los sueños de Martha, los gintonics, los cuentos de peces, de pájaros, de rocas y de amarres, los nudos, los vientos, las velas… Y por supuesto, la teoría y práctica del garreo. Conservaremos todos estos recuerdos para calentar los días más fríos de febrero.  Sus palabras se enlazan con otras que aún no se han pronunciado a bordo, pero que sé que llegarán (“Que esto tiene que durar todo el año”, dixit Quique). Proceden de otros viajes, que también hicimos en barco, por los distintos lugares, por los mismos, y de golpe Split, Brac, Miljet… demuestran ser uno de esos envases de cristal hechos para contener el licor casero de cada año.

Nuestro destino (esta vez Dubrovnic) espera detrás de cualquier atardecer

Sin las experiencias que libamos, la geografía carece de sentido, aunque su belleza permanezca incólume. Llegamos a las ciudades y convocamos el aroma de otros tragos. Llegan a ráfagas desordenadas, apenas tienen importancia y sin embargo aún me hacen sonreir: Miquel dando de comer mermelada a las avispas de Miljet, hace tres años, mientras la marquesa, la zarina y yo desayunábamos en el otro extremo; Marta llegando a Split con un sombrero blanco, del brazo de mi hermano Oscar… Me visitan escenas con perspectivas imposibles, como aquella mañana en Split en la que contemplé con los ojos nublados cómo nos comía el horizonte. En realidad yo estaba en el otro lado, junto a la caracola que hacía sonar Toni a bordo para alargar su abrazo con Didac. Mi recuerdo pertenece a las bellísimas palabras que él fue enviándonos por SMS. Sentado en un banco del paseo marítimo de Split, mientras el corazón y sus pulmones vivían su propia marejada, una pareja de amantes le pidió que les hiciera una foto con el mar en el que nos perdíamos de fondo. Toni leyó en alto aquel mensaje y tod@s los que seguíamos la nueva ruta quedamos enlazad@s para siempre. Ese es el poder de las palabras. Por eso narro este viaje.

Éste, el viaje, ya no es equidistante. Hay más millas detrás que hacia delante, pero me gusta pensar que cada momento, cada nuevo rostro o nuevo rincón, nadan dentro de mi memoria; juegan hasta adquirir sentido, como hacen las letras de una palabra que puede leerse al derecho o al revés. Sí, el Split que fue, el Dubrovnik que vendrá, son los paréntesis de una frase colgada en un diálogo (el hueco de un pensamiento); la primera y la última letra de un palíndromo airoso que da una orden a mis recuerdos. ¡SolázaloS!, me indica, y yo obedezco, disimulando que me divierte hacer sumas imposibles.

Roberto y Mónica, a bordo del Brancaleón

El primero que sale es Roberto, amigo de Giacomo y uno de los últimos que estuvo trabajando en el Brancaleón antes de que llegáramos nosotr@s. Habíamos hablado con él por teléfono pero no habíamos logrado conocernos. Una mañana, en la bahía de Bobovisca (Braj) escuchamos la voz de un hombre a bordo de otra embarcació, era él, que había reconocido el barco al que había cuidado con tanto esmero. El motor de su catamarán había dejado de funcionar y esperaba al pairo la llegada de un técnico. El Brancaleón apareció en el momento más adecuado, como queriéndole devolver el favor. Horas después Roberto volvía a izar las velas de nuestro velero, que también es suyo, con la delicadeza de quien ya conoce el cuerpo amado. Roberto pertenece a ese tipo de navegantes que elige la desnudez de las embarcaciones, haciendo grande lo poco.

Precisamente aquel día Giacomo había enviado un mail a Toni en el que explicaba que había conocido a una pareja que había llegado al Mar Negro navegando desde Hawai sin motor. Frente a “Los menos” recordé a “Las muchas”, esa forma que tenía el padre de Maria Antonia Oliver de nombrar a las amigas de su madre y que con el tiempo se convirtió en una maravillosa coreografía. Poco antes de zarpar asistí al espectáculo homónimo con el que esta coreógrafa homenajea a todas aquellas mujeres que nos antecedieron, las que seremos, a esas caderas que son enormes paréntesis paridores de vida, su forma de colocarse la rebeca y sus cruces de piernas.

Aquel rescate terminaría con un brindis en puerto, junto con Mónica (su pareja), Mamen y Juan. Brindamos por el Brancaleón, que a nuestras espaldas veía caer la luna. Mientras, “Los Menos” se hacían un hueco en mi memoria, compartiendo silla junto a “Las Muchas”.

Maria Antonia Oliver, al frente de “Las Muchas”

El segundo recuerdo en aparecer sucedió días después. Aquella noche se preveía ventosa, de modo que elegimos con precisión el lugar en el que echábamos el cabo a tierra en Uvala Banja una bella bahía del continente situada a la altura de Sipanj. La silueta de nuestro barco de madera se recortaba a la luz del atardecer y llamó la atención de Giusseppe y Cristina, que paseaban en las inmediaciones del camping en el que pernoctaban. Al día siguiente, al ver que seguíamos allí, ataread@s en un pormenorizado baldeo de la cubierta, se acercaron con su motora hinchable. Saludaron. Les invitamos a subir. La comunicación fluyó como si lleváramos años hablando, como si vinieran de atrás y no de aquel instante, por eso sé que en esta ristra de imágenes pueden aparecer seres que aún no he conocido.

Giusseppe y Cristina ¿Un encuentro o un reencuentro?

Hvar, guerra y paz

21 de agosto de 2012

by MARTHA ZEIN

Escucho con detenimiento la risa infantil mezclada con las olas y un rumor de voces adultas. La idea aparece con todo su esplendor: cualquier persona con la que me encuentre, mayor de 20 años, ha sobrevivido a una guerra; los de mi edad la han vivido, ya sea como víctimas, verdug@s, testig@s, en primera línea o en retaguardia, pero saben el horror de un bombardeo. En Croacia la guerra no es cosa de viejos.

Doy marcha atrás los relojes. Navidades de 1991. Establezco amistad con un fotógrafo de modas procedente de la antigua Yugoslavia. La guerra ha comenzado hace tan sólo un par de meses y él no quiere regresar; su mujer le ha avisado que le han citado para ir al frente. Verano de 1993. Me presentan a una joven en un local de copas. Lleva dos años atrapada en España. Dejó Dubrovnik un verano para mejorar su español y ahora ya sabe que todo su mundo ha desaparecido. Las ciudades son apenas el envoltorio desgajado de una vida que no volverá.

Durante cinco imprescindibles años ambos fueron sacando a los miembros de su familia. No siempre llegaron a tiempo. Con ell@s aprendí a desconfiar de las treguas que anunciaba a bombo y platillo la diplomacia europea pues tras cada alto el fuego los enfrentamientos se recrudecían y las conversaciones telefónicas con sus seres queridos se hacían más angustiosas. Mientras los informativos reproducían los rostros de las víctimas y los paisajes desolados, mi amigo fotógrafo rescataba de las tripas de su cámara los últimos paisajes que tomó antes de salir; en uno de ellos aparecían chimeneas de piedra caliza diluidas por la neblina sobre un fondo verde y malva hecho de pinos, algarrobos, almendros… como los que ahora contemplo a lo lejos

Encontramos plantas de olor y empiezo a inventar lechos de lavanda, por qué no…

De vez en cuando nos preguntamos por las huellas de aquella guerra. Su aparente ausencia hace que me sienta ciega porque sé que esas heridas no se cierran, por mucho que las ciudades se hayan reconstruido o reinventado; al fin y al cabo soy mitad alemana y mitad española, he oído, me han contado, soy descendiente de supervivientes. Apenas encuentro referencias al conflicto en este viaje, como si aquellos cinco años pertenecieran al pasado de otr@s. Ese vacío es delator y me hace persistente.

Leo, por ejemplo, que Lastovo fue base militar hasta 1989, sólo entonces abrió sus puertas al turismo y rescato el dato. Apenas dos años después comenzaría lo que entonces se conoció como la guerra de los Balcanes, en esa acostumbrada autorreferencia que tienes quienes escriben los libros de historia, haciendo mención a la Guerra Mundial. Permanezco alerta. El 5 de agosto nos costó encontrar abierta la Capitanía Marítima de Stari Grad (Hvar) y no porque fuera domingo sino porque se celebraba el “Día de la Victoria”. Le he preguntado al capitán de una barcaza vecina a qué conflicto se refería y me ha contestado “Ya sabe, Yugoslavia…”, dejando que yo completase el resto de la información.

Es evidente que el turismo no se asomó a las costas croatas (incluidas las de este bello archipiélago) hasta después de 1995, una fecha que pertenece al siglo pasado… Aquí estamos, formando parte del borrador, pisamos el otro lado de lo que fue, vivimos inevitablemente de espaldas a lo innombrable. En ciudades como Vukovar o Dubrovnik las huellas de la contienda forman parte del espectáculo turístico.

El pasado se asoma en los rincones de este presente tan “virrey”. Plaza de Hvar

Y aquí el pasado, con todo su esplendor

Las referencias al conflicto aparecen en los textos distribuidos por las agencias y oficinas de turismo  como si fueran un centímetro perdido en una regla hecha sólo para medir la belleza. Uno de ellos indica que Hvar se convirtió en la Saint Tropez de Croacia después de la guerra. La referencia no añade más que caspa a la herida.

Estuvimos allí, fundid@s por el calor. Compramos viandas en el mercado de frutas. Tomamos un café en un rincón de la plaza de la ciudad, la más grande de Dalmacia, mientras quedábamos anonadad@s por el ritual consumista de turistas adinerad@s y nuev@s ric@s. El asunto consiste en verse y dejarse ver, dejar en el muelle un barco grande para formar parte de la galería caótica de cuerpos operados, complementos imposibles para una navegación (como tacones inmensos o pamelas con flores) y ropa ceñida que, por lo visto, es trendy. Desde que Juan y Mamen bajaron del ferry que les llevó de Split a Lastovo, en el Brancaleón usamos para estos casos la expresión “virrey”, remedando a unos jovencitos mexicanos que al asomarse a contemplar el paisaje lo encontraron “muy virrey”.

Uno de esos barcos a los que les gusta borrar los muelles, en Hvar

No he visto más embarcaciones de lujo que en las costas croatas del Adriático y nunca tan absurdamente apelotonadas como en las inmediaciones de esta ciudad. Apenas a dos millas de aquella bahía parecía que el mundo aún estaba por descubrir. Cada vez que nos cruzamos con una de esas embarcaciones enormes pienso, inevitablemente, en quienes tras una guerra logran hacer leña del árbol caído o ganan con el río revuelto y en las aves fénix que renacen de sus cenizas, como la familia que ha convertido la granja familiar en un konoba. Son ráfagas de pensamientos que se van clavando en algún rincón de mi cerebro y que regurgito en situaciones calmas como la de ahora, en la que adivino desde mi camarote que la niña que ríe está aprendiendo a nadar y sus carcajadas nerviosas son mezcla de triunfo y miedo.

Sé que el ser humano hace grandes gestos de amor en medio del infierno, que somos capaces de abrazar con fuerza la alegría rodead@s de tinieblas, que somos flechas lanzadas hacia el futuro, lo sé, sin embargo me estremece comprobarlo. Asomo la cabeza por la escotilla. Los padres tienen más de 30 años y aplauden a la niña en su primera proeza. Vuelvo al camarote? La lavanda, el lentisco, el hinojo y la retama que recogimos siguen perfumando las tripas del Brancaleón. Repaso con el dedo de la imaginación el paisaje en el que las fuimos recogiendo. Generaciones de seres humanos, pacîficos, retiraron las piedras de las laderas para sembrarlas de una planta tan humilde como la lavanda. El 30% del territorio está recorrido por cercados de piedra en sec (dice Juan que en Asturias los llaman murias).

La lavanda traza geometrías al atardecer, en las laderas del sur de Hvar

Los anchos muros dibujan caprichosas geometrías y en ocasiones van acompañadas de construcciones agrîcolas que hace años sirvieron para hacer cal, guardar leña, dar cobijo a la ganadería…  En el camino nos topamos con una aldea abandonada hoy en proceso de recuperación, Grabjle Malo, y me parece una alegoría de los pueblos que han vivido una guerra. Alrededor de aquellas casas, en cuyo interior aún se descomponen los aperos de labranza, encontramos la sombra de las encinas, algarrobos, almendros, pinos, cipreses, los frutos rojos del terebinto y estas ramitas de enebro que adornan el cuenco en el que me pierdo.

Las tejas son lenguas rojas queriendo recordar palabras del pasado. Grablje Malo.

Salgo a cubierta, es hora de volver a navegar. Cierro el ejemplar que Mamen dejó en el barco (“Historia menor de Grecia”, de Pedro Olalla, ed. Acantilado) con una de las flores lilas de la lavanda a modo de punto de libro. Lo hago con la fantasía de que suavizará la historia de Occidente, tan trillada de sangre y dolor. Al fin y al cabo su aroma relaja y pacifica el sistema nervioso.

by MARTHA ZEIN

Imagino que en el siglo XIII las cárceles eran lugares húmedos y lúgubres, en los que día y noche se confundían y en los que el color del cielo, los cambios de estaciones o el aroma de la lavanda podían desaparecer de la memoria de cualquiera en poco tiempo. Sé que hay prisiones que siguen siendo tan inhumanas como aquellas y no siempre son edificios públicos.

Siempre me han estremecido los relatos de esos seres humanos que para sobreponerse al presidio han recurrido a la escritura y a la memoria. Presto atención a sus trucos: se repetían los versos escritos en el aire hasta memorizar la obra completa, escribían las frases precisas en pedacitos de papel que luego tragaban para evitar las represalias de sus carceleros… Eran caminos minúsculos que servían para romper los muros, vivir dos veces  y ser libres.

Detalle de las piedras de la costa de Hvar saliendo de la pequeña isla de Scedro

Del “Libro de las Maravillas” de Marco Polo (1254/1324) lo que más me subyuga son precisamente sus circunstancias. Había pasado treinta años recorriendo el mundo, había llegado a ser diplomático en la corte del Gran Khan por su capacidad fabuladora y ahora se veía encerrado entre esos muros. Empezó a contarse historias que terminó narrando en alto inevitablemente, hasta que su compañero de celda, Rustichello, decidió escribir aquellas experiencias y retratar ese lado del mundo en el que nunca había estado. Imagino al uno ampliando el espacio con los recuerdos y al otro repasando los recuerdos con la escritura; los dos viviendo el doble precisamente donde apenas podían caminar.

Retrato del mundo en el siglo XIV. Portulano mallorquín de Angelino Dulcert realizado 15 años después de la muerte de Marco Polo (en 1339)

Los viajes de Marco Polo no mencionan Korcula ni la costa del Adriático por la que pasamos pues eran confines demasiado cercanos; sin embargo es evidente que los barcos en los que navegó, y que trazaron esas curvas que conforman la Ruta de la Seda, cruzaron también estas aguas, enlazándolas para siempre con Acre (Israel), Irán, Pamir… Con ellas atravesamos China por SinKiang y el desierto de Gobi hasta llegar a la corte del emperador, aunque nunca hayamos estado allí.

L@s brancanautas vemos pasar el mundo por amura. Vamos señalando aquellos rincones que Marco y Rustichello pasaron por alto. Somos, de alguna manera, la carne que rellena los huecos de su memoria. Prestando atención a lo pequeñ, entrevemos detalles de 50  ciudades invisibles dentro de su relato, como hizo Italo Calvino. Son asuntos que no aparecen en los portulanos y que quizás hubieran hecho las delicias de los cartógrafos de la Edad Media.

Ver más, llenar de detalles aquello que no aparece en los portulanos… Juan

En los siglos XIII y XIV l@s cartógraf@s llenaban de apreciaciones los mapas en los que retrataban las costas de los países oficialmente conocidos. Fabricaban la imagen del mundo a partir de relatos ajenos, recuerdos de explorador@s, navegantes y comerciantes, no sólo los datos heredados de los geógrafos clásicos. Pero tod@s sabemos que la memoria no puede ser precisa porque durante el mismo acto de viajar atendemos a lo que dicen los sentidos y la información que recogemos, a lo soñado, las intenciones, lo olvidado y demás efectos secundarios del tiempo.

Miramos sin saber que en el fondo de los oídos llevamos la Leyenda del Tiempo: “El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero. / Nadie pudo abrir semillas / en el corazón del tiempo”. Aún así, a bordo de este barco logramos abrir semillas en el espacio. La fórmula es fácil: retener el paisaje como quien saborea un postre, llenando de sentido cualquier encuentro. Por eso tardamos más de cuatro días en alcanzar Hvar, apenas unas 15 millas en el portulano, un recorrido que a base de comentarlo convertimos en nuestro particular Libro de las Maravillas.

El viento jugó con nosotr@s en Uvala Luka y en Uvala Kneza (dos calas de Korcula), la calma nos retuvo en la isla de Scedro y el hedonismo nos amarró a las diferentes islitas e islotes del archipiélago Pakelni.

Los muros de piedra en sec de Scedro cuidaban viñas y olivos con delicadeza y desde la escasez

Nos llevamos vino del sur de Scedro. Horas antes habíamos leído con detenimiento el cartel que anima a quien lo lea a aportar algo al mantenimiento del entorno. El lugar está conformado por olivos que crecen lentamente en una tierra pedregosa y muros levantados por la mano de los agricultores (que quizás no sean más que tres en esta isla). Hicimos caso a este particular mensaje en una botella y añadimos piedras a uno de esos montículos de guijarros y cantos; nos perdemos entre sus humildes construcciones con frases a media voz, como si paseáramos por unas ruinas invisibles.

Aquella tarde bebimos de ese vino rojo y joven, hasta que las formas se llenaron de nuevos significados y vimos maravillas, milagros y hechos mágicos dignos de pasar a la memoria de Marco Polo.

Maravillas como esta gallina en la costa de Sv Klement, del archipiélago Pakleni. Es tan grande como el Brancaleón, o viceversa.

En las islas Pakleni estuvimos fondeados dos días, haciendo de Sveti Klement el pezón de una teta acogedora. Todas las calas daban a ella o a su envés, algo fácil de entender si se observa con detenimiento la forma de la isla. Son tantas su bahías y cabos que hasta una gaviota puede creer que tiene bajo sus alas una enorme espina de pescado. Recordé las ciudades de aquel pintor de La Movida que venía del sur y las levanté en el aire.

Una ciudad imaginada por Guillermo Pérez Villalta

Bordeamos cada una de sus innumerables costas, surfeamos cada una de sus olas, pisamos uno a uno sus granos de arena y unimos sus extremos a por tierra y mar, hasta hacer de Palmizana nuestra particular China ppor el camino celebramos cada piedra, desde las que configuraban la pequeña iglesia del siglo XIII (restaurada en el 1966 y 2007, de modo que apenas se mantiene la planta original) hasta las que hacen equilibrios para mantener en pie el único muro de la villa romana, a la que llegamos a nado. Fuimos hormigas haciendo un viaje fractal por la costa y cada atardecer la representación de una estrofa de la Leyenda del Tiempo: “Y si el Sueño finge muros /  en la llanura del Tiempo, /  el Tiempo le hace creer / que nace en aquel momento”.

Mirar hacia adentro y hacia afuera, así es como se agrandan los mundos… Mamen

Mamen ha traído un libro (“La huella jonda del héroe”, de Montero González) en la que me encuentro la referencia a Camarón y la Leyenda del Tiempo. El escritor reproduce la frase que un anciano dice a un joven en Así que pasen cinco años, una obra de teatro de García Lorca. En el primer acto el viejo dice: “Me gusta tanto la palabra recuerdo. Es una palabra verde, jugosa. Mana sin cesar hilitos de agua fría” y sin poder evitarlo creo que está describiendo Sv Klement.

Copio la frase en mi cuaderno de viajes con el recogimiento de los amanuenses medievales y la entrega de una niña que escribe sus primeras letras en la cartilla de caligrafía (sí, con toda probabilidad, con la punta de la lengua asomada en la comisura de la boca), como si el acto mismo de la escritura lograra el contagio. Replico las frases y me parece recordar  lo que nunca escribí y sin embargo  siento que llevan algo mío.

Restos de la villa romana

El único muro que se conserva de la villa romana, en Sv Klement

Movida por la maravilla, hago caso a las palabras. Sé que más adelante Lorca añade: “Hay que recordar antes” y luego “Hay que recordar hacia mañana”. Le hago caso, pues al fin y al cabo son órdenes y porque la memoria de l@s poetas siempre me ha parecido exacta. En el tercer acto de la obra incluye un verso que años más tarde será cantado por Camarón. En tierra vamos del Konoba de Dionisos al Konoba Paraíso. Recordar produce un éxtasis capaz de romper los muros.

A los pies de Dioniso, mapa de la isla en la que nos retuvo durante dos noches y tres días

María (Callas) tendida al sol

13 de agosto de 2012

by MARTHA ZEIN

Abro los ojos. Una gaviota vuela sobre mi cabeza haciendo giros en un cielo que comienza a ser azul. Sonrío. Aún no ha despertado mi mente devoradora. Musito “Recuerda” y vuelvo a cerrar los ojos. El Bora ha hecho de nuestra noche un duermevela dulce y al mismo tiempo poco reparador. Repito “Recuerda…” como una buena noticia y la murmullo entre los peces y los dragones mientras guardo la imagen como una pequeña flor. Recuerda que todo esto comenzó cuando pedimos algo usado, lo recuperamos y lo acunamos, hasta que se convirtió en el soporte de una minúscula aventura reparadora. Recuerda que por eso este viaje es capaz de unir aquella mirada de la infancia que por vez primera observó una gaviota trazando círculos en el cielo y ésta. Entre una y otra sobran tantas victorias, tantas derrotas…

El monasterio de Otok Badija, un islote frente a la ciudad de Korcula en el que hemos dormido.

Sí, este relato tiene forma de tendedero, un puente de hilo del que penden  retazos de intimidad junto a pequeños asuntos verdaderos.

Siempre me ha fascinado la ropa tendida, esas cuerdas que van del balcón propio al del vecino, uniendo bragas, pañuelos, pantalones de pijama… más allá de la voluntad de l@s propietari@s. Quizás ni siquiera ell@s se crucen la palabra, pero sus prendas más íntimas llevan prendido el limpio aroma de otras sábanas. Aquellos tendederos que iban de mi casa a la de enfrente desaparecieron de las fachadas por orden municipal, encerrando el intercambio a los patios secretos de los edificios.

Abro la lavadora donde giran las últimas millas dispuesta a orear imágenes, canciones, trocitos de pensamientos… las enaguas de nuestras conversaciones… y empiezo a colgarlas al sol de este cielo que ya es vaquero roto y que deja entrever la nalga del día. Esta cuerda parte del silencioso faro de Lastovo al que me asomamé con Mamen, Magdalena hace cierto tiempo y se enlaza con ese bullicioso muelle de Korcula frente al que aún no he despertado del todo.

Tomo una de las pinzas de madera que llevo entre los dientes y prendo la primera imagen: aquella familia veraneando en el faro. Llegamos a media tarde y la mesa seguía ofreciendo viandas a varias generaciones de comensales bajo la desapegada mirada del que fue el farero.

¿Por qué nos fascinan los faros?

En Croacia los faros se alquilan. Si este país posee el archipiélago más numeroso del Adriático es fácil imaginar la cantidad de rincones apuntados, desnudos y conectados con el mar en los que habitar de otra manera. Siempre me ha parecido un destino ideal para escribir; en el Mediterráneo a partir de Septiembre, cuando el mar comienza a asalvajarse, dando más sentido a su existencia. La primera vez que entendí hasta qué punto su luz intermitente acompaña (que es algo más que guía) fue precisamente en el Adriático. Sucedió hace dos años, bordeábamos la península del Karakorum (Albania) cuando se desencadenó un Bora feroz por través que parecía lanzarnos contra las rocas y apenas nos dejaba avanzar por una costa sin refugios. En medio de la oscuridad y con el buen ánimo sostenido por l@s siete a golpe de canciones, tenacidad y sonrisas, apareció esa luz que durante horas nos recordó que aquel pequeño infierno tendría un final.

La caminata hasta el faro de Cabo de Struga (Lastovo) fue risueña. De cerca aquella torre construida en 1839 se nos mostró como suelen hacerlo los faros, con una elegancia rotunda. Mientras las risas infantiles animaba una esquina del edificio, no podía perder de vista al anciano y fornido farero, cuyos conocimientos fueron sustituidos por la tecnología. Me pareció como una de esas barcas abandonadas que el tiempo va deshaciendo lentamente, como un empecinado terrón de azúcar al lado del mar.

La barca varada a los pies del faro parece una de esas caracolas en las que escuchas las olas cuando las acercas al oído

Recuerda. Navegar no es sólo manejar los centímetros de las velas que permiten engañar al viento. Navegar no es sólo adelantarse a las nubes, saber leer el color del cielo y la espesura del aire, comprender las inspiraciones y espiraciones del planeta. No consiste sólo en entender el ciclo de las mareas, la ruta de las corrientes, los logaritmos que la naturaleza hace con la quilla, aprender de las seiches, minves y rissagues que alguna vez vimos desde la orilla. Navegar es una forma de estar y de pensar, una forma de acercarte al barco y a la vida, atender esos actos pequeños que hacen posibles los grandes, agrandar el imaginario con asuntos que no son humanos y tampoco lógicos, dejar que nuestros monólogos se llenen de metáforas híbridas.

Bruñidas por el sol y la sal, las calizas pulidas de Lastovo hacen que la costa parezca hecha de mármol

Cuelgo al sol un enorme mantel, aquel que no desplegamos anoche y que es precisamente una de esas mezclas extrañas que convierten un placer sencillo en una categoría estética. Juan y Mamen habían colado en su maleta los ingredientes de un plato emblemático en las travesías compartidas, la fabada, por aquello de que son oriundos de Asturias y porque éste parece un plato imposible para tomar en agosto en un barco.

Por segunda vez en nuestra vida hicimos de la fabada una risueña afrenta a la lógica. El mar quiso que fuera el plato más navegado de los que hemos tenido el honor de cocinar a bordo pues comenzó a las diez de la mañana con una mar tranquila y cuando llevaba dos horas en el fuego el Bora obligó a dejar el infiernillo. Teniendo en cuenta que la receta exige menear la olla al menos cuatro horas para que las fabes se ablanden y chorizos, morcillas, lacón y tocino suelten su gracia, parecía que esta vez el reto culinario estaba condenado a un imperfecto fin. Sin embargo, en el Brancaleón hemos desarrollado un truco a la altura de las circunstancias: envolver la olla en un saco de dormir y ponerla a buen recaudo para evitar que vuelque en los vaivenes. Veinte millas y muchos golpes de viento después, el calor mantenido por el envoltorio había rendido a las legumbres y sus acompañantes de la manera más adecuada para sorpresa de l@s asturian@s de pura cepa presentes en la mesa.

Comensales, se ven cinco de siete.

Las viandas hablan por sí solas

Aquellas fabes fueron sólo una parte de lo sublime. Una vez el plato en la mesa, el móvil de Juan sentó a nuestro lado una voz inesperada, un regalo que traía de la orilla Cantábrica del planeta. María Callas interpretaba el conocido aria en el que Madame Butterfly espera otear en el horizonte las velas blancas de esa nave que devolverá a su lado a su amado teniente. “Un belo di vedremo / levarsi un fil di humo / sull’estremo confin del mare / E por la nave appare / E poi la nave è Bianca / Entra nel porto, romba il suo saluto / Vedo? Venuto!…”

De golpe María, aquella que una vez durmió en este barco, se sentó a la mesa y masticó las alubias más tiernas que jamás he probado en mi vida. Su voz retumbaba en las paredes del monasterio. El cielo era estrellado.

Como si fuera una ristra de calcetines de colores, esta mañana, aún con los ojos cerrados, voy de aquella letra (“estaré escondida, un poco por bromear y un poco por no morir al primer encuentro”) a otra que me brota de forma involuntaria: “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar… cambia el sol en su carrera cuando la noche subsiste… cambia el pelaje la fiera… cambia el cabello el anciano y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”. La letra fue escrita por el chileno Julio Numhauser en su exilio en Suecia, su letra retumba en mi cabeza en la voz de Violeta Parra.

El exilio de mis entrañables amig@s chilen@s, que me reveló mi querida Cecilia, aparece en este viaje de manera inesperada. Comprendo que en esto consiste navegar, que los viejos marineros que encontramos al frente de sus konobas (o este farero que también se lanzó al mar) se mueven de otra manera porque en los nudos de sus manos han quedado apresados chispazos de silencios compartidos en medio de la tormenta y gaviotas girando sobre sus cabezas y risas sublimes en torno a una sopa. Sí, en esto consiste navegar. Recuerda.

Querida, recuerda cuando estés en tierra que en esto consiste navegar

Ahora somos Mamen, María (Callas) y yo las que buscamos sombra entre los edificios de Korcula, añadiendo un nuevo brillo a nuestros nudillos de marineras. Juan se pregunta dónde quedan esas calles aireadas de las que hablan los libros de instrucciones de la ciudad; aseguran que el trazado del casco antiguo se asemeja a una espina de pez y que las estrechas callejuelas orientadas al oeste son rectas para dejar paso al aire fresco en verano mientras que las que miran al este se curvan para proteger de los vientos fríos del norte y los lluviosos del sur, durante el invierno. Toni retrasa el encuentro con el bullicio y es el último en abandonar el barco, contagiado por el espíritu de Marco Polo, que cayó preso de los genoveses aquí, en la batalla de Korcula. Ahora que Eugenio y Magdalena sobrevuelan nuestras cabezas, por encima de las gaviotas, sé que “lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana, así como cambio yo en esta tierra lejana”  y que las velas blancas que esperamos ver en el horizonte van con nosotr2s…

Camino con el envés de los ojos cargado de recuerdos híbridos. Están tendidos al sol y huelen de forma embriagadora.

by MARTHA ZEIN

Zeljka tan sólo llevaba diez días en Lastovo y sin embargo había conseguido hacer 125 millas (terrestres) en su flamante deportivo rojo, todo un récord si se tiene en cuenta que la carretera más larga de la isla apenas supera los 10 kilómetros. Mientras ella no daba crédito (parecía mentira que sus conversaciones con los habitantes de la isla le hicieran rodar tanto) yo ataba cabos: unos minutos antes Magdalena e Eugenio comentaban que no conseguían hacerse una idea de las distancias que habíamos recorrido con el Brancaleón en Lastovo.

Era evidente que la isla crecía y encogía con nosotr@s dentro, pero en vez de dar la voz de alarma, decidí buscar mejores indicios y pistas concluyentes. Mi primera línea de trabajo fue revisar Alice in Wonderland, pues hace años que la ONG WWF consideró las islas croatas “uno de los diez últimos paraísos del Mediterráneo por su diversidad biológica”. Lastovo podría tener algo de ese “país de las maravillas” que describió Lewis Carroll. Si estábamos fondeados en el paraíso era fácil que nuestros sentidos comenzaran a disparatarse, deduje, mientras me perdía en el aroma de una ramita de hinojo.

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(Sobre estas líneas, la primera adaptación de Alicia en el País de las Maravillas al cine, la peli se rodó en 1903)

Establecidos estos parámetros, empecé a buscar la galleta alucinógena que en algún momento habíamos probado y me dispuse a repasar con detenimiento los movimientos del Brancaleón en sus primeras 48 horas en el paraiso.

Nuestra ruta había sido bien simple: rodeamos lentamente la isla, de la bahía de Ubli hacia el noroeste, siguiendo el sentido las agujas del reloj, hasta llegar a Pasadur, la pequeña localidad que se asoma a las bahías que forman la isla de Lastovo con su vecina Prezba, de nombres Malo Lago y Velo Lago. Hasta ahí, todo nos había parecido lo suficientemente anormal como para considerlo magnífico. Sin embargo, a la luz de mis pesquisaa aparecía una nueva distorsión espaciotemporal: a bordo de nuestro velero, los 3 kilómetros que separan por tierra Ubli y Pasadur se habían convertido en un recorrido de un par de horas durante el que pudimos disfrutar de la caída del sol, un baño al atardecer y un gin tonic mientras veíamos crecer la luna. Por supuesto que en ese momento fuimos conscientes de la incoherencia, pero consideramos que se debía a la octava pasajera del Brancaleón, la percepción, que volvía a hacer uno de sus juegos de manos. La galleta psicodélica debía estar más cerca de lo que imaginaba.

Magdalena, deshaciéndose en el paraíso

No se trataba de algo pasajero; al día siguiente nuestros sentidos hacían más intrincados los paseos a la sombra de los pinos y más empinadas las cuestas hasta la ciudad de Lastovo, nuestras conversaciones salían lentas. Magdalena fue la que parecía más afectada, llegando a padecer brotes de telepatía intermitentes. Esa tarde logró entender las conversaciones de una anciana croata con su displicente nieta, supo que la joven se negaba a aclararle hasta qué punto estaba fría el agua sin necesidad de manejar su idioma.

A medida que acumulaba indicios, el cuentakilómetros de Zeljka se convertía en el termómetro de una anomalía que adquiría un profundo sentido en mi cuaderno de viajes. Guardé entre sus hojas la ramita de ajenjo que encontré en nuestra excursión matinal y cerré los ojos, en busca de nuevas perspectivas que pudieran mejorar mi diagnóstico. El aroma de los pinos me llevó a esas flores dulces como la miel de las que se alimentó la tripulación de Ulises en la isla de los lotófagos, capaces de provocar el olvido y el desasimiento a quienes las probaban.

Quizá el secreto de nuestro estado se encontrara entre los dedos de los amables habitantes de esta isla, quizá la galleta fuera flor de loto y hubiera germinado a bordo… A mi lado Eugenio se liaba un delito. !En la terraza del mismísimo jefe de policía! Es verdad que no conocíamos la doble identidad de nuestro hostelero, pero sé de uno que pasó dos años en la temible prisión de San Quintín por poseer un cigarro dmarihuana. Se llamaba Neal Cassady, había conducido a Jack Kerouac hasta México en los 50 (este beatnik es uno de los protagonistas del libro “En la carretera”) y unos quince años después se ponía al volante de un bus escolar hasta arriba de jóvenes disparatad@s e irreverentes que buscaban abrir nuevos caminos a golpe de LSD. Abrí los ojos el velero se me figuró como una especie de embarcación lisérgica en sí misma, heredera de aquel viaje que tan bien narró Tom Wolfe en “Ponche de ácido lisérgico”.

La ciudad de Lastovo. Los tejados de las casas góticas, renacentistas y barrocas están salpicados de extrañas chimeneas, las fumari

Bajo esta perspectiva nuestros movimientos adqurían una nueva dimensión. Nos movíamos de forma lenta, como la sombra del mástil avanzando por nuestra piel, como minúsculos ciempiés a ojos de un gigante, y eso podía ser un síntoma contestatario. Lo único que podíamos aducir es que el Parque Natural del Archipiélago de Lastovo alcanzaba los 200 km² de extensión si sumábamos las pequeñas porciones de tierra y las grandes extensiones de mar, y en eso nosotr@s no teníamos nada que ver. Aquello que nos parecía tan sencillo, flotar en un lecho de millas nauticas, unas veces como insectos y otras capaces de retener un pueblo en la palma de una mano, con sus montañas, huertos y laderas, nos enlazaba con otros viajes locos, ácratas, distorsionados, juguetones.

Del mismo modo en que las medidas del mundo subían y bajaban, el calor parecía mucho y otras poco, haciendo posibles las mentiras e incoherentes las realidades. Al primer grupo pertenecían los fumari de Lastovo, unas peculiares chimeneas de mediados del siglo XVII que marcan la seña de identidad de las casas del lugar y que nos parecieron pequeños minaretes llamando a la oración. Imaginé los insectos que Alicia encontró al otro lado del espejo acudiendo a la cita: la mariposa melindrosa, la luciérnaga pastelera, el tábano-caballito-de-madera… en pía fila india, salvo las chicharras, que preferían la percusión bajo los pinos.

Primer plano de una de esas ancianas chimeneas, fumari, que parecen disfrazarse de minaretes.

Al espectro de las realidades incoherentes pertenece el viento del Este, aquel que l@s habitantes de Lastovo querían evitar en sus cocinas, de ahí el diseño de sus chimeneas. A las horas de nuestro paseo se asemejaba al aliento del dragón al que tuvo que vencer San Jorge. En este rincón del mundo, el noble santo proporciona tormentas salvadoras contra los ataques de piratas catalanes mientras que en las orillas catalanas es el patrón de los enamorados.

Ninguna de las dos opciones nos parecían descabelladas, pues llevábamos casi tres días retenid@s a capricho del viento en la edénica bahía de Zaklopatica. Nos pareció un tiempo breve y largo, como la hora de la siesta, que es corta para quien duerme y eterna para el que espera el final de la digestión.

Eugenio, aún a mi lado, ya libre de pecado, dilataba y reducía el tiempo de Magdalena (haciendo de un gesto, un rumor, un rostro, o cualquier detalle de nuestro entorno el protagonista de una fábula llena de talento) cuando el sol empezó a deshacer los rincones de la bahía, lo que facilitó nuestro reencuentro con la naturaleza y con los veranos de la infancia.

Zaklopatica, a vuelo de pájaro

Cualquiera que alcance Zaklopatica en velero sólo podrá entrar por la boca que queda a babor. Nada más asomar la proa encontrará en sus orillas a hombres y mujeres enfuundad@s en camisetas de colores diferentes para marcar los límites de sus konobas (restaurantes). Dueñ@s y emplead@s ofrecen un amarre gratis agua, electricidad e incluso wifi a cambio de que la tripulación cene o coma en su terraza.

De los cuatro ruidosos grupos de brazos que agitaban en el aire el cabo de sus muertos, habíamos elegido a los que menos clientes tenían por diferentes razones: mientras una parte de la tripulación sentía especial predilección por los perdedores, la otra pensaba que las operaciones del amarre siempre resultarían más tranquilas y las instalaciones menos solicitadas. Es decir, amarramos a sus pies por unanimidad. Del mismo modo, aquella noche, tod@s a una, elegimos pulpo como protagonista de nuestros platos, retomando un viejo sueño: la vuelta al mundo en 80 pulpos… un asunto que da para más de un post.

Octupus hecho en una peka, una campana de metal que tapa la fuente de barro y que  se cubre con las ascuas del fuego para hornear el alimento

Mientras esperábamos el pulpo “under the bell”, con el que coronábamos la séptima receta pulpera de nuestro recorrido gastronómico, Toni comenzó a mostrar las fotografías que había tomado durante la jornada, en la que aparecía nuestra amiga Zeljka con su compañera Zrinka descansando tras una inmersión con la que querian comprobar el estado de los fondos marinos. Aquella imagen las convirtió en un icono nuevo para mi galería de parejas con enjundia: nietas de los ratones Pixie y Dixie, primas de los agentes privados Hernández y Fernández, tías de los gemelos Tweedledum y Tweedledee con los que se topó Alicia al otro lado del espejo, sobrinas de Thelma y Louise…

Las primas de Hernández y Fernández que nunca aparecieron en las historias de Tintín

Todo parecía dispuesto: El sol derretido, los relatos de Eugenio de fondo, Magdalena con su don de lenguas, Toni buceando en la barriga de su cámara y yo dejándome llevar por los efluvios. Habían caído un par de copas de vino del lugar, de esas que aquí llenan hasta el borde, cuando aparecieron las fotos de las estrellas de mar, dispuestas a cerrarme el estómago. Unos decían que la estrella saludaba con un brazo, otros que más bien nos sacaba el dedo, había quien aseguraba que lo que hacía esa asteroidea era un corte de mangas… Pero a mí me dió por recordar una vieja alucinación lisérgica en la que un pulpo gigante se metía en mi lecho, estrujándome hasta el amanecer. Cuando llegó el plato a la mesa ya era demasiado tarde y sólo pude darme a las verduras, porque no iba a comerme yo a quien una noche de antaño fue mi acompañante…

Dicen que los estados de percepción alterados abren puertas al comocimiento, pero a mí en aquella lejana noche psicodélica lo que se me abrió fue la escotilla de un extraño submarino que ahora podría describir con detalle.

La estrella de mar sacándonos un dedo/brazo

La noche se alargó dulcemente. El viento, por fin, amainó, convirtiendo en suave murmullo las voces de la tripulación, y yo permanecí largo rato asomada a una de aquellas ventanas que hace años quedaron entreabiertas. Mientras jugaba con una hoja de regalíz que debía haber cogido en algún paseo, me repetí que antes, hace cincuenta, sesenta, cientos de años, hubo quienes celebraron la vida, abolieron las convenciones, los despachos y la productividad, jóvenes, hoy ancian@s, que abogaron por la revolución de las flores…

Sí, allí estábamos los cuatro, atrapados en el edén; hasta allí habíamos llegado sin haber forzado las puertas de la mente ni caido en ningún sueño, flotando todos los días en este viejo velero de madera sin pancartas ni bidones lisérgicos pero, al menos desde hacía tres días, con los sentidos alterados. Mientras Toni encontraba una estrella fugaz y Magdalena y Eugenio se debatían sobre la eficacia de lanzar deseos al viento empecé a preguntarme si los seres humanos somos capaces de sostener el paraíso.

En esta isla los jefes de policía te ofrecen lo mejor de su casa y salen a despedirte cuando partes… Una extraña forma de entender el paraíso.